El hombre verde

El hombre verde anuncia el fin. Tengo prisa. Llego tarde. Calculo la ecuación físico-algorítmica entre mi aceleración, la distancia a recorrer y el tiempo que me queda. Me lanzo a la aventura sin mirar a los conductores. Imagino que observan mis pasos, impacientes. Bajo la vista al suelo para no desconcentrarme.

Hoy me yergo sobre columnas dóricas —mis rodillas han decidido tomarse vacaciones y huir a climas más cálidos—. La alfombra blanca y negra me da la bienvenida en un lenguaje secreto. Entre líneas, en braille, leo un mensaje oculto que solo mis pies saben descifrar. Una historia de amor apasionada entre el asfalto y yo que se remonta al principio de mis días. Sus caricias dejan huella en mi piel, me reclama y yo, amante férvida, me arrojo a sus brazos.

Aguardo el impacto, pero no llega. La suspensión de gravedad me invade. Oscuridad. Un zumbido apenas audible. Y, luego, un fulgor blanco que me encandila.

—¡Ya está! Ya me he matado —me reprendo. ¿Lo he dicho en voz alta? Pruebo a decir otra cosa—. ¿Hola?

—Hola —me contesta una voz metálica.

Mi cuerpo, fulminado por una descarga eléctrica, reacciona con sobreexcitación. Las piernas se disparan, rígidas como barras de acero, hacia delante. Menos mal que estoy sentada —pienso.

Estoy sentada, sí. Pero ¿dónde? Mi vista se aclara y comienzo a distinguir formas. Hay una mesa frente a mí y, al otro lado, una figura humanoide con los brazos apoyados en ella. Tiene el rostro verde y está vestido de blanco. Como las paredes de la habitación también son blancas, de primeras parece que hay una cabeza sin cuerpo flotando en el aire.

—¿Dónde estoy, qué es esto?

—Una nave comercial —dice la cabeza parlante.

—¿Lo llaman así?

—Sí —No tiene ni una sola arruga de expresión, observo. ¿Será por el color de su cara?

—¡Vaya! No sabía que morirse…

—¿Muerta? No, no…, está usted abducida.

—¿Abducida? —Miro alrededor. La habitación no posee ni esquinas ni bordes. Tampoco se distingue el suelo de las paredes o el techo. El color níveo me muerde las retinas—. ¡Qué hostia me he metido! Tengo alucinaciones y todo.

Me palpo la cabeza en busca de una herida; pero solo descubro que el moño me cuelga desmadejado, muy real y cotidiano.

—Esto no es una alucinación, señora —dice la cabeza parlante. Alargo el brazo y le toco la mejilla con los dedos. Está blandito. El hombrecillo verde pestañea verticalmente como única respuesta.

—¿Puedo saber qué hago aquí? —le pregunto—. ¿Van a ponerme un chip? ¿A lobotomizarme?…

—¿Preferiría entrar en nuestro programa científico?

—¿Como cobaya? No, gracias. No me apetece en este momento…

—Podríamos arreglarla —dice, señalándome entera—. Tenemos una oferta: el tercer apéndice, gratis.

—¡Guau! El tercero, nada menos. Tentador. Pero no, gracias. Si no tiene otra oferta que hacerme, ¿podría devolverme a la Tierra?

—En cuanto haya contestado este cuestionario —Surge de la mesa una pantalla holográfica con un listado aparentemente infinito de preguntas. Por fortuna, solo hay que marcar con cruces.

—¿Y para qué se supone que es?

—La Starlight Corporation va a construir una autopista intergaláctica y…

—… y estamos en el medio de la trayectoria, ¿a que sí?

—En efecto. Estamos valorando si la Tierra es imprescindible o no. Nos interesaría conocer su opinión.

—Creo que no soy objetiva en ese asunto. —Hago una lectura rápida del listado—. Tampoco soy alguien relevante dentro de la sociedad en este momento. ¿Cuál es la muestra?

—El veinticinco por ciento de la vida terrestre.

—Es muy poco. ¿Y qué opción va ganando?

—No puedo facilitarle ese dato. Solo tenemos un 99,998% del muestreo realizado.

Comienzo a rellenar el cuestionario. Hay preguntas muy curiosas, como cuál es mi palabra preferida o si me gustan los macarrones con queso. La verdad: no consigo establecer relación alguna con el tema que nos ocupa.

—¿Para qué quiere saber si odio a algún grupo o espécimen?

—Hemos observado una tendencia y estamos analizando si es debido a un prejuicio generalizado. Por ejemplo, la mayoría de las especies vegetales asegura que los humanos son prescindibles.

—¡Qué ratas de alcantarilla!

—No, vegetales. Las ratas son prohumanas.

Termino el test, exhausta. La pantalla desaparece al tiempo que una voz en off anuncia:

—Tarea realizada con éxito. La Starlight Corporation le agradece sus servicios.

—¿Cuándo nos enteraremos del resultado? —le pregunto al humanoide verde.

Él parpadea. Cada vez más rápido, más extraño, si cabe.

—Pronto lo sabrá…

El hombre verde deja de parpadear. Se pone rojo. Me duelen las rodillas y las manos, por el golpe. La gente se congrega a mi alrededor. Las pitas de los coches inundan la calle. Me ayudan a levantarme y me acompañan hasta la acera. Varios transeúntes se acercan para curiosear.

—¿Se encuentra bien, señora? —me pregunta uno.

—Sí, gracias. Ha sido un tropiezo —intento justificarme, avergonzada ante tanto revuelo.

—Debería usar un bastón. Le vendría bien —asevera otro.

—Mamá, ¿por qué esa mujer camina así? —exclama una cándida criatura, al tiempo que me imita.

—¡Calla, niño! —le contesta la madre, ruborizada.

Miro al cielo y pregunto en voz alta:

—¿Puedo cambiar mi primera respuesta?

De repente, un tercer apéndice me resulta de lo más atractivo.

El hombre verde - Ficciones - Fuentetaja-Las Palmas - 7 Islands Magazine

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Arminda Ferrera. Nací en Las Palmas de Gran Canaria, ciudad en la que resido. Soy escritora de vocación, historiadora, profesora y técnica en bibliotecas y preservación del patrimonio documental. Me formé en la Universidad de Salamanca y en la ULPGC. He realizado diferentes talleres de técnicas de escritura y actualmente asisto al Taller de Escritura Creativa Fuentetaja en Las Palmas. 

Estoy embarcada en diferentes proyectos personales; entre ellos, el desarrollo de un blog y la consecución de mi primera novela.