Marxo desde tu falda

Le veía aparecer cada día en televisión. Con su fomentar enemigos de ese modo tan ambiguo. Desde hacía unos meses era el rey de las tertulias políticas, lo mismo en las de sobremesa que en las de dos rombos. Acariciado por la credulidad del sofá inundaba cada hogar con falso criterio de clase.

Me sentaba fatal verle.

Mi mujer se paseaba por casa con cierta cadencia, moviendo la cintura en círculos y hablando de amor. Una amiga iba a visitarla aquella tarde.

―Uh, ¿otra vez estás viendo eso? Sabes que te sienta fatal.

Tomaba té y fumaba eso tan suyo. Como una estrella candente irradiaba juventud y un pezón se le marcaba en la camiseta gris.

―¿Quién va a venir a verte?

A través de la ventana todo parecía un decorado ajeno y burdo. Estaba preparado para aquello, para vencerlos a todos, pero estaba esperando el momento adecuado.

―Pues, Nekane, ya te lo dije. Volvió ayer de rodar el documental. Ella y Jorge están haciendo muchas cosas juntos.

―¿Jorge?

Las mujeres pueden sacarte los colores sin consecuencias. Cuentan con un sofisticado sistema de reproche, qué atroz el reproche, con el que apagar tu continuada y feliz sintonía sin ni siquiera proponérselo.

―Es la primera vez que me hablas de él.

―No es verdad, te dije que trabaja en el programa de Marxo.

―En qué programa, ¿en Fort Mapache?

Mi mujer y Marxo.


―Sí.

Su grácil puntear el parqué se la llevó de mi lado y la deslizó hasta el armarito de las infusiones. Sirvió cinco cucharadas de azúcar en una taza caliente, tarareando el estribillo de una canción protesta. Después me miró con suficiencia.

Mi mujer y Marxo.

Escuché el timbre sonar desde el estudio. El estudio es, en sí mismo, nuestra contribución al desarreglo de los sentidos, una entrada a otra dimensión del discurrir. Era Nekane. Se escucharon risas y agudicé el oído. ¿Vendría Jorge con ella? En esas dos o tres horas había tenido tiempo de barruntar un plan, algo del todo quijotesco.

Venía sola.

―Hola, Nekane, ¿qué tal va eso?

Acudí al salón con ganas de participar en la conversación. Nekane llevaba una peluca rizada roja. Nekane es esbelta y con cierto gracejo, pero nunca enseña su pelo. Siempre que la veo me pregunto qué le ocurre a su pelo. Es una de esas cosas sangrantes que no tienen explicación y acerca de la cual es mejor no indagar. En eso de la amistad las mujeres no reconocen lazos conyugales.

―¡Patricio! Muy bien, ¿y tú?

―Ya ves, sumido en mi pobre nobleza. Sin embargo a ti te va muy bien. Me ha dicho Celia que os estáis moviendo mucho tú y tu chico.

―Ah, sí, por suerte nos están saliendo bastantes cosas. Más a Jorge que a mí, la verdad.

Nekane es algo menos sofisticada de lo que cree ser. Tiene un ligero titubeo que manifiesta tocándose el lóbulo de la oreja derecha que compromete la fuerza de su mensaje. Es una chica tímida, creo atisbar, una de esas chicas comprometidas que nunca se mete en líos, a pesar de todo, pero habla de heteronormatividad y de cosas de género, y eso no va conmigo.

―¿Está de cámara con Marxo, no?

―Sí, lleva ya un año, pero no te creas que es el súmmum ―habló para Celia―. Ha pasado a cobrar la mitad en los últimos meses. Marxo planea presentarse a las elecciones europeas.

―¿Cómo?

―Sí, sólo hay dinero para logomaquias. Está recabando apoyos en el seno de la izquierda mediática.

Aquello era del todo insólito. Fiel reflejo del vodevil oportunista en el que andábamos inmersos. Intentar emular el movimiento Cinco Estrellas italiano era un disparate, confiar nuestro futuro a la veleidad de un líder dudoso era suscribir la autenticidad de un cheque en blanco en manos del oligarca borracho de turno.

―Oye, y cómo es en persona, ¿qué te dice Jorge?

Celia me lanzó una de sus miradas de censura. ¿Otra vez con lo mismo? Sólo sabía decir eso, como un león de conciencia jugando a atracar bancos.

―Es un mitómano narcisista y paranoico. ¿Sabéis que tiene un papagayo del que no se separa nunca? Lo lleva al plató y en los descansos habla con él. Se va a postular como número dos del partido.

Marxo ponía en solfa todos aquellos dogmas que a los demás nos adscribían a un sustrato, y lo hacía de forma artificiosa, que también hay que tener mano para eso, vas a ver, manejaba a la perfección los tiempos del engaño. ¿De qué otro modo el más reconocible de una casta de académicos burgueses podría hacerse pasar por revolucionario y granjearse además el más mínimo crédito? Si había alguien o algo que contribuía al sostenimiento del régimen ilícito imperante esos eran Marxo y la gente como Marxo, la élite intelectruhán, el grupúsculo izquierdoide amante del aperitivo ahumado.

Había que hacer algo con todos ellos.

Nekane se marchó tras haber aceptado nuestra invitación a cenar para unos días después. La única condición, diablura que disfracé de indiferente cortesía, era que viniera con Jorge. Necesitaba conocerle, ganarme su confianza, dar luz verde al minucioso carrusel de idas y venidas entre parejas que me diese derecho a conocer sus intimidades. Inauguraría así mi guateque de variedades, festival del horror doméstico, un golpe de efecto desde arriba sólo apto para los paladares más ásperos.

Y aquello me tomó casi dos meses. Dos largos meses en los que hube de disimular mis incesantes ganas de eliminar a Marxo, caer en gracia a Jorge y a Nekane y mantener a Celia ajena a lo que estaba tramando. Nos vimos seis veces en ese lapso de tiempo, citas en las que yo volvía a mis viejas formas, al embuste, como un tren a vapor cubriendo un valle, porque aunque ustedes ahora no lo sepan, en mis tiempos de rapaz fui el peor de los hombres. Hacía todo lo malo que se me pasaba por la cabeza, esparciendo a destra e manca el germen profiláctico de esa incertidumbre finisecular que a todos ahogaba. Una vez hasta amenacé a un sastre con el gatillo encasquillado de mi estrella de diez puntas. Por aquello pasé casi veinte horas en el calabozo. En la cárcel se hacen extraños compañeros de celda.

Pero, volviendo al asunto, quería hablaros de Jorge, de cómo me granjeé su beneplácito. Yo sabía que a toda esa gentucilla de la tele le pirraban las credenciales, que dijeses que conocías a este o al otro, que les presentases logros, consecuciones triviales y toda esa mierda; son diminutos seres que por peinar al famoso de turno se creen parte indispensable del lío, así que lo único que tuve que hacer fue eso, magnificar mis escasas incursiones en el mundo del famoseo y exhibir, con aparente desinterés, la mayor indiferencia hacia el mismo. Os pondré en situación, si todavía no lo he hecho: Soy Patricio Colomo, músico y repartidor de comida para perros, y como bajista de la que durante cinco años fue mi banda ―En Tránsito― recorrí buena parte de la geografía ibérica dando conciertos y creando polémica. Burgos, Madrid, Murcia, Barcelona… todo parecía hecho para mí, sencillo y a mi alcance, perdurable. En ocasiones compartimos cartel con algunos de los grupos de más renombre, con los más grandes, y aunque nosotros nunca pudimos vivir de la música, fue lo más cerca que he estado nunca de ser una persona. De modo que sucedió así: en la segunda cena que organizamos en casa Jorge se presentó con una camiseta de Parálisis y yo le dije que les conocía. ¿De qué? Oh, hemos tocado juntos un par de veces, nada serio. ¿Has tocado con Parálisis? Y a partir de ahí sus poros se abrieron como bajo el efecto de mi disolvente casero marca exabrupto y fue todo mío, como una fruta madura que cae de un árbol cualquiera. Al cabo de un tiempo estábamos preparados. Los dos.

―Eh, Jorge, ¿dónde se graba Fort Mapache?

Un miércoles de septiembre. Un miércoles frío de inflexión. Para deleite de mi insospechada neurosis.

―En TeleGameto. Mañana hay programa.

―¿Crees que podría acompañarte? Tengo curiosidad por ver cómo funciona todo aquello.


―Claro. Marxo va tan ciego de sí mismo que no sabe dónde tiene la mano derecha.


Sonreí para mis adentros. ¿Qué mas cabría desear? Por fin iban a adelantarme las honras fúnebres.

Jorge me vino a buscar a casa al día siguiente, horas antes de que comenzase el programa en directo. Decía que si iba por mi cuenta tendría que solicitar un permiso, dar mi dni, la matrícula del coche y demás historias. No me importó. Durante el trayecto escuchamos buena música y hablamos de conjuras, de ideas chirriantes, de cachorros de bosque, ya veis, pero en especial de Justiio, el partido en gestación de Marxo, algo aparentemente en boca de todos pero que yo sabía que era humo, porque esas cosas se saben.

―El muy zorro entrará en la eurocámara―dije―. Creemos que la gente sabe pero no sabe. Sufragio censatario ya.

―No me hables de eso. Ya no es noticia, va ascendiendo posiciones. Pero me gusta lo del sufragio.

Le gusta lo del sufragio. Yo estaba nervioso y no paraba de aflojarme el cinturón de seguridad, me estaba ahogando. Jorge no sospechaba nada. Jorge conducía como conduce la gente sana y honorable que confía en códigos impuestos, a pesar de todo. ¿Te gusta lo del sufragio? Sí, soy de izquierdas, de una izquierda diferenciadora, pero me han recortado el sueldo y voy a servirle un whisky a mi captor ideológico. Le miré de reojo. Se estaba quedando calvo. Calvo y sin estilo. ¿Qué ropa era esa?

Le veía muy tibio.

―Y, oye, ¿cómo es eso de trabajar en la tele? ¿Hay mucha seguridad? Alguno querrá empeorarle la salud a éste.

―En la entrada hay un detector de metales y un par de guardias. Pero sólo para la gente de fuera. Nosotros accedemos por otra puerta.

―¿Tres horas antes de la emisión?


―El directo es así. Hay que tantear a Marxo. No sabes… Tú puedes esperar en la cafetería. ―Uh, uh.

Llegamos a un polígono industrial y atravesamos varias calles hasta llegar a la nave de TeleGameto. Parecía un decorado, con paneles ensamblados, una puerta desmedida y todo muy irreal y amenazante, joder. Me sentía como un cubito de hielo en pleno agosto.

Rodeamos la nave hasta la zona trasera de parking, flanqueada por una garita y una barrera y Jorge se identificó. Fue fácil. La barrera subió, la barrera y no yo, yo era haz de luz proyectado sin dispersiones, y entramos. Demasiado fácil, en realidad. Descendimos. Jorge y sus aperos menores de técnico de cámara avanzaron y yo detrás con cara de primo, privado de cualquier bondad mundana, calibrando qué lugar ocuparía en el panteón de terroristas una vez me hubiese regalado al estigma. Estarían las rameras de Charles Manson, Lee Harvey Oswald y ese otro moro al que culparon de lo de las torres gemelas. Y todo sería más fácil, tendría una Colt con bajorrelieve, bajorrelieve con mis iniciales en la culata, si vas a ver, y dispararía por menos de nada, limpiando fondos en ese limbo de sangre y caspa.

De Marxo además decían que era la mejor nariz de España. Que todo se lo pasaba por ahí, ya veis qué historia, y que un poco de coca en donde el sol nunca luce le chiflaba lo que más. Marxo tiene nariz de usurero, los ojos un poco juntos, el pelo largo recogido en una coleta y perilla de camionero frecuentón. A Marxo y a su discurso manido le van, como a todos los del chow bisness, los maricones, los de la jet y las jovencitas, y se lo monta bien en el camerino o entre bambalinas, sin hacerle ascos a nada. “Vamos a ver, primero los habitués: ¿qué me habéis traído?” Marxo, me ha dicho Jorge, son dos Marxos, es el agitador de masas, el difusor de pasquines, y el déspota adicto a los flashes y al lumpenSex que cambiaría a su madre por un puñado de dólares. Lo es todo y nada, redentor y culpable, un perro de paja del que colgarse a la espera de la ancianidad.

En la cafetería de TeleGameto mediaba un trajín como de obituario y yo me echaba un trago de whisky al coleto. En la cafetería de TeleGameto los muros estaban forrados de papel pared con una greca infinita de papagayos en posiciones imposibles. Por todas partes se intuía la huella de su máxima estrella, y por todas partes gente acuciada corría de un lado a otro para dejar dispuesto el asunto antes de la hora. Nadie me preguntó quién era ni qué hacía allí, eventualidad que cada vez me importaba menos porque estaba llegando a un punto de alcoholismo superlativo. En una mesa me pareció reconocer a la chica del tiempo de la cadena, maqueada como un mueble bizantino y pintalabios extrafancy, enfrascada en una discusión con otra barbie melanoma de extensiones e intelecto elevado. Aquello era mejor que la redacción de la Mad Magazine.

―Eh, otra aquí.

El camarero también me resultaba familiar. Lo llevaba pensando un rato. Se parecía a aquel actor que salía en el culebrón ese de los sombreros y el ganado, el que hacía de robusto doncel antiapostólico.

―¿Whisky?

―A ver.

Camina como si gastara caballo y bridas, y tiene un deje al hablar que denota soplanusquismo. Qué odioso el entorno televisivo, nada temible, con su sonrisa cansada y enferma.

Entonces me abrumó la sospecha de que estaba perdiendo aptitudes, equilibrio y concentración, de que si iba por ahí sin saber lo que hacía no tardarían en obsequiarme con un viaje al grumel en asiento trasero, sólo de ida y esposado a mi propio culo. ¿Dónde estaba Marxo? El recorrido hasta la cafetería había sido directo y poco provechoso. No tenía ni idea de cómo estaban distribuidos los espacios, por dónde los camerinos y todo eso. Jorge me había dejado en la misma recepción, señalándome un camino, y con su calva gestacional se había ido por otro lado. Yo tenía que ir en esa dirección. Me debía mucho, vamos, y vosotros también, estaba dispuesto a todo, y Marxo visto desde la mirilla de mi acción escatológica era la imagen más atractiva que podía imaginar. El cowboy de detrás de la barra agarró mi billete y se despidió resbalando en aceite. Arrivederci, caro.

En recepción sonreí. La recepción es ese parapeto de mediocridad sobre el que bascula todo el peso del engaño, el peso que se despeña en el interior de un engaño: información y catálogos, flyers y ojeras. Recepción es una recepción sin etiqueta, sin clase y sin embajador, es el pasearte delante de ella con imaginería desbordada y cara de dandi obsoleto, es el dejar entrar los tanques al congreso para que no nos borren del mapa. Sonreí en recepción, y la recepcionista enarcó las cejas y su boca de caramelo dibujó una duda, volutas de sumisión, con la que me hice un traje impenetrable de escamas apologéticas.

Mi mujer y Marxo.

En un segundo cruzaba el hall y me adentraba por el pasillo de la oportunidad.

Lo primero que me encontré fue una puerta de esas dobles y un cartel: Fort Mapache. Dentro supe a qué olía la tele, y su olor se mezcló con el olor que desprendía mi boca, mi cuerpo, era todo una catarata de nausea reactiva y excitante. ¡Estaba dentro! Y, cómo explicarlo, el lugar parecía muy pobre, quiero decir, paredes desnudas, también paredes que son paneles, blanco ambulatorio, pero tuve un buen pálpito. La gente iba tan inmersa en su parcela de miseria que verme allí no les inspiraba nada, estaba enmarcado en la pared de gotelé, consumido por la humedad, como ese catering de lombrices que entrañas sonriente. Podía imaginar perfectamente la cara de reproche de Celia: Querido, qué desproporción. Celia, oh, Celia, tú que nunca exageras, tú que no exageras ni en la cama, ¿te sirvo otro té? ¿Jugamos a enterrarme?

Por suerte parecía estar comenzando una reunión en alguna parte y el personal con que me cruzaba era cada vez menor y de menor relevancia. A lo lejos, por encima de la continuidad monumental y sin techos de la nave de TeleGameto, se escuchaba el chirrido de un altavoz, entrecortado y doctrinario, un altavoz de proclamas que yo no era capaz de descifrar. ¿Sería Marxo? Quedaba menos de una hora para la emisión en directo, una hora, y estaba borracho y perdido, necesitaba clarividencia, aunque ya se sabe. Me metí por un pasillo que se destacaba a la derecha, un pasillo anochecido que me alejaba del compromiso, y una puerta forrada en terciopelo granate habilitó mi descanso. No podía ver nada, pero allí dentro había un fuerte olor a espectáculo, a anquilosamiento de vanguardia, a tocador de cabaret bien transitado. Odio sentirme un personaje de novela negra descendiendo una escalera que no lleva a ninguna parte. Odio que el éxito de algunos sea mi invalidación artística. Eso no es lo mío, eso me cabalga sobre el espíritu, es el relincho feroz asomando en mi pecho.

Porque soy hombre de relincho fácil. Suerte de oligofrenia bien cultivada. Soy arrebato y propensión a la pugna, y cuando creo que algo merece la pena, que se desplome el mundo, vamos. Como en aquella ocasión, como en aquel día de programa en directo y TeleGameto, un día de escaso dinamismo, de explosión eufemística, de ruptura. Estaba dispuesto a cualquier cosa, sí, era esa sensación rutilante de presagio funesto, de saberte colgado de un neón con algunas letras fundidas, Club, y la be sin lucir, era yo como sustitución espantable de otro yo más sereno y conformista, la persona que ellos querían que fuese, pero no iba a funcionar así.

Así que dí con un interruptor y eso fue todo. Luz, sorpresa y la extraña impresión de que ése no era un camerino cualquiera. Se echaba de ver que por allí ladraba un perro muy fino, ya te lo digo, un clueco de gargantilla y piel ocre de comer marisco, y no hacía falta que adivinase más, que estaba muy claro, que aquel era el camerino de Marxo. Lo cual que me puse a rebuscar por todos lados, a ver qué encontraba de comprometedor, que como siempre es lo más inútil, porque luego lo importante está a la vista, ya ves, como la albóndiga de cocaína desmenuzada que había a un lado del tocador, hay que joderse con Marxo, tanta cosa para él solo, así decía luego lo que decía, y sin razón ni moral, que si el lumpenproletariado, que si el contubernio de las corporaciones, pero a lo que voy, que digo que me puse a buscar y lo que encontré a un lado de la puerta, en una jaula de cristal, fue al dichoso papagayo. Tenía un cordelito al cuello, qué digo, un collarín en toda regla, con su nombre en letras doradas, Robespierre, le había puesto Robespierre, y me estaba mirando muy serio, desde su fortaleza de cristal, que he visto casas más pequeñas, y a un punto aleteó y se lanzó contra mí, enganchándose en los travesaños delanteros de la jaula, pico, pico, izquierda, derecha, crrrr, crrrr, con su carreteo, cómo se las gastaba, hasta tenía ganas de hablar. Habla, le digo, y venga de parlotear, crrrr, crrrr, y venga de moverse de aquí para allá, “holgazanes, os contemplo con ojos de historrria”, dijo de repente. Me acerqué y le observé con detenimiento: tenía el pico fuerte, grueso y encorvado. “Rrepresalia de una clase contra la otra, crrrr”, Marxo, oh, Marxo, ¿es esto lo que le enseñas a tu querido loro? “Crrrr, Marxo, Marxo, Marxo”, fue uno de esos golpes de efecto que te llevan a la luz, un latigazo, y te hacen albergar aún esperanza. ¿Era un papagayo reaccionario? En aquel momento de asomo íntimo escuché que alguien se acercaba. Una conversación, alardes y la brusquedad del falso bolchevique. Si no me escondía me pasarían a punta de lanza por el plató, buenos son los de la tele, así que me decidí por el biombo, que con un poco de suerte serviría, porque lo que eran el armario y el arcón ―todo en maderas nobles― estaban hasta arriba de cosas, cómo son los de la tele.

Había tomado una decisión.

La puerta se abrió y alguien despachó a otro alguien de malas formas. Era Marxo.

―¡Me dejéis tranquilo! ¡Y el montaje como he dicho, vamos!

Cerró de un portazo y se apresuró a empolvarse la nariz. Marxo era sin duda la mejor nariz de España, qué soplido, es que esta gente está hecha de otra pasta. Después se fue a Robespierre con rostro compungido ―qué rostro― y le cambió el alpiste, Robes, cuánta borrasca, la Eurocámara, exterminar a la oposición, menos mal que te tengo a ti, Robes, menos mal. Llevaba un traje con levita de color morado y la mandíbula bailando, Marxo y Justiio, líderes en corrupción mental.

―¿Cómo se atreven a cargar contra mí esos triperos del sindicato? Vulgo demandante, a remendar zapatos, hombre, a limpiar los carriles del tranvía, cada uno a su faena, hay que ver, oh, Robes, mi única compañía.

Mucho tiempo después aquella escena se fijaría en mi memoria como el golpe irrevocable que hizo que cambiase mi suerte.


La oportunidad chirriaba, trasponer inmundicia en valor social, era mi Celia moviendo la cintura en círculos, salarios indecentes, unidad de destino, dejar de revolverse en el barro, estar donde estoy, que decía Celaya, era deshacer el equívoco, la impostura, luces de plató, Patricio Colomo, manos limpias de sangre.

Tratar de cambiar el mundo.

Media hora no más pasé escondido, de rodillas, entre batines de seda y atrezo trans de estudio fotográfico, y Marxo rajando sin consideración contra todo, lo que salía de esa boca, claro, la tele se ve que es una cueva de podredumbre, de incorreción, lo a gusto que se despachan. La albóndiga blanca iba mermando en su diámetro, sopla que te sopla, y venga de probarse trajes Marxo, y éste no, éste tampoco, en fin que hasta que no entró alguien del equipo con la monserga afollonada del “en el aire en diez minutos” no volví a respirar tranquilo. Marxo salió, salpicándome un rastro aromático de Barón Dandi, y yo me apresuré a repasar el plan, el plan que había venido rumiando desde que viera al maldito pavo real; ¿era lo suficientemente doloroso? ¿elegante y mordaz? Me acerqué a la jaula y Robespierre me miró, había enmudecido, qué intuición, Robes, pitas, pitas, ven aquí, Robes. Agradecí tanta afectación por parte de Marxo: una jaula de cristal, qué estupidez, demasiado fácil de vulnerar. Sólo necesitaba un par de cosas, nada del otro mundo, algodón y alcohol, mechero ya llevaba yo, ¿no os he dicho que fumo como una vedette después de su último cuplé? Algodón, algodón, ah, caí sobre el lavabo ―¿qué camerino no tiene en una esquina un pequeño lavamanos?― y allí estaba, el botiquín del adicto, detrás del espejito abatible de ese pequeño mueble de baño con sabor a extrarradio, deshilaché un poco de algodón, también había alcohol de noventayseis, enrollé una hebra más o menos gruesa, la empapé en el desinfectante y la coloqué alrededor de dos barrotes, después le di fuego y descolgué la jaula al tiempo que llenaba con agua el lavabo, cómo fluía todo, me creía agente secreto, introduje la jaula en el agua, agité un poco y en un instante un ruido roto se elevó como carcajada de Caronte entre columnas de gas. ¡Robespierre en mis manos! Los barrotes se quebraron y aquella enjuta bestia descompuesta en color bailó a mi voluntad, con su carreteo, crrrr, crrrr, y fui arrancándole cada pluma del cuerpo, crrrr, privado de toda razón.

Hace ya tiempo de todo aquello. Un par de meses. Me he aficionado a la escultura en barro cocido. Celia creo que lo sabe ya, buena es Celia, y me mira con otros ojos, como con miedo. Ahora disfruto más de la televisión, soy un guerrero cansado, y en renovada compañía. Todavía colea el asunto en los programas de tertulia política. Me siento como, no sé, completamente realizado, verdad, ¿JeanJacques? Que si colea…

La parrilla televisiva de TeleGameto ha cambiado, me ha dicho Jorge. También su plató. Corren nuevos aires por allí, aires de regeneración, como en la Alemania de los cincuenta: negacionismo, escurrir el bulto, bailar con la más fea. Qué episodio, no sé si levantarán cabeza. Yo incluso llegué a verlo desde casa, cuando todo terminó para Fort Mapache. Te volviste loco en directo, Marxo, Marxo, Marxo, el que contemplaba con ojos de historia, adalid del fracasado Justiio. Pasada una hora de programa, después del primer parón publicitario. Aún hoy me pregunto quién encendió la cámara, habilitando así el que toda España lo viera, a ver si va a ser verdad eso de que cuando se busca tanto el modo de hacerse temer se encuentra primero el de hacerse odiar, ¿habría sido Jorge? Lo cierto es que cuando llegó al camerino en el descanso, Robespierre desplumado no debió resultarle tan atractivo a Marxo. Lo que de ahí devino es historia.

Yo, por mi parte, tengo todo lo que necesito a golpe de caricia, mi excitante revolucionario, disecado a mi izquierda. Se llama JeanJacques, como el nefasto Rousseau, y, aunque es de barro cocido, luce pluma auténtica de papagayo de Costa Rica.

De Marxo no se ha vuelto a saber, pobre Marxo.

 

MARXO DESDE TU FALDA - Ficciones - 7 Islands Magazine

Fotografía / Vidal Ballester

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