El Autolutismo como secuela natural de desencanto

PORQUÉS

El primer plano de una vida esforzada, progresada, con sus etapas de formación y su recompensa en clave laboral, salarial, social, nos deja sin aliento. Es un plano decididamente atractivo; sin zoom ni Photoshop nos cuadra en una belleza paralizante. Una proporción áurea, que se estima lógica, parte de nuestra matemática. ¿Qué ocurre, por lo tanto, para que a algunas personas este nivel de bienestar les sea esquivo? Si, como se suele decir, no importa el lugar de la nacencia, y sí el desempeño, ¿qué inercias impiden a unos cuantos llevar a término esta maquinal (fácil) escalada?

Son consecuciones que constan casi por derecho, desde el mismo momento del sonajero y la putada del Registro Civil, y que toman cuerpo en el único escenario posible, con los años: una cuenta bancaria y un orden diario sostenibles. Así de sencillo. A esta mínima competencia nos destina la lógica cultural del Capitalismo, y cuando el resultado acompañe, luego de la trayectoria cabal de la que hablamos, piano/piano, petite/petit, démonos por satisfechos. No hace falta más. ¿Que si la conciencia tranquila y las maracas de Machín? Bueno, sigan todos la marcha despacito, con ojo de no andar depredando a terceros, y saquen sus cuentas. Habrá quien no pueda hacerlo (nosotros venimos de una derrota), y son éstos, luego de un mismo trayecto pero distinto final, los que ven al bienestar correr como una serena catástrofe… Y entonces kaputt.

Aunque me temo que esto ocurre más en el mundo de las artes que en el de las divisas, o que en las ciencias. A un poema o a una canción no se los puede cosificar, etiquetar y franquiciar, como fin productivo o como justificación tangible de una cadena de esfuerzos. Y porque a quienes se destinan es a un colectivo menor, y la dimensión que ocupa es recreativa; la construcción de un puente, claro, es otro tema. Y cuánta dignidad y masas acoge. El puente.

AUTOLUTISMO

Pero la certeza y práctica del caos es una cosa progresiva. Al sistema cruel de gobierno de uno, en el momento en que se ejerce ya sin limitación, no se llega de una carrera. La tiranía propia, contra cuerpo e intelecto, es resultante de un pacto a favor del abandono, a cuya firma se llega sólo en tren viejo y manoseado: el Autolutismo (sin vagón restaurante). El proceso se desgrana así: objetivo – recorrido silvestre hacia él – recorrido consecuente – primeras evidencias de incompatibilidad – factor psicosocial – agravamiento de incompatibilidades – Isabel Pantoja.

A este punto, y luego de espejear en su propia anatomía el éxito (relativo, fácil, ya hemos dicho que no tiene por qué entrañar una celebridad) del de al lado, el sujeto y su dolencia tienden a señalar la destreza/habilidad propias (o la falta de ellas) como responsables, lo cual deriva en la quiebra estructural del canon, y en una bifurcación irreversible de sí.

«Yo ya no quiero ser canon, yo ya no…»

Se me ocurre referir algunos nombres, casos, por si ayudase a ilustrar lo expuesto; darle al concepto una gradación.

Hitler lideraría la escala Poder de la lógica autolutista. Voy a ver si me explico. Porque podemos diversificar en ramas de desenvolvimiento la influencia del fenómeno. Así Poder, Arte, Ciencia, Deporte o Anonimato, son algunas de las columnas que basan el esquema (no hay estrato social que escape a esto). Bien. En Hitler, los perímetros de depredación coinciden. Tanto a su cuerpo (adicto a todo tipo de inyecciones y medicamentos) como a los de los demás (Jews) los abusa. Eso está claro. No obstante redundar en una actitud lesiva contra el mundo, antes que contra nadie, en concreto, la decisión de ir contra él mismo es anterior a su fama como carnicero; se apuesta la vida ya en un estadio anterior. Luego un perfecto autolutista.

Rebajando el drama, en esta misma escala “Poder”, pues Trump. ¿No?

Y así hasta Rajoy o Rufián.

Leopoldo Mª Panero, por ejemplo, en la subdivisión Arte, presta una semblanza y recorrido idóneos para deshacer el binomio autolutismo/malditismo. Panero no es un autolutista (ni sus hermanísimos); el estadio incompatibilidades no preside su ruta, y cuando éstas comparezcan serán ya una consecuencia del éxito y del envanecimiento (un “malditismo”, subjetivo), no de un rechazo u olvido primarios, que dan en el desengaño.

RECUERDO DE DOLENCIAS

Hay un testimonio de Cortázar que exhibe un patrón autolutista rebajado, más dulce: “Italo Calvino, que es amigo mío, le escribió una vez un libro a Antonioni. Cuando llegó el momento de filmarlo, Italo descubrió que lo único suyo que había quedado era el tucán. Después supo por Mónica Vitti que le gustaba mucho la idea del tucán”. Aquí Italo Calvino, que sin duda hubo de tener frustraciones en sus inicios, reconoce y desvela, ya desde el éxito, una incógnita de la fórmula tiránica: el recuerdo de dolencias. Es interesante analizar en qué proporción varían las respuestas de una persona ante un mismo estímulo, en función del estadio vital en que se encuentre, y de lo recurrente que sea este estímulo. Porque los recuerdos se pueden relativizar, incluso llegar a inspirar una respuesta humorística, pero nunca un presente trabajado que no devuelve mortadela.

O sea que desencanto/práctica navajera, y autolutismo. De una vida recusada.

El Autolutismo como secuela natural de desencanto - Pareceres - 7 Islands Magazine

«Entrada, una peseta»

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