El sol de Macondo

El viejo anarquista Raimundo Salazar apenas recordaba ya a sus padres, rojos represaliados cuyas voces dejaron de servir a las mentes del futuro para dar paso a un silencio tan frío como el invierno castellano, tan implacable como el tiempo. Cuando la heroica resistencia empezaba a mostrar signos de flaqueza, el tío del pequeño Raimundo lo sacó del país por Francia, para luego iniciar una ruta disparatada que, de rebote, le hizo terminar en las tierras del Cono Sur.

Durante años, vivió en las montañas mágicas donde la realidad superaba todo relato fantástico que de niño hubiera leído. Sus días de trópico sofocante —más para alguien del norte— pasaban de la desesperación al llanto, al no saber de su tío ni de su patria robada, impotente al verse incapaz de resistir en una resistencia vencida, ya silenciosa, sin más remedio que subsistir de los despojos de la guerra. Sus hermanos eran perdedores, pero él además lo era desde lejos. Sin más que hacer, se dedicó a vender gallinas por los pueblos junto a un noble campesino que por no saber, no sabía ni remangarse los pantalones cuando la lluvia encharcaba los caminos. Cuando cumplió la mayoría de edad, se casó con la hija del campesino, la joven Beatriz Buendía, quien fingía simpleza mientras, de noche, se reunía con la guerrilla para planificar el siguiente golpe. Raimundo, huérfano también de iniciativa, aprendió con ella a tomar el rifle y agarrar la dignidad, siempre dispuesta a marcharse al primer bofetón de autoridad que le recordase cuál debía seguir siendo su sitio.

La lucha junto a Beatriz le llevó por pueblos, senderos, cerros y selvas, hasta llegar a conocer Macondo, donde las preguntas que le habían atormentado en los años de incertidumbre, se vieron respondidas una tras otra. La semilla de la revolución estaba en los pobres, en los desheredados, en los que buenamente salían del paso pisando firme en las arenas movedizas de la miseria. Mientras que en su país el futuro había sido aniquilado y la resistencia silenciada, en Macondo el ruido no podía tronar más alto, pese a la muerte, pese a la derrota. Pasados los años, una noche en la que Raimundo Salazar cosía una herida a Beatriz Buendía, le preguntó cómo podía ella sonreír tanto a pesar de las penurias. «Porque cada vez veo más cerca el Sol que iluminará la patria mía», dijo, pese a que se necesitarían décadas antes de que eso ocurriera, y pese a que ella, aunque aún no lo sabía, jamás llegaría a verlo. El bueno de Raimundo sonrió melancólico: «Yo no tengo patria».

Esa conversación nocturna sí que volvía a los recuerdos del viejo Raimundo una y otra vez, no como el rostro difuso de sus padre. Esa noche y tantas otras que pasara con su hermosa Beatriz Buendía. Ella nunca le perdonó su marcha, y él jamás se perdonaría saberse viudo por terceros, al otro lado del mundo y sin valor para regresar a por respuestas. Su amada guerrillera había caído antes de regocijarse con la década dorada de los pueblos del sur, y él se resignaba a ver cómo su gente se perdía aquel mundo por un filtro propagandístico al que su corta formación y dificultad de palabras no lograba hacer frente.

«¡Cómo te echo de menos, Beatriz!», exclamaba en su soledad cuando el pesar le atormentaba en demasía. Su regreso a España había llegado cuando su sangre dejó de ser ilegal, muerto ya el Caudillo. Como solía decir: la muerte del perro no había extirpado la rabia en esa tierra desgraciada. Nada más y nada menos que treinta y tres años después, asistía impotente a la creciente desidia de un pueblo lleno de miedo y resignación. ¿Dónde hallar las respuestas? Era difícil siquiera atinar en las preguntas cuando el olvido se había impuesto. Él rememoraba una y otra vez la firmeza de sus pasos gracias a las certezas con que se identificaba al opresor en Macondo, mas ya no encontraba forma de recuperar esa claridad. No había color entre ese país y la tierra que había dejado. El miedo, en vez de evidente, era crónico y, por tanto, inconsciente. La impunidad era insultante. Él tenía pensión precaria y paz a su alrededor pero, ¿acaso sus padres no merecían un rostro?

Era esa la condena de los perdedores: el olvido.

Sin embargo, ni él había sido capaz de ver lo que andaba cocinándose en silencio, siempre en silencio. Se había trasladado a la capital a los pocos meses de jubilarse, deseoso del bullicio que le distrajera de su solitaria existencia. En uno de sus paseos matutinos, pudo ver lo que su espíritu ansiaba una vez más, lo que no había cesado de buscar. Era el 15 de mayo de 2011, y gente y más gente de toda índole, indignados e implacables, no dejaban de amontonarse en el centro de la ciudad. El octogenario Raimundo Salazar, brillantes sus ojos, recordó en la Puerta del Sol la frase que Beatriz Buendía dijera aquella noche esperanzada, y no pudo por menos que exclamar: «¡Al fin, Macondo!».

Raimundo y El sol de Macondo

Rainy Season in the Tropics (1866) de Frederic Edwin Church (DP)