Por fin, un Carnaval como Dios manda

 

 

My mother said she saw him in Chinatown
but you can’t always trust your mother.

Lou Reed

 

Terminé preguntando a mi madre, creyente en Dios, no en la Iglesia. No sabe latín ni sobre historia del Carnaval, pero para mí, lo que dice va a misa. En su cuartito, al lado de la tele, tiene dos imágenes de vírgenes: la Virgen del Pino y la Virgen de Regla de La Habana. Cuando ha de pedir algo especial acude a Santa Rita, a las otras les da las gracias por seguir todos bien, así, sin grandes sobresaltos.

Mi madre lloró con el accidente de Spanair. Ni siquiera pensó en Dios, no hacía falta para ponerse en el lugar de los que despidieron a seres queridos, de los que no llegaron a recibirlos. Es verdad que ella se emociona con facilidad con las penas de sus vecinos, y también con sus alegrías. Así que, de alguna forma, no siempre puedes confiar en ella cuando habla de asuntos tan importantes como la Gala Drag Queen, pero qué le vamos a hacer, es mi madre.

«¿A quién le puede molestar que la gente se divierta?», me dice por teléfono. «Es que yo no lo puedo entender. Esto es el Carnaval ¿Cómo pueden ofenderse?». Intento hacer de abogado del diablo —o del Obispo en este caso— y me ofrece un titular humilde, sencillo, que me llega desde Escaleritas como si lo hubiera enviado el mismísimo Dios: «Mira esos niñitos, que si son homosexuales… ¿y qué? ¿Acaso no tienen derecho a vivir su vida? Mira cómo los tratan… ¿eso no los ofende? Porque eso sí que es una injusticia».

Como ella no es la única que le pide a la Virgen del Pino por familiares, amigos, conocidos y vecinos para que uno encuentre trabajo, para que a la otra la atiendan pronto en el Negrín, para que los chiquillos que vuelven a menudear con las drogas en el barrio no acaben como acabaron otros… cosas así de sencillas; le pregunto por la opinión de los vecinos, sobre lo que dicen en la calle. «Todo el mundo, indignado con lo que ha dicho ese señor, pero ¿qué se cree? ¿Es que no entiende lo que es el Carnaval?». Me habla mientras prepara el potaje con papas y piñas del país, que salen más caras pero valen la pena, que compartirá como las truchas de batata en Navidad, como los recados a Santa Rita si alguien no puede ir a visitarla. Me pregunta qué pienso yo. No digo nada. Ya comenté antes que para mí, lo que ella diga va a misa y, además, si intentara añadir algo creo que se me quebraría la voz y no quiero emocionarme y que piense que me sucede algo grave.

¿Viste la gala? ¿Te gustó?, le pregunto finalmente. «Sí, mi niño, me gustó. Oh, qué quieres que te diga, a mí me gusta ver cómo bailan, los vestidos tan bonitos… y yo no vi nada para que alguien se ofenda. Como lo siento te lo digo». Después de haber leído tantas opiniones documentadas, disertaciones históricas, recordatorios del origen de la tradición, de los abusos de la Iglesia, de por qué una religión sí y la otra no, qué sé yo cuánta información para defender que alguien se suba a un escenario a bailar como Dios le dé a entender, el argumento más sencillo, de simple sentido común, es el que me convence. Ustedes dirán que no siempre se puede confiar en los argumentos de la madre de uno, pero en asuntos importantes no se me ocurre mejor consejera, qué le voy a hacer.

Por fin, un carnaval como dios manda - Pareceres - 7 Islands Magazine

Mascaritas de La Isleta, 1965-1970. Colección A.V. Isleta               Fuente: FEDAC