Náufragos en una rotonda

Se pasan el día en esta rotonda de Escaleritas, una pequeña isla con tres náufragos de Ghana que han conseguido sobrevivir limpiando coches.

«En el mar, si tienes suerte sobrevives y llegas a tu destino. Si eres desafortunado mueres. Así de simple», suelta Francis Adams cuando relata su viaje desde Ghana hasta Canarias. Un vecino se acerca a decirle algo al oído y un automovilista pasa haciendo sonar la pita y gritando su nombre para saludarlo. Todos en el barrio lo conocen, a él y a sus compañeros: Peter Golon y Dei Hubert Kwadwo.

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Francis Adams

Teníamos una cita con ellos a las cinco de la tarde del sábado, día de fútbol. Cuando llegamos, los tres están sentados en sendas sillas de plástico, de espaldas a la carretera y con la mirada fija en el parterre de la rotonda, desde donde llega la voz del narrador del partido. Observan el pequeño transistor, colgado de una de una de las palmeras, en silencio, como si estuvieran viendo el encuentro en televisión.

Peter se levanta y nos saluda. Es el más veterano y hace las veces de interlocutor con sus compañeros. Preguntan por enésima vez por qué estamos interesados en sus historias mientras aguzan el oído para averiguar si ha marcado el Madrid. Hablan entre ellos en akan durante unos segundos y finalmente aceptan, con una sonrisa de resignación, sentarse a charlar con nosotros.

Peter es de Sunyani, tiene 47 años y dejó dos hijos en su país. Cuando le preguntamos por su mujer guarda silencio y sonríe.

«Mi padre tenía una finca de cacao y también se dedicaba a criar y vender ganado, no era precisamente pobre, pero cuando falleció decidí dejarle todo a mi hermano y venirme a Europa».

Para ello tuvo que atravesar el desierto dejando atrás Burkina Faso y Malí hasta llegar a la costa de Mauritania. Curiosamente, cuenta que el viaje fue bueno. «Fue duro y no se lo recomiendo a nadie», nos dice, pero sin hacer de ello una tragedia, todo lo contrario: se considera afortunado por haberlo logrado. En 2004 pudo embarcar en una patera y emprendió la travesía hacia Fuerteventura. La Guardia Civil los interceptó antes de que pisaran tierra, y tres días más tarde los enviaron a Gran Canaria.

«La Cruz Roja nos atendió, nos dieron comida y ropa. Nos trataron como si fuéramos parte de su familia. Pero en cuanto pude comencé a buscarme la vida. Quería tener mi propia casa y dinero para vivir de forma independiente».

Y lo consiguió. Al igual que Dei y Francis, pudo regularizar su situación en las islas y conseguir la preciada tarjeta de residencia. Un hermano al que conoció aquí le contó que había conseguido un buen trabajo, mejor remunerado, y que podía quedarse con el que él desempeñaba hasta entonces: limpiar coches.

«No da para mucho, pero estoy contento. Puedo pagar el alquiler de la casa que comparto y comer todos los días».

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Peter Golon

Dei asiente. Él también llegó en 2004, pero tras tres años de viaje. Primero hizo gran parte del recorrido entre Ghana y Libia a pie, tardó tres semanas en llegar. Era la época en la que aún gobernaba Gadafi, por lo que, según cuenta, la estancia allí no fue mala. Pudo trabajar y ahorrar dinero durante casi tres años. Luego cruzó la frontera de Argelia y pasó a Marruecos, donde se metió en una patera con rumbo a las islas.

«Justo al llegar enfermé del estómago y me enviaron al hospital. Cuando me recuperé, me metieron en un barco rumbo a Gran Canaria».

Al llegar se enteró de que unos compatriotas suyos se dedicaban a lavar coches en una rotonda del barrio de Escaleritas, y aquí está desde entonces.

«Yo era campesino, trabajaba en las plantaciones de cacao, pero el dinero no era suficiente para vivir. Aquí estoy bien, al menos puedo comer y dormir bajo techo».

Al contrario que su hermano Peter, él piensa en volver a su país. Su mujer falleció, pero allí lo esperan sus tres hijas, de 24, 18 y 14 años; con las que habla todos los días por teléfono.

«Sí, quiero ganar lo suficiente para poder regresar y tener un pequeña finca de cacao en Dormaa Ahenkro, de donde vengo. Ya tengo 50 años y me gustaría volver a vivir como un campesino».

A Francis, en cambio, no le queda más remedio que quedarse aquí. Eso le dijo el doctor que lo operó en Tenerife.

«Yo llegué en 2001, y en 2004 me hicieron un trasplante de riñón. El doctor me dijo: Francis, ahora tienes que quedarte aquí para siempre si quieres que te cuidemos. Así que no me queda más remedio».

Francis insiste en que ha tenido mucha suerte. Su odisea fue muy parecida a la de Peter y Dei. Salió de Acra, la capital de Ghana, camino de Burkina Faso y luego atravesó Níger y Mauritania buscando la costa de Marruecos. «El desierto es duro», nos dice; «tanto como el mar, ambos son la tumba de muchos hermanos africanos».

«Tuve que pagar 900 dólares por el viaje en patera. El dinero me lo envió una hermana que tengo en Alemania. Tuve suerte, muchos no pueden pagar y se quedan esperando una oportunidad».

También arribó a Fuerteventura y luego fue enviado a Gran Canaria. Desde entonces se dedica a limpiar coches en la rotonda, aunque es costurero de profesión.

«Me pidieron un certificado que demostrara que esa era mi profesión. Me enviaron el documento desde Ghana y entonces me admitieron en unos cursos de costura en un centro de La Isleta y realicé prácticas en un taller. Luego llegó la crisis, ya sabes…»

A sus 47 años, su sueño es tener su propio taller de costura en un futuro que espera cercano. Mientras, se siente feliz de tener este trabajo, de haber conseguido un donante de riñón y de sacar lo suficiente para comer y pagar la parte que le toca del alquiler compartido.

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Peter Golon y Dei Hubert Kwadwo

Dei interviene para decir que, además, la gente es muy amable y los ayuda. Incluso tienen la iglesia cerca. Él y Francis son practicantes pentecostales. Peter sonríe y dice que él no, que aún está buscando una iglesia con la que se identifique.

«Yo no voy a la iglesia, pero pido a Dios que bendiga a la gente de este barrio. Nos han acogido y nos permiten estar aquí buscándonos la vida».

En esta pequeña isla, sus náufragos tienen todo lo necesario para ganarse la vida: unas cuantas sillas, varios baldes, esponjas y jabón, bidones con agua, sombra y un transistor para amenizar la espera de clientes. Peter explica cómo han conseguido instalarse en plena calle sin llamar la atención.

«Mira, lo que esperan de nosotros es que dejemos todo limpio y recogido y no armar lío. Es fácil llevarse bien si no causas problemas».

Sus vecinos son también sus clientes, aunque muchos vienen de otras partes de la ciudad. «Se ha corrido la voz de que un grupo de africanos hace bien su trabajo, y barato», nos dicen orgullosos. En la radio cantan el tercer gol del Madrid, que ha remontado el partido, y Peter se lamenta, es del Barça, al igual que Dei. Francis no parece muy entusiasmado por el fútbol. Unos clientes vienen a buscar las llaves de su coche al tiempo que una familia nigeriana sale de un zaguán y bromea con ellos pidiendo también una fotografía. Peter nos mira con socarronería y nos cuenta:

«El otro día, cuando perdió el Barcelona frente a la Juventus, algunos vecinos pasaban y nos decían: ¿Qué le pasó a tu equipo? [ríe]. Pero nosotros ahora somos de la Unión Deportiva, es el equipo de la isla… primero Las Palmas y después el Barcelona [ríe]».

Fotografías de Manu Navarro (Las Palmas de G.C., 1992). Reside actualmente en Madrid. Realizó estudios en Audiovisuales. Es fotógrafo colaborador en diversos medios periodísticos. Le interesan más la personas que las fotos y las historias más que la estética. Firmemente convencido de que una imagen no cambia el mundo, también lo está de que hay historias en el mundo que han de ser contadas.