Los cantadores de las montañas

El Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

Cada sábado de invierno, entre la primera semana de diciembre y finales de febrero, Los Cantadores de Arbejales preparan sus instrumentos porque esos días hay salida. El Ranchero o el mochiller cargan al hombro la gran alforja de lana tejida en telar de tea que un devoto a las ánimas donó hace años. En ella se transportan los instrumentos pequeños (los panderos, el tamborcillo, las varillas con las que se tocan las espadas), el mantel o paño, las bebidas, las libretas de las cuentas y la bolsa en la que se guarda el dinero de las limosnas del día. Recorren cada semana distintas zonas de los municipios de Teror, Valleseco, Santa Brígida y San Mateo. Por la mañana madrugan para iniciar un peregrinaje por caminos, senderos, barrancos y casas, recabando las aportaciones de los vecinos limosneros y sus peticiones. Almuerzan en sus casas a mediodía y de cuatro a cinco de la tarde vuelven a recorrer alguna casa, un garaje, un bar o un local donde cantar algunas coplas o deshechas por los difuntos de los limosneros. Sobre las siete escuchan la misa en la iglesia o ermita del lugar, cantando al finalizar la misma alguna copla en honor al patrón, santo o virgen de advocación y por todas las Benditas Ánimas del Purgatorio. Terminan en alguna casa donde siguen cantando, cenan los alimentos preparados por el limosnero que ofrece la cena, generalmente un rancho canario, queso, aceitunas, arroz con leche y ‘queque’ u otro dulce, y continúan con su cantiga hasta bien entrada la madrugada, acompañados de ron miel para aclarar la garganta y soportar el frío, un ‘buchito’ de café y devoción: rememorando, invocando y rogando por las Ánimas del Purgatorio de todos los que allí se acercan.

Vídeo cortesía  del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

En las montañas nebulosas del interior de Gran Canaria, en la tarde, noche y hasta bien entrada la madrugada de todos los sábados suenan ecos ancestrales que, durante horas, ofrendan a las almas que se han ido. Por la memoria de los seres queridos, el Rancho de Ánimas canta a los muertos. Las tradiciones tienen un elemento conciliador en la comunidad. Integran una serie de costumbres y articulaciones sociales que, para bien o para mal, dotan a su gente y al lugar, de contenido. Atender a las tradiciones suele ser un gratificante ejercicio de acercamiento a nuestra cultura, que no es sino un vector más de nuestra identidad.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

Pude escuchar hace un par de años al Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror. Provistos de una guitarra, un timple, varios panderos, espadas (sin mango) y un tamborcillo, Los Cantadores –como se les conoce– marcan un ritmo monótono y constante sobre el que inician unos cánticos profundos e imponentes. Hay un solista que lleva la iniciativa e improvisa los versos, y es contestado por los respondedores, marcando una dinámica musical que hace sentir una vibración interna, como si algo naciera de dentro, o más bien despertase de un letargo, para sobrecogerte y, de repente, hacerte sentir muy pequeño.

La singularidad de esta ancestral tradición es tal que sus raíces se remontan al culto a los muertos de los ritos paganos practicados en las culturas mediterráneas de la Antigüedad. Es difícil señalar un origen claro y homogéneo, puesto que este rito bebe de muchas fuentes. Por un lado, podemos encontrar lejanas y muy difusas semejanzas con otros cultos a los muertos en la geografía española peninsular, como las Cofradías de Animeros de Murcia o los Campanilleros de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha, que sin embargo nada tienen que ver musicalmente.  Por otro, resonancias musicales árabes, judías o norteafricanas. Y, cómo no, resulta impensable no conectar la tradición de Los Cantadores con la música y rituales aborígenes canarios prehispánicos, de los que nos quedan la constancia arqueológica de una fuerte tradición de culto a los muertos constatada en enterramientos y túmulos funerarios y, sobre todo, en la extendida práctica de la momificación.

Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas  de Arbejales-Teror

Hay un episodio bíblico de enorme trascendencia: la Guerra de los Macabeos, en la que el movimiento judío de liberación se levantaría contra la dinastía seléucida para implantar su independencia en la Tierra de Israel en el 164 a. C. Tras una importante victoria, Judas Macabeo llevó a cabo una colecta entre los supervivientes y celebró una fiesta para honrar a los muertos en combate. Los instrumentos que utilizaron fueron sus propias espadas, que tañeron de igual manera que hoy lo hacen Los Cantadores. Este origen diverso –y pagano– no siempre fue bien recibido por la Iglesia. Sin embargo, en su vocación por controlar las costumbres, la organización social y su código moral, en parte se vieron obligados a consentir (y reconocer) la actividad del Rancho, entre otras cosas porque la limosna conseguida se donaba a la parroquia del lugar. Además, el Rancho a menudo hacía la función de la Iglesia Católica en circunstancias nada extraordinarias: mucha gente, aunque religiosa, no disponía de tiempo, ropa o salud suficiente para asistir a los oficios, y cuando fallecía un familiar, no tenían capacidad de avisar al párroco que pudiera darle sepultura, de manera que el Rancho de Ánimas actuaba al modo de una cofradía que cubría las funciones de la Iglesia allá donde ésta no alcanzaba. «Un sistema de religiosidad popular basado en el culto a las Ánimas», señala Óscar Vizcaíno Déniz, responsable del apartado antropológico del libro Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror. Guardianes de una tradición centenaria”, obra notable y multidisciplinar que, de la mano también de los investigadores Roberto Suárez Ojeda, Francisco Trejo Ojeda, Alfredo Viera Ortega, Julio Sánchez Rodríguez y Oriol Prunés, realiza un amplio estudio histórico, biográfico, filológico, musical, etnográfico, sociológico, religioso y cultural de la Tradición de Los Cantadores.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

Lo cierto es que, pese a ese origen pagano, los componentes del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror son personas religiosas, con una profunda devoción fácilmente ubicable en la doctrina del Purgatorio y esa búsqueda de catarsis a través de mundo de los muertos. Tanto es así, que también intervienen en iglesias y ermitas aunque, como hemos dicho, la temática cambia. En vez de coplas y deshechas de Ánimas, cantan episodios de los Evangelios o a santos, vírgenes o patronos del lugar.

Los Cantadores, la inmensa mayoría de las veces cantan a los muertos, familiares o amigos de quienes han dado limosna con intención de que les canten. Pero a veces también se canta a los vivos, bien porque han emigrado, porque llevan tiempo fuera, y con la intención de desearles suerte, pidiendo a las Ánimas para que los favorezcan y protejan.

En el libro anteriormente citado, Óscar Vizcaíno Déniz hace un recorrido antropológico del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror, en el que presenta su actividad «como un sistema de religiosidad popular que coexiste de forma a veces distante, muy pocas veces hostil y casi siempre muy respetuosa con la religión oficial imperante. Una religiosidad popular que al amparo y cobertura de la doctrina católica sobre el Purgatorio legitima un modelo de culto a las Ánimas que tiene un importante papel en la estructura social y de parentesco de Arbejales. Un sistema de relaciones sociales de enorme trascendencia política y económica».

Con motivo de este artículo, Óscar Vizcaíno Déniz nos responde a algunas preguntas:

Con la iglesia, más allá de las reticencias, no hubo especial dificultad. Sí que cuentan en el libro algún episodio con la Guardia Civil durante la dictadura. ¿Se vivió algún tipo de control sobre el Rancho? ¿Cómo era esa relación con la autoridad?

La vinculación entre los poderes político, militar y religioso no es exclusivo de la dictadura franquista; desgraciadamente este triángulo del poder ha sido una constante a lo largo de la historia de España y de Canarias. Una iglesia militarizada fue la avanzadilla de la Conquista de Canarias y de su cristianización, a la que le seguirían las de África y América. Se trata de una Iglesia que se nutre de órdenes de soldados de Cristo y frailes soldado, a medio camino entre los efectos de varios siglos de Cruzadas y una Contrarreforma que, entre otras, alumbrará la Inquisición Española y la Doctrina del Purgatorio.  Este poder tricefálico se mantendrá vivo y activo en España y casi sin excepciones hasta la Transición política de finales de los años setenta del pasado siglo. La Iglesia Católica es poseedora de registros de nacidos y bautizados, de matrimonios y de defunciones, tiene el control a través de registros en libros de protocolos y actas, de propiedades y testamentos, tiene hasta mediados del siglo XIX el control exclusivo de los enterramientos y actividades fúnebres, y no dejó de ejercer una potente actividad recaudatoria de dinero y propiedades que, pese a las Desamortizaciones, llega hasta nuestros días. Es en ese sentido en el que comprendemos mejor episodios como el de 1832 en la Ermita de San Vicente Ferrer en Valleseco, en el que el Obispo prohíbe las actividades del Rancho de Ánimas porque «se juntan a cantar coplas indecentes y nada decorosas a aquel santo lugar, sucediendo que si cantan una u otra copla que parece piadosa, luego pasan a las profanas, portándose en la casa de Dios, así los que cantan como los que asisten, con la misma licencia y desenvoltura que en la plaza y casas particulares». Acontecimientos como estos e incluso más graves se repetirán a lo largo de los siglos XVIII y XIX, como se puede verificar en los archivos consultados, incluso hasta comienzos de los años cincuenta del siglo XX en que el segundo Párroco de Arbejales Faustino Alonso Rodríguez trató, sin éxito, de establecer un reglamento para controlar las actividades de los Cantadores decretando su vinculación y dependencia del párroco y de la parroquia. Lo que da lugar a un “amotinamiento” de Los Cantadores que a punto estuvo de provocar su disolución.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

La Guardia Civil de los años del franquismo actuó, como en otros momentos históricos hicieron otros cuerpos militares o policiales, a instancias del poder político y religioso. En esta época la distancia entre estos poderes en las comunidades rurales de la isla casi no existía, de tal manera que lo planteado por las autoridades eclesiásticas tenía un valor de ley incuestionable. Anécdotas como la que cuentan los más viejos cantadores en las que la Guardia Civil advertía a los cantadores respecto a las horas a las que debían recogerse eran simples advertencias que no pasaban de ahí. En un momento en que estaba vigente una restrictiva Ley de Orden Público que prohibía las reuniones de toda clase, con el “Sínodo Diocesano” del Obispo Pildain y Zapiain de 1947, prohibiendo reuniones, celebraciones, bailes,…  el Rancho siempre estuvo vigilado pero de lejos y sin mucha presión, pues en el fondo recaudar dinero para la Iglesia era un buen salvoconducto. Aun así la desconfianza de las autoridades políticas y religiosas de Teror nunca  dejó de existir ya que siempre veían en las actividades de la gente de Arbejales un intento por socavar su autoridad y hegemonía.

Desgraciadamente, la represión cultural de la dictadura franquista y el conservadurismo en materia de costumbres y tradiciones populares acabó con valiosísimas tradiciones ancestrales de la cultura canaria, entre ellas la mayoría de los ranchos de ánimas de Canarias. Sin embargo, no deja de resultar sorprendente que el Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror haya permanecido casi incólume hasta nuestros días.  Esta pervivencia la explica el hecho de que en el Rancho de Ánimas confluyen factores emocionales, espirituales, sociales, económicos y religiosos. Su importancia para una comunidad como la de Arbejales y Teror es tal que sus actividades representan un motor de cohesión social tanto desde la perspectiva de su peculiar religión popular como desde su capacidad, para recaudar grandes cantidades de dinero proveniente de la limosnas de los devotos a las Ánimas, lo que para la Iglesia siempre fue una importante fuente de ingresos.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

Aquella anécdota que reconstruimos en el libro, según la cual un Guardia Civil recién llegado a Teror detiene en una noche oscura y brumosa la camioneta donde viajaban más de veinte personas del Rancho, y los reprende porque en aquella camioneta sólo podían viajar tres…, es muy significativa de la ‘privilegiada’ situación en que se movían Los Cantadores. Vemos a aquel pobre Guardia Civil indignado por tal locura viendo cómo en la parte de atrás de la camioneta habían amarrado unos bancos donde los cantadores iban sentados todos y con cara de asustados, es reprendido y llamado aparte por el compañero que iba con él que le dice: «muchacho, qué haces, ¿tú no sabes quién es esa gente?… son Los cantadores, y esa gente no se puede tocar…».

¿Qué significado tiene la limosna?

Dar limosna al Rancho, además de los beneficios espirituales y terrenales obtenidos por la intervención e intercesión de las ánimas, favorece el prestigio social y moral del limosnero y de la familia a la que representa ante la comunidad. Esos mismos beneficios los obtienen los cantadores por su labor y por la pertenencia al Rancho. El acto de entrega del dinero al Párroco supone el reconocimiento por parte de la institución eclesiástica de las actividades del Rancho de Ánimas y, al mismo tiempo, aumenta el prestigio social y moral de los Cantadores como portavoces de la comunidad.  Una vez entregado este dinero existe la creencia generalizada en la comunidad de que, además de los beneficios directos de las Ánimas para con los que han contribuido a su liberación, la Iglesia premiará esta acción mediante indulgencias que se concretan en el perdón de los pecados del limosnero, de su familia y de los cantadores del Rancho, algo que se hace extensible a sus difuntos, a las Ánimas del Purgatorio.  A través de esta institucionalización de la limosna la religiosidad popular de la comunidad es integrada en el marco canónico de la Iglesia. La instrumentalización de la limosna hace posible la Tradición del Rancho de Ánimas y, lo que es más importante, sus actividades. Al recibir la limosna recogida por los Cantadores el Párroco ‘reconoce’ institucionalmente la autoridad de aquéllos y la legitimidad de sus actividades. Gracias a la limosna se posibilita una segunda relación con el Mundo de las Ánimas: la limosna sirve para pagar Misas de Ánimas. Aquí el Párroco interviene desde la perspectiva de la religión institucionalizada; al decir las Misas de Ánimas se promueve una segunda comunicación con las Ánimas, se ruega por su salvación y se espera que desde esa posición ayuden a quienes les han ayudado cuando éstos mueran y emprendan su viaje por el más allá.  Una vez se dicen las Misas de Ánimas que han sido sufragadas por el dinero entregado por los Cantadores, que lo es de todos los seguidores de la Tradición del Rancho de Ánimas, el círculo se cierra. La solidaridad entre vivos y muertos, su identificación en una comunidad de destino que habla en nombre de las familias del pueblo por boca del Rancho, y escucha a la divinidad en la persona del Párroco, confluye en el referente soteriológico neoplatónico de la muerte como liberación y único camino hacia la Gloria Eterna y la Contemplación Divina.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

En definitiva, el dinero de la limosna actúa en dos niveles; de manera explícita, como una vía simbólica de sufragar la comunicación con los difuntos, con las Ánimas del Purgatorio, manteniendo viva su presencia; pero, además, de forma implícita supone un mecanismo de integración social en el mundo de los vivos, una forma socialmente reconocida y fomentada a través de la cual se verifica y actualiza el nivel de solidaridad para con los familiares vivos de esas Ánimas y, sobre todo, entre todos las familias, vecinos y miembros de la comunidad. El acto de dar limosna refuerza así los vínculos de parentesco y las relaciones interfamiliares y comunitarias, actúa como un poderoso mecanismo de cohesión social y proporciona prestigio y reconocimiento al limosnero y a su familia.

En este estudio se señala la trascendencia social y comunitaria del Rancho de Ánimas como vertebrador de ciertas dinámicas sociales, el apoyo al dolor de los seres queridos que se van, etc. ¿Puedes explicarnos esto?

La fuerte endogamia y un sistema de relaciones sociales cimentado en relaciones de parentesco a partir de un pequeño número de familias, son la base del modelo de control social comunitario. A través de la Tradición del Rancho de Ánimas las familias refuerzan vínculos y lazos de parentesco, sociales y económicos. Cuando la familia encargada de dar la cena abre las puertas de su casa para recibir a sus familiares o a los miembros de otras familias, comienza el ritual social que rodea las actividades de Los Cantadores. La presencia del Rancho se convierte en un acto social de enorme importancia, no sólo por el significado de sus actividades sino, tal vez, y esto es más importante, por su duración. Cada salida era y es un reto para las familias que dan la cena, pero también para Los Cantadores. Para la gente antes era como una fiesta porque allí se reunía mucha gente no sólo para recordar a las ánimas, a sus difuntos, sino también para comer y beber, hacer tratos económicos, llegar a acuerdos, concertar matrimonios, buscar pareja y algunos hasta jugar y bailar en los alrededores. El carácter festivo existía en la cultura de los seguidores y devotos del Rancho, y lo normal era que después de las dos o tres de la madrugada se propiciaran peticiones menos animeras y más sociales o, incluso, pícaras. Sin perder su solemnidad, el Rancho recibía de madrugada limosna para cantar por familiares emigrados a Cuba o Venezuela, por hijos que hacían el servicio militar fuera, por animales enfermos, para bendecir una nueva casa, para pedir lluvia, por unas buenas cosechas, etc. Los jóvenes mandaban mensajes y piropos a las chicas, los novios a las novias, y en esa línea se llegaba en algún momento a coplas pícaras, envites y piques entre cantadores y asistentes. Podemos reconstruir estas largas y entretenidas veladas empapadas de café y ron miel que, por los datos que nos aportan los viejos cantadores empiezan a decaer a finales de los años setenta.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

Por último, la solidaridad a la que invitan y que transmiten los cantos y el ritual del Rancho se dirige, ante todo, a los miembros de la comunidad, ya que ellos habrán de establecer y consolidar vínculos sociales y religiosos que permitirán el éxito en la comunicación con las ánimas y con el más allá, pero también entre ellos mismos. Alrededor de este modelo ritual de cohesión social, la comunidad establece algunas de sus actividades y organiza su tiempo y su espacio, tanto real como simbólico.

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Fotografía cortesía del Archivo del Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror

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Libro Rancho de Ánimas de Arbejales-Teror, Guardianes de una Tradición Centenaria (pdf descarga gratuita): http://mdc.ulpgc.es/cdm/ref/collection/MDC/id/56977

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