Retablos de Guinea, colonia ajena

Guinea. Tan lejana como desconocida. Un eco perdido en una historia contada a deshora, culpable de las infecciones que deja una herida colonial mal resuelta, recordando a hidalgos de cunas de paja que ya no existe tal grandeza, que ya no hay Imperio.

Guinea Ecuatorial duró más, aunque fuera formalmente. Lástima que no estemos más familiarizados con ella, en parte debido al silencio impuesto en un periodo que sigue coleando, y en el que se decidió que lo que sucediese en esas tierras tropicales, no se contaría (desde 1964, el Gobierno central había decidido que no se dieran noticias respecto a la autonomía otorgada a Guinea, lo que llevó a la desinformación sobre el proceso de independencia). Durante todo el siglo anterior, desde que el país fuera definitivamente colonizado en 1861, el dolor perpetrado a esa tierra y a esa gente va, como toda colonia, desde la esclavitud y la explotación hasta la condición de paraíso sexual para los colonos, en un país como España, donde no se vivía la libertad que gozaban en tierras africanas.
Retablos de Guinea, colonia ajena - Historias - 7 Islands MagazineA partir de los años cincuenta del Siglo XX, se entró en un periodo de apertura en el que, poco a poco, el régimen español tuvo que ir cediendo terreno, intentando apaciguar las aguas de una incipiente revolución social y política que hacía inevitable, tarde o temprano, la independencia. Fue un periodo en el que ciertos comportamientos, como las vejaciones a trabajadores (probablemente heredados de la esclavitud), empezaban a ser mal vistas. El castigo físico que podían recibir los trabajadores negros por parte de su massa, ya no estaba aceptado, ni si quiera socialmente, y muchos de esos trabajadores no estaban dispuestos a tolerarlo. Cosa distinta era que siguiesen siendo ciudadanos de segunda.

En 1963, el Gobierno español concedió a Guinea el estatus de autonomía, que no existía en la Península. El año siguiente, se inició el gobierno autonómico, y a pesar de los esfuerzos del Régimen por apagar con mano izquierda el proceso, el desmoronamiento de la colonia parecía inevitable, más cuando en el 65, Naciones Unidas aprobó una resolución que instaba a España a concretar fecha para conceder la independencia del país.

En abril de 1968 se celebraron elecciones presidenciales que darían la victoria a Francisco Macías Nguema, y el 12 de octubre, con la visita de Manuel Fraga, se proclamó la independencia de la República de Guinea Ecuatorial.

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Firma del Acta de Independencia de Guinea Ecuatorial, 1968. Pte. Francisco Macías Nguema

Esta celebración democrática no era precursora de un periodo de prosperidad, sino de una dictadura sin definir, donde Macías se declaró «marxista hitleriano», y cuya ambigüedad ideológica se tradujo en decenas de miles de muertos. Once años después, Macías era derrocado por su sobrino, Teodoro Obiang, en el «golpe de libertad» de 1979, abriendo un nuevo periodo dictatorial menos sangriento, pero que dura hasta hoy día con ciertos cambios cosméticos que no han dejado al país exento, según el momento, de represión, persecución política, corrupción endémica y estancamiento en el desarrollo social. Un periodo bañado por el descubrimiento de yacimientos de petróleo que han llevado a Obiang y su familia, según explican todas las fuentes, a articular una Guinea a su medida y bajo su propiedad: infraestructuras, colegios, hospitales, transporte… todo viene del petróleo, pero poco hay de carácter público.

Un país, Guinea, que no ha tenido un respiro. En nuestra sociedad sigue habiendo gente con historias que contar al respecto. Personas con experiencias vitales en el país africano, que vivieron en épocas distintas y que conforman vínculos innegables con un continente que, al menos, merece que lo queramos tanto como lo hemos quebrado, y que lo queramos tanto como nos ha querido.

Aunque se encuentre lejos, estas historias muestran nuestra cercanía a Guinea Ecuatorial.

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Pili Padrón, como Úrsula en Macondo

Poco había estado Pili Padrón con su marido. Pasaron unos pocos meses de noviazgo y él se fue a la colonia en busca de mejor fortuna. No estuvo presente cuando los casaron y pasó bastante tiempo hasta que se reencontraron. Ella, como buena esposa, quedó en casa esperando noticias; y como buena chica, cuidaba de su tía anciana, Margarita, llamada por todos Madrina, quien seguramente le había conducido por la rectitud de las buenas damas, humildes y dispuestas a cumplir su función en el teatro social.

Transcurrió casi un año hasta que se casaron en ausencia, y esperaron dos meses más antes de que volvieran a verse. Ella cogió el primer avión de su vida, un vuelo de doce horas, para aterrizar en el aeropuerto de Bata esperando encontrar a Pedro, marido por poderes, contable de la finca Maninidra, hombre robusto y de socarrona sonrisa. Hacía un calor sofocante incluso para un canario, y Pili pisaba por primera vez una tierra distinta a Las Palmas. Era 1957.

«Cuando salíamos del avión, vi a Pedro con unos amigos, un matrimonio. Él estaba buscándome y cada vez que veía una mujer, decía: Esa no es. Vi que lo dijo varias veces: Esa no es, esa tampoco. Cuando me señaló a mí, dijo: Esa no es, pero me gustaría que fuera… ¡No me reconocía! Yo llevaba un traje estrecho, tacones, y me había recogido el pelo, no me reconocía».

El marido de Pili había viajado dos años antes, en el 55, y mandaba dinero desde allí. Poco después de que llegara ella, compró Maninidra, la finca de café en la que había trabajado, y más adelante arrendó, junto a un socio, otra: Hacienda Las Palmas. Para entonces, los africanos ya podían disponer de tierras, pero con una normativa distinta a la que gozaban los europeos. Pili y Pedro vivían en la propia finca, que se encontraba a unos catorce kilómetros de la capital, colmados de bienestar. Pero ella, pese a todo, echaba de menos a sus seres queridos.

«Viví muy bien, pero con mucha pena de dejar a mi Madrina, que tenía ochenta años y estaba sola. No me lo perdoné jamás».

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Primer vuelo de Iberia Santa Isabel-Bata, junio 1941

El día a día transitaba entre el alto nivel de vida y las dificultades de adaptación. El clima era extremo, temperaturas demasiado altas para quien venía de las islas sin frío ni calor. En los once años que Pili estuvo allí, incluso cuando más instalada se encontraba en Guinea, solía volver a Las Palmas, muchas veces para recuperarse de la malaria.

«Yo tuve paludismo varias veces, era horroroso. Recuerdo a un niño de 16 años que murió».

Pero entre viajes y viajes y dificultades de adaptación, la vida de los colonos era muy buena. Gente que en el resto del Estado español podía tener dificultades económicas, en Guinea vivía a cuerpo de rey.

«Allí se vivía muy bien. Tenía cocinero, lavandero, el boy para limpiar…».

Pili recuerda las hermosas noches en la finca, cuando los trabajadores salían de los secaderos de café, que se situaban frente a la casa, y cantaban por la noche. En San Pedro, los calabares cantaban al jefe: Oh, Massa Pedro, muchas felicidades… Luego, el marido de Pili les regalaba ron o whisky. Era una relación jerarquizada, pero de respeto. Muy distinto a lo que había sido la norma durante la primera mitad de siglo, y bastante mejor que en otras fincas que, al parecer, seguían chapadas a la antigua. Aun así, Pili recuerda que algunos de ellos seguían inclinándose e incluso arrodillándose ante su marido, quien insistía con pudor en que dejaran de hacerlo. Quienes lo hacían eran, principalmente, nigerianos que venían de una guerra civil y seguían manifestando una actitud servil con los blancos. Dentro de la escala social, los negros seguían estando por debajo, pero dentro de ese grupo los nigerianos sufrían más discriminación que los guineanos. Y por último, por supuesto, las mujeres.

«La vida allí era buena para los blancos. Para los negros… bien porque tenían trabajo, y dependiendo de quién fuera el jefe. Ellos querían ir a Maninidra porque les trataban bien».

Ella rememora con nostalgia la vida social en aquel lugar, cuando iban al Club de Tenis de Bata a comer, a bailar y tomar algo.

«Recuerdo ver allí a Fraga Iribarne. También vino Marisol a hacer una película».

Todos los domingos bajaban con los niños a la playa, unas playas extensas y salvajes.

«Las playas no eran como aquí, ¡allí había tiburones!».

Por lo demás, lujos y bienestar aparte, la mujer que viajó sola a África, seguía sola en Maninidra. Habitualmente acompañaba a su marido a Bata, sobre todo los primeros diez meses, antes de que naciera su primera hija, pero luego su vida consistió en esperar. Esperar a que volviese Pedro para el desayuno; esperar a que volviese de la capital; esperar a que volviesen los niños. Esperar.

La época que le tocó vivir, mostraba cada vez más un conflicto social que poco a poco alcanzaba el estado de ebullición. De la misma manera que el racismo de blancos a negros había sido una constante durante el primer siglo, a comienzo de los sesenta había crecido un sentimiento “anti-blanco” que venía a dar respuesta al desmoronamiento de la colonia. Ya en el 59, Guinea había pasado a ser una región española más, de manera que la población autóctona era nacionalizada y adquiría los mismos derechos que los colonos. Pero el proceso no se apaciguaría. La seguridad con la que habían vivido empezaba a diluirse.

«Una vez, vino un hombre pidiendo ayuda porque su mujer había llegado de Nigeria muy malita y Pedro los llevó al hospital, dejándonos solos a mí y a los niños. Hizo muy mal, porque esa noche [sábado] los trabajadores solían emborracharse, pero el cocinero y alguno más se quedaron con nosotros a cuidarnos».

Ni se apaciguaba el proceso ni se disipaba la creciente violencia social: muchos guineanos confrontaron cada vez más con los españoles.

«Cuando empezó a revolverse aquello, a los niños los trajimos [a Las Palmas] y yo iba y venía».

El proceso seguía su curso e incluso se permitió la creación de partidos políticos, algo inédito en el resto del territorio español. Finalmente, en 1969, Pili y Pedro tuvieron que marcharse. El número de enseñas españolas en Bata dio lugar a protestas y actos violentos. Las juventudes de Macías asaltaron posesiones españolas y atacaron a residentes en distintos lugares. Pili recuerda que estaba en la playa con unos amigos.

«Se nos acercó un hombre y dijo: Han tirado la bandera española y la han pisoteado».

Ella salió corriendo: el peligro era, al fin, real.

«Ya nos fuimos y logramos llegar donde la Guardia Civil, hasta que al día siguiente atracara el barco».

Al parecer, esos días fueron un caos. Todo el mundo se amontonaba en los botes que llevaban a los barcos y era un descontrol, de manera que las autoridades decidieron embarcar primero a mujeres y niños, y eso supuso separarlos en ocasiones. Todo fue muy rápido, apenas pudieron coger sus pertenencias; pero subieron a un bote. El viaje era solo de ida.

Durante varias semanas, hasta cinco mil españoles huyeron de Guinea en aviones y barcos atestados de pasajeros. De la noche a la mañana, Pili Padrón volvía a su tierra natal como tantos otros, obligada a empezar de cero una vida tras once años de idilio tropical. Lo que estaba sucediendo invitaba a tomar decisiones antes, pero quizás una década viviendo allí era suficiente para amar un lugar que tanto les había dado.

De isla a isla, su realidad cambió radicalmente, mas su soledad no. Guinea había cambiado y no se dieron cuenta. Habían dejado su hogar, habían dejado una tierra que ya no era suya, si es que alguna vez lo fue. Sin tiempo para verlo, dejaron una colonia que –hacía tiempo– ya no lo era.

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Marcia Arelys Ekomba, sonrisa más allá de las lágrimas

M.A. Ekomba nació en Madrid. Su acento es de Carabanchel. El de sus padres no. Ellos tienen un timbre más meloso, y su castellano, aunque perfectamente fluido, destila tonos más marcados, como el de quien lleva toda una vida en un país distinto al de nacimiento. Concretamente, sus padres llevan 34 años viviendo en Madrid. El abuelo paterno de M. A. Ekomba, mitad alemán y mitad guineano, fue consejero de Estado durante el mandato de Macías hasta que, a la vez que echaban a los españoles, él fue destituido, aunque mantuvo su puesto como gerente de varias empresas españolas. «Era mulato», aclara su nieta.

M.A. Ekomba viajó por primera vez a Guinea Ecuatorial con siete años. Los vagos recuerdos que tiene de ese primer viaje hablan de imágenes y sabores.

«En los pueblos ibas detrás de las gallinas; los niños salían a jugar al fútbol bajo la lluvia, algo muy extraño para mí, porque en España era diferente, si llovía no te dejaban salir. En este viaje conocí a familia que no había conocido, a todos mis tíos, primos… aunque no conocí a mi abuelo, que ya había fallecido. Tuvimos un recibimiento a lo grande por ambas familias, porque desde que mi madre vino a España, no había vuelto. Nos recibieron con cestas de fruta, comida… el día anterior nos habían preguntado qué queríamos comer, y nos sirvieron platos típicos que yo ya había probado. A mí me prepararon caracol, que es diferente al de aquí. Allí se llama Pica-pica de caracol, que va con cebolla picadita y tomate que queda como seco; algo de picante (de ahí el nombre) y acompañado de plátano, lo que aquí llaman plátano macho, que se sirve hervido».

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Pasaron los años. M. A. Ekomba siguió su vida en España y se sacó allí la carrera. Por el camino, conoció a la que ha sido su pareja quien, tras terminar sus estudios, volvió a Guinea con su familia.

«Él empezó a trabajar allí y fue ya mi primer contacto con Guinea de mayor».

Fue entonces, en 2012, cuando hizo su segundo viaje a Guinea, esta vez para ver a su pareja y conocer realmente el país.

«Era Navidad y no era como aquí, que hace frío, sino que allí es la época de más calor. Muchísimo calor, un poco sofocante».

En Navidad se celebra un rito, parecido a nuestro carnaval, que simboliza la alegría en esas fechas: el Bonko. El grupo se disfraza y se hace un desfile-pasacalles con música y bailes, y hay dos personajes importantes: Mamá Fero y Papá Fero. Éste último va con una olla con fuego en la cabeza y lo llevan atado con cuerdas mientras canta junto a Mamá Fero; entonces, los niños lo molestan y él los persigue. La pareja y el grupo van haciendo paradas, empezando por una visita ceremonial al cementerio, para luego acercarse al patio de determinadas casas, y la gente les da comida y bebida, dinero u obsequios.

«Yo tuve la oportunidad de verlos cantar en el patio de mi suegra. Tuve el privilegio de estar ahí sentada y que bailasen para mí».

En Guinea hay una enorme diversidad. Hay dominicanos, españoles, muchísimos chinos… En este viaje pudo conocer la ciudad y algunas costumbres.

«El día 8 de marzo es el día de la mujer, y es curioso. Hay unas telas típicas que tienen algún recordatorio de la fecha. Nosotras llevamos esa tela a una modista para que nos haga un traje para ese día, y vamos a comer las amigas a un restaurante o en casa de alguna. Y si coincide que es día laboral, las mujeres no trabajamos».

Dieron la vuelta a la isla y vieron los distintos pueblos, algunos de los cuales ya casi se mimetizan con la capital; salió de fiesta en los locales nocturnos, donde ponen tanto música comercial como canciones africanas modernas, o música en directo. Le llamó la atención la Catedral de Malabo.

«Yo me hice una foto en la entrada de la catedral y justo mi padre tiene una foto en el mismo sitio de cuando hizo la comunión con diez años. Es curioso ver monumentos que todavía se conservan y que tienen mucha historia».

Fue el viaje que le empujó a tomar una decisión tiempo después.

«Un día le dije a mi madre: Estoy pensando en irme a Guinea. Me voy a poner a buscar trabajo. Y empecé a mandar currículums».

No le costó mucho encontrar trabajo, y en junio de 2013 se fue a vivir a Guinea.

«A mi madre le parecía curioso. Ella se había ido de Guinea para buscarse la vida en España y yo hacía justo lo contrario».

Una vida en tres años

«En Guinea hay muchas clínicas, pero pocos hospitales. Son contados. Y el personal… hay de todo. Hay gente con preparación, pero también hay médicos que no tienen ni idea. Ése fue mi caso».

Tras diez meses viviendo en Guinea, M. A. Ekomba se quedó embarazada.

«Me hice un test de embarazo que compré en la farmacia y dio negativo, pero como no me venía el periodo, decidí acudir a una clínica y hacerme un análisis. Anotaron el resultado de la prueba en un cuaderno que me hicieron comprar en recepción al pagar los análisis, pero sin decirme nada, ni siquiera enhorabuena».

Allí, la seguridad social funciona distinto. En Malabo hay muchas clínicas en las que hacen controles rutinarios y servicios generales, pero para realizar otro tipo de pruebas u operaciones, hay que irse a los dos o tres hospitales disponibles. Los más modernos no te los cubre el servicio público. Ella decidió ir a uno que no era exactamente privado, pero que se pagaba alrededor de 150 euros por día. Decidió hacerse el seguimiento allí, y viajó a España para contrastar los análisis. En principio, coincidían.

«Tenía un mioma, pero me dijeron que todo iba bien y, simplemente, debía dejar de trabajar cuanto antes y llevar el embarazo en reposo. Volví a Guinea para tramitar los papeles necesarios y en uno o dos meses irme a España a continuar con el embarazo».

M.A. Ekomba estaba entusiasmada. Siempre había querido ser madre.

«A pesar de ser bastante joven para ser mamá, estaba ilusionada y dispuesta a dar todo mi amor a ese nuevo ser. Tenía 23 años, aunque es cierto que hay casos en Guinea y en muchos lugares donde jóvenes de 14 o 15 años se quedan embarazadas, y lo malo es que muchas abandonan los estudios. No era mi caso. Sin embargo, es cierto que en algún momento pensé en lo que diría la gente… pero me daba igual».

Hasta que llegara el momento de coger el avión, fueron unas semanas duras.

«Lo pasé bastante mal al principio, ya que mi trabajo era de cara al público y tenía muchas nauseas, me pasaba la mayor parte del tiempo vomitando y de esa manera era un poco difícil atender a los clientes».

Eso le hizo perder mucho peso, de manera que tomaba bastantes fármacos que compraba en una farmacia que recibía las medicinas de España.

Tal y como tenía planeado, compró billetes para volverse a España, pero no llegó a coger ese avión. A los cinco meses, tuvo una amenaza de aborto.

«Tenía contracciones y me dolía mucho. Fui al hospital donde me hacía controles rutinarios y me ingresaron. Pero cada día que estoy allí, dinero que pago, así que llamé a mi padre para que me adelantaran el vuelo. Me fui a casa y me dieron unas pastillas para que estuviese en reposo».

A falta de un día para coger el avión, M. A. Ekomba sintió un desgarro al levantarse de la cama.

«Noté como si se me hubiera roto algo. Y me fui al hospital, pero no al mío sino a uno de la seguridad social que me quedaba más cerca. Me llevó una amiga dominicana que vivía por allí. Fuimos a urgencias y había mucha gente, y no me atendían. Yo estaba desesperada porque estaba sangrando y no sabía si había perdido a mi hijo. Luego me metieron en una sala, en el paritorio, y el médico me dijo que mi hijo había muerto».

Estuvo ingresada tres días con fiebre. El médico la revisó físicamente, sin hacer siquiera una ecografía, y la mandó a casa. Su padre compró otro billete de avión para que volviera a España cuanto antes. Pero nuevamente no pudo viajar.

«Mi pareja había salido un momento y yo me sentí ardiendo. Me metí en la ducha para regularme y luego en la cama, pero sentía que me faltaba aire; como estaba dentro de la mosquitera, lo achaqué a eso, pero me salí y no se me pasaba. No podía respirar y no sentía las piernas. Le dije a mi pareja que me llevara al hospital, que me iba a morir».

Fueron al más cercano, al mismo en el que supuestamente la habían limpiado.

«En el coche me estaba despidiendo de mi pareja, porque veía mi vida en imágenes desde pequeña y me veía muerta dentro de un ataúd, con la gente llorando. En el hospital me pusieron oxígeno y empecé a sentirme mejor; mi reacción fue pedir que me llevaran a casa, que estaba bien. Pero me di cuenta de que no era así porque en cuanto lo dije, mi pareja se derrumbó».

Tuvieron que llevarla al hospital moderno en el que había iniciado los controles rutinarios. Ella explica que tenía suerte, tenía un trabajo, al igual que su pareja, y tenía una familia que podía ayudar. Sin embargo, sin ese dinero mucha gente no podría enfrentarse a situaciones así.

«Me hicieron pruebas y tenía restos fetales y restos de la placenta, de manera que no me habían hecho un reglado en condiciones. Y eso llevaba dentro de mí tres días, en estado de putrefacción. Me hicieron una limpieza y tal, pero ya tenía una infección y estuve varios días en la UCI. Luego me subieron a planta pero la cosa estaba estancada, no había mejoría y la infección no terminaba de irse. Pasaban los días, seguía con fiebre, las piernas hinchadas… y pasé el cumple de mi madre ingresada».

Otro hecho que M. A. Ekomba no termina de afirmar, pudo influir: ella había perdido mucha sangre, de manera que necesitaba una transfusión. En el hospital moderno tenían un banco de sangre, pero el único compatible era su pareja, que no estaba en condiciones de ser donante.

«El caso es que me pusieron sangre… vamos a dejarlo ahí».

Los médicos no querían darle el alta, pero tanto ella y sus padres, como su pareja y su suegra, querían sacarla de allí porque algo no iba bien. No era posible que el antibiótico no hiciera efecto.

«Al final tuve que firmar un alta voluntaria. Fue una decisión consensuada con la familia, y algún que otro médico en la sombra me dijo que mejor intentáramos irnos».

Incluso la compañía de avión, que sabía que no había cogido el vuelo en dos ocasiones y sabía del aborto, pidió papeles para conocer la situación.

«Al día siguiente me vine a España. Fue llegar al aeropuerto y directa al 12 de Octubre».

Era agosto de 2014. Llegó con mucha fiebre. Justo en la etapa del ébola. Hubo algún problema al llegar; suerte que tenían todos los papeles y, visto en perspectiva, era un poco absurdo.

«Yo venía de Guinea Ecuatorial, no de Guinea Conakry. Pero bueno, al final me atendieron los médicos. Le dijeron a mis padres que me iban a meter otra vez en quirófano, porque la infección seguía y podía traspasarse a la sangre».

Al parecer, luego salieron nueve médicos de quirófano y su madre, al verlos, se desmayó. Cuando se recuperó, les dijeron que era muy grave, le daban horas. Había que tomar una decisión: quitarle el útero antes de que el daño fuera irreversible. Los padres de M. A. Ekomba firmaron los papeles.

«Cuando desperté, pregunté qué día era. Estaba llena de cables y un poco asustada, y veía a mi familia a través de un cristal y con un teléfono. El primero con el que hablé fue mi padre, y fue quien me lo contó».

M. A. Ekomba sentía tristeza, ya no iba a ser madre. Pero tampoco quería morir, por lo que se decía una y otra vez que tenía que salir de ahí como fuera. Estuvo unos veinte días en el 12 de Octubre. Perdió alrededor de quince kilos. Luego se la llevaron a casa.

«Ahí fue cuando empezó mi guerra interna».

Pasó un tiempo en el que M. A. Ekomba trató de encajar todo lo que había sucedido. Luego, decidió volver a Guinea a continuar su etapa allí.

«También me fui con una idea: esto que me ha pasado a mí, mañana le podría pasar a otra persona, y había que dejar constancia de esta negligencia. Así que tomé la decisión de poner una demanda».

El proceso se alargó considerablemente. Desde que en 2014 pusiera la demanda, M. A. Ekomba y su familia tuvieron que hacer un seguimiento a los abogados, presionarlos, pedir resultados. Pero de una forma u otra, el proceso se dilataba más y más. Sin embargo, M. A. Ekomba siguió insistiendo, al igual que su abogado, hasta que en julio de 2015 la citaron para un interrogatorio. Luego tuvieron que esperar hasta que se celebró el juicio en octubre de 2016.

«Fue un juicio bastante largo, duró como seis horas. Aun así, yo sentí que había garantías. Tenían varios jueces, todo estaba preparado, había médicos para hacer aclaraciones… también vino bastante gente, porque era un caso que había generado mucha expectación, debido también al hospital que era, y a que habían pasado dos años».

En noviembre de 2016 se dictó sentencia a su favor.

«Ha sido un proceso muy largo, desde 2014 hasta ahora, pero por lo menos estoy satisfecha de haber tenido el valor, porque mucha gente no lo tiene por miedo, y tampoco tiene dinero para enfrentarse a este proceso. Por lo menos, quedará constancia de que algo está pasando en la sanidad».

Tras un silencio en el que permanece pensativa, M. A. Ekomba encuentra una palabra para contar su experiencia: agridulce. Le ha tocado vivir una situación terrible, en la que la muerte se le ha cruzado varias veces y de distintas formas, pero no por ello se pierde todo lo bueno que ha vivido allí, y que seguirá viviendo.

«Voy a volver a Guinea. Tal vez no para vivir, porque esa etapa ya ha sido, pero sí volveré. De vacaciones, o una temporada, no lo descarto».

Tal y como lo expresaba, parecía obvio. Volverá.

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