Alicia bajo las bombas (I)

De la serie: Alicia en el archipiélago de las maravillas

Suchitoto, El Salvador, 1980

Para Alicia aquel había sido un día más, totalmente normal. Toda la familia se había levantado a las 4:30 de la mañana y, como de costumbre, los niños fueron a ordeñar las vacas. Hicieron el desayuno habitual: frijoles con arroz y leche caliente. Sus hermanos pasaron la jornada trabajando en el roce de la caña de azúcar para un terrateniente de la zona. Don Chepe, cuidando a los animales y su trocito de tierra. Doña Ángela, preparando tortillas de maíz en la pequeña cocina que tenían en el exterior de la casa. Era una construcción de adobe con una sola estancia, donde dormían en literas y hamacas sus once hermanos y sus padres. Dos pequeñas ventanas que daban al lago y un porche con soportales de madera. Ni agua corriente ni electricidad. Durante el día, Alicia y el resto de los pequeños ayudaban en las labores de la tierra y con los animales. Y al terminar la jornada, todos se aseaban en los riachuelos y cascadas cercanos.

Al atardecer, el azul intenso del lago Suchitlán se apaga. Pero ni con la caída de la noche la temperatura bajará de los 25ºC. Desde la selva, que lo rodea todo, se escuchan los primeros sonidos de grillos y luciérnagas, búhos y jabalíes. Aquella tarde, Alicia conversaba con su padre, que descansaba tumbado en una hamaca en el porche de la casa. De pronto, los ladridos de los perros del caserío cesaron y se escuchó la balacera.

«Nos pusimos tras lo pilares para protegernos de los disparos. Se apagaron todas la luces y escuchamos gente que corría y más disparos. Eran los militares y la policía nacional vestidos de civil. Alguien dio el chivatazo de que había una reunión de la Guerrilla en una de las casas, que resultó que era la de Tolo, un compadre de mi padre. Cuando pasó el tiroteo, mi papá y mis primos se acercaron hasta allí y se encontraron a Tolo muerto junto a dos de sus hijos, su yerno y a otro hombre que, según dijeron, era un líder de la Guerrilla».

Alicia tenía diez años y hasta entonces era una niña normal. Para vivir y sufrir la guerra no hay que tener nada especial. Basta con haber nacido en el lugar inadecuado y en el momento inoportuno. Ayuda bastante ser pobre. Por lo demás, los extras suelen correr por cuenta ajena. Normalmente, por la de seres que habitan a miles de kilómetros del conflicto. Así sucedió en El Salvador durante doce años.

El horror de la guerra. El principio.

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Islas Canarias, 2017

La algarabía de las calles comerciales. La alegría de las compras y los encuentros con familiares y amigos. Conversaciones de terraza en voz alta. Los chiringuitos de feria con algodón de azúcar y garrapiñadas. El paisaje no ha cambiado mucho desde aquellas primeras Navidades que Alicia pasó en las Islas invitada por unas amigas. Había cosas del paisaje y de las personas que le recordaban a su país, otras no tanto.

«Quizá lo que más me marcó fue el exceso de consumismo de la gente, fue muy chocante. Aquel día de Reyes me puse mala, incluso me preguntaban qué me pasaba, que estaba pálida. Y es que todo aquel barullo, tantas cosas, aquella locura… eso me chocó mucho.  Cómo era posible que en algunos sitios hubiera tanto y en otros tan poco».

Difícil imaginarla con un fusil en las manos. Alicia es una mujer menuda, de apariencia tranquila y gestos amables. Sonríe con facilidad, incluso con algunas de las anécdotas más crudas de su infancia. Sus ojos reflejan cansancio y, a la vez, ese tipo de energía que solo transmiten las mujeres. Hay algo de misterio en su mirada, sabiduría o simplemente el resumen de una vida al límite desde que era niña.

«Yo primero pienso en comer, en pagar el alquiler. Luego, si sobra, ya pienso en otros asuntos. A los niños se les puede explicar todo, cómo son las cosas… lo comprenderán».

Puede que tenga razón. Años atrás, su primer objetivo, como el de toda su familia, era sobrevivir en medio de las bombas y de la barbarie de la guerra. Repite: los niños lo comprenden todo. Alicia retrocede a su infancia.

***

La guerra

El Salvador, 1980

La muerte de sus vecinos no fue del todo extraña, se veía venir que algo así pasaría tarde o temprano. Las revueltas de los campesinos habían comenzando a finales de los años setenta. Pretendían reivindicar su derecho a poseer y conservar una pequeña porción de su país que les permitiera sobrevivir, mantener su dignidad. La tierra de cultivo estaba, en su mayoría, en manos de unas pocas familias y los campesinos sufrían presiones para que abandonaran las suyas. El ejército, las organizaciones paramilitares, los terratenientes y algunos empresarios —también parte de la cúpula de la Iglesia— vivían su idilio en busca del paraíso libre de subversivos: campesinos, trabajadores, maestros, estudiantes… Los abusos hacia todo aquel que se le ocurriera protestar eran constantes. Ese contexto opresivo hizo que gran parte de la población se organizara, con el fin de reclamar sus derechos de forma más efectiva que a través de las simples manifestaciones. Los enfrentamientos con el ejército fueron al principio con palos y machetes. Pero a comienzos de los años setenta ya se habían creado diferentes grupos armados: el PRTC (Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos); el RN (Revolución Nacional); el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo; el FPL (Frentes Populares de Liberación) y el Partido Comunista. Y en 1980 decidieron unirse para combatir a las FAES (Fuerzas Armadas de El Salvador) como un solo grupo, el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional).

Alicia bajo las bombas (I) - Crónicas - 7 Islands Magazine

Militantes campesinos del FPL (Frentes Populares de Liberación). Fotografía por cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen, El Salvador.

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Campesinos recibiendo instrucción militar de la Guerrilla en Guazapa. Fotografía por cortesía de MUPI, El Salvador.

«Yo pertenecía al Cerro de Guazapa y me organicé en el ERP. Estábamos tan cerca de la capital que se decía que éramos el lunar en el corazón del enemigo. Pero también estaban los del volcán de San Salvador, que sí que estaban cerca, y eran la garrapata en el culo del enemigo [ríe]».

Pero todavía pasarían algunos años hasta que Alicia entrara a formar parte de la Guerrilla. Poco tiempo después de la matanza de sus vecinos llegó la primera desgracia a la familia. Armando, el marido de su hermana, desapareció mientras trabajaba como capataz en una finca de caña de azúcar. Don Chepe anduvo preguntado quién se lo había llevado, buscándolo durante varios días. Nadie sabía nada, no dejó rastro. Por supuesto, no denunciaron la desaparición a la policía. No serviría de nada. Era la época de la “cacería” y no podían arriesgarse a que los relacionaran con la Guerrilla. Nunca se sabía quién podría ir con el chivatazo a las autoridades. Al cabo de una semana encontraron a Armando muerto junto a otro hombre. Los habían dejado semienterrados en un arcén.

El 9 de marzo de 1980, un artificiero de la policía desactivó una bomba en el altar de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús en San Salvador. Estaba disimulada en un portafolios para ser accionada por control remoto. Debían hacerla estallar en el momento en el que Monseñor Romero oficiara la misa en recuerdo del presidente del Partido Demócrata, recientemente asesinado. La Fiscalía del Estado no llevó a cabo ninguna investigación sobre el suceso.

Pocos días más tarde, el 23 de marzo, Monseñor Romero pronunciaba estas palabras desde la Catedral de San Salvador:

«Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. […] En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión».

Al día siguiente, un francotirador acababa con su vida de un disparo en el corazón. Alguien debió celebrar aquel acto. Pero su muerte la lamentaron muchos más, sobre todo los campesinos, fervientes seguidores de quien se atrevió a defender sus derechos hablando claro a los poderosos. Una muerte, de un hombre justo, que presagiaba más desgracias. Durante su funeral, varios francotiradores dispararon contra la multitud que lo despedía. Fue el comienzo “oficial” de las matanzas indiscriminadas.

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Manifestación durante el funeral de Monseñor Romero. Fotogafía de Etienne Montes, del libro El Salvador: Work of Thirty Photographers (1983)

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Funeral de Monseñor Romero. Fotografía de Harry Mattison, del libro El Salvador: Work of Thirty Photographers (1983)

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Miembro de una organización política popular presta cobertura a los civiles que huyen de los francotiradores. Fotografía de Patrick Chauvel, del libro El Salvador: Work of Thirty Photographers (1983)

«Mi papá dijo: Si ya mataron al pastor, ahora van a coger a las ovejas. Quién le iba a decir a él que pocas semanas más tarde se iban a llevar a mi hermano Chusín. En los días posteriores comenzaron los operativos militares y las ofensivas constantes en nuestra zona. Balaceras y bombardeos diarios… y uno de esos días se llevaron a mi hermano y a mi tío, a un primo y a otro señor. Estaban todos trabajando en un campo de caña de azúcar y desaparecieron».

Días más tarde llegaron los militares al pueblo de Alicia. Iban ataviados con camuflaje de selva, abriéndose paso entre la maleza. Alicia los vio acercarse a la casa y se preguntó si ese que iba con ellos era su hermano. «Mamá, ahí viene Chusín», gritó. Su madre dudaba. Después de diez días desaparecido, no podía creer estar viendo a su hijo. Lo era. Alicia corrió a su encuentro e intentó abrazarlo.

«Cuando él llegaba de trabajar, yo iba y le desabrochaba la camisa. Entonces quise hacer lo mismo y vi que estaba todo cortado por aquí… [hace una pausa larga, se señala los brazos, llora]. Los soldados me gritaron: Quítate, niña. Y a mi mamá le dijeron: Su hijo está bien, está con nosotros. Mi mamá lo abrazaba, pero él se mostraba esquivo, arisco. Luego nos fijamos bien y vimos que tenía marcas de cortes por todo el cuerpo, señales evidentes de haber sido torturado. Mi tío ni siquiera dejó que lo tocáramos… pensé que era porque estarían… muy jodidos».

Se los volvieron a llevar. Por la mañana la familia podría ir a buscarlos a la misma finca de donde los habían raptado. Pero de madrugada allí ya no había nadie. Nunca más volvieron. El presagio de Don Chepe parecía cumplirse. Al cabo de una semana sus cuerpos aparecieron en medio de la selva devorados por las alimañas, prácticamente irreconocibles.

«A mi hermano lo identificamos por una parte de la boca que quedó intacta. Quién sabrá la muerte que les dieron. Solo pudimos enterrar los trocitos que encontramos».

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Víctimas de la masacre de Mozote, perpetrada por el batallón Atlácatl del Ejército salavadoreño. Fotografía de Susan Melselas, del libro El Salvador: Work of Thirty Photographers (1983)

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Dos mujeres jóvenes en el arcén de la carretaera al aeropuerto de Comalapa. Fotografía de John Hoaglan, del libro El Salvador: Work of Thirty Photographers (1983)

Aquellos soldados que llegaron desde la selva con los prisioneros eran también hijos de campesinos, reclutados a la fuerza por el ejército, incluso siendo menores de edad. Jóvenes desplazados de sus zonas de origen para que no tuvieran relación alguna con las personas que tenían que raptar, torturar y matar. La mayoría de ellos actuaba con soberbia y desprecio hacia la población. Pero también había muchos que desertaban, que confesaban que no estaban de acuerdo con lo que hacían, pero que si no obedecían serían ellos los muertos. Alicia recuerda que «parecían drogados o como si no estuvieran cuerdos. Se comportaban como animales. Sus ojos expresaban odio, violencia».

La distancia entre el miedo y la crueldad se estrecha en circunstancias extremas: estás con ellos o con nosotros, sufres o haces sufrir, matas o te matan… esos principios humanos que justifican cualquier acto en nombre de dios, la justicia, la patria, el orden social.

«La primera vez que vi llorar a mi papá fue con la muerte de mi hermano Chusín. Ahí todo cambió definitivamente. Parecía que una maldición había caído sobre la familia. Eso decía mi padre… Y la semana siguiente vinieron con la orden específica de llevárselo a él y a tres primos míos. Los soldados nos pusieron a todos los niños a un lado, a las mujeres a otro y a los hombres los tiraron al suelo. A mi tío, que ya estaba viejito, le dijeron: Usted, viejo, quédese con las viejas ahí, que ya se le salen hasta los meados. Luego levantaron a mi papá y a mis primos y el jefe del pelotón les dijo: Ustedes nos acompañan. Se dirigió a sus soldados y les explicó: A los niños los encierran en esa casa y le ponen fuego… y con la mujeres hagan lo que quieran. Uno de ellos, que iba vestido de civil, cogió una daga y nos la iba poniendo en el cuello mientras decía: Qué niñas más bonitas para hacerlas asaditas ahí abajo. Después nos metieron en la casa… y aquello fue un milagro, no sé… Uno de los soldados le dijo al otro: Pero ¿cómo le vamos a meter fuego a todos estos niños? No puede ser. Fueron a hablar con su superior y en ese momento se escucharon unos disparos. Entonces el jefe dijo: Vámonos, que la misión ya está cumplida».

Cuando los soldados se fueron, los hombres del pueblo se organizaron para buscar a Don Chepe y a sus sobrinos. Aparecieron muertos a poca distancia del caserío. A uno de los chicos le habían disparado y luego quemado. A los otros dos y a su padre los habían tirado por un risco, quizás por ahorrar munición o quién sabe por qué. Esa misma tarde los enterraron en una fosa común, en un pequeño terreno de la familia.

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Islas Canarias, 2017

«Lo hablé con mi madre, que siempre estaba angustiada con mi trabajo, pensando que me podía pasar algo, y me dijo que era una buena idea. Me tenía que ir sola porque mis hijos eran pequeños, Jonathan tenía 9 años y Carolina tenía 7. Lo pensé y al mes les dije a mis amigas de Canarias que sí. En septiembre de 2003 llegué a las Islas».

Sus amigas eran dos de aquellas cooperantes que habían llegado a El Salvador con la intención de participar en la reconstrucción del país tras la guerra. Le habían hecho una propuesta: un trabajo temporal, ahorrar algo de dinero y volver a casa, poder montar un pequeño negocio que la alejara de aquella violencia cotidiana que volvía a sufrir en su tierra una década después de finalizar el conflicto armado.

Comenzó cuidando a los hijos y a la abuela de un matrimonio de profesionales acomodados que más tarde se dedicarían a la política. Lo suficientemente acomodados como para pagarle 500€ por ocho horas de trabajo en las que, además, debía limpiar la casa. Y con la suficiente conciencia política como para considerarlo un trato justo.

«Tenía que pagar mi alquiler y mi comida, además de enviar dinero para los niños a mi país. Así que trabajaba todos los días, incluso los fines de semana. Hubo meses en los que ni siquiera tenía para comer en la nevera. Llegaba a casa por la noche y me acostaba sin nada en la barriga hasta el siguiente día».

Pero, después de todo, la suerte de Alicia había cambiado. El dolor de la separación de sus hijos lo compensaba planificando un futuro, por primera vez. Un futuro mínimo, trabajoso y con toda la incertidumbre, pero en paz. Su objetivo cambió. Si encontraba un trabajo mejor pagado podría plantearse quedarse en las Islas, reunir a su familia.

«El funcionario que me atendió me dijo: Aquí tiene su nuevo permiso de residencia por dos años y puede usted trabajar en lo que quiera e ir adonde quiera. Entonces, mi empleadora le preguntó si el Gobierno no me obligaba a trabajar con ella. A lo que el policía respondió: Señora, el Gobierno no puede obligar a hacer eso a nadie. Era libre».

***

Operativo Guazapa 10

Cerro de Guazapa, El Salvador, febrero de 1983

Las muertes de Don Chepe, su hijo y sus sobrinos, no fueron las únicas. Durante los siguientes años se hicieron cotidianas para los campesinos de todo el país. Los operativos del ejército en las zonas rurales eran diarios. Helicópteros y aviones descargaban bombas de 500 libras (226 kilos) y napalm desde la mañana al anochecer. Las incursiones terrestres hostigaban a la Guerrilla y, sobre todo, a la población civil, obligándola a abandonar sus pueblos para buscar refugio en la selva. Pero los guerrilleros del FMLN consiguieron importantes victorias frente al ejército. En julio de 1981 tomaron el pueblo de Perquín e hicieron los primeros prisioneros de guerra. En octubre destruyeron el puente estratégico de San Marcos Lempa. En enero del año siguiente propinaron uno de sus golpes más sonados: acabaron con el 70% de los aviones y helicópteros de la base aérea de Ilopango. En el mes de marzo realizaron la primera incursión en la capital, atacando a las tropas gubernamentales en la Colonia Zacamil. Y en junio aniquilaron dos compañías del ejército en el Departamento de Morazán.

Y hasta ahí llegó la paciencia de los gobernantes, de los terratenientes, del ejército y de sus proveedores de armas y asesores militares: los EE. UU. Las organizaciones que formaban el FMLN habían seguido el consejo de Fidel Castro: «O pelean unidos o los derrotan juntos». Y el Gobierno no estaba dispuesto a permitir que triunfara una revolución comunista en el país apoyada por la URSS a través de Nicaragua y de Cuba. En febrero de 1983 llevaron a cabo una gran contraofensiva en el Cerro de Guazapa. Su objetivo: acabar con la Guerrilla y con todos los que les ofrecieran apoyo en la zona, es decir, la población civil.

«¿Cómo supimos que el Operativo Guazapa 10 se iba a llevar a cabo en nuestra zona? La Guerrilla ya estaba muy bien formada y siempre tuvimos infiltrados en el ejército. Eran campesinos como nosotros y muchos estaban de nuestro lado. Lito, el mayor de mis hermanos, se había incorporado ya a la Guerrilla y casado por las armas con su novia de toda la vida. Yo tenía 13 años y aún no me habían dado un fusil, pero ya estaba organizada. Todos estábamos organizados».

Muchos campesinos habían perdido sus casas, quemadas y arrasadas por el ejército. La familia de Alicia también. Dormían cada noche en un sitio diferente, acogidos por los vecinos que aún conservaban las suyas. El plan del FMLN era que la población no estuviera dispersa y concentrarla en puntos estratégicos. De esa forma sería más fácil prestarle cobertura armada y conducirla a lugar seguro. Antes de que comenzara el ataque, Alicia y su familia, junto a otras 3.000 personas, huyeron a la selva guiados por la Guerrilla.

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Campesinos y Guerrilla en el Cerro de Guazapa, 1983. Fotografía por cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen, El Salvador.

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Campamento improvisado en el Cerro de Guazapa, 1983. Fotografía por cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen, El Salvador.

«Durante 15 días anduvieron “jugando” con nosotros. Nos perseguían y huíamos, íbamos de un sitio para otro. Nos enviaban los aviones y los helicópteros, y solo podíamos escondernos entre los árboles, en el río. Éramos muchos niños y los más grandes cargábamos a los más pequeños. Íbamos dejando atrás todo lo que no fuera imprescindible. Cuando se nos acabó la comida, nos alimentamos con hojas de plantas y compartíamos el maíz crudo que algunos llevaban en bolsitas».

Algunas crónicas de los jefes militares de entonces evocan con orgullo el gran despliegue en hombres y armamento —de última generación, llegado de los EE. UU.— de aquellas operaciones contra los “terroristas” del FMLN. Todo, en nombre de la patria y la justicia, como reprimenda por los asesinatos y atentados que los comandos urbanos de la Guerrilla llevaban a cabo contra políticos, empresarios y militares. Campesinos huyendo de los disparos y de las bombas. Familias enteras atravesando la selva sin  apenas comida, con lo puesto, sin más cobijo que la espesura verde, la noche.  Los niños en brazos, intentando protegerlos del horror. Difícil de imaginar los gestos, las conversaciones —¿cómo se le explica a un niño que lo quieren matar?—, el hambre y el cansancio, el miedo. Y, sea como sea, hay que seguir adelante.

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Campesinos y Guerrilla en el Cerro de Guazapa, 1983. Fotografía por cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen, El Salvador.

«Nos indicaron que continuáramos río arriba y, de pronto, nos topamos con un campamento del ejército en lo alto de un cerro. El guía nos dijo que diéramos la vuelta, que no podíamos pasar por allí. Al cabo de varias horas de caminata, ya anocheciendo, nos dimos cuenta de que habíamos estado andando en círculos. Estábamos en el mismo sitio, bajo los militares. Nos dispusimos a pasar allí la noche, agazapados y en silencio. De repente, a alguien se le encendió la radio y se escuchó Radio Venceremos hasta que atinó a apagarla. Un bebé comenzó a llorar y uno de los compas le tuvo que tapar la boca. El niño murió asfixiado… Nos descubrieron, pero esa noche no nos atacaron. Fue al amanecer cuando comenzó el bombardeo desde los aviones y los helicópteros. No teníamos dónde protegernos, mas que acercándonos a la pared del risco y bajo los árboles. En mi vida he visto nada igual… bombas y bombas. Llegó un momento en el que ni podíamos respirar. El responsable de la Guerrilla nos decía: ¡Compas, aguantemos, aguantemos! Solo puedo decir que si los Ángeles de la Guarda existen, nosotros fuimos sus protegidos. Por suerte, llegaron los compas que estaban bien armados y consiguieron abrir el cerco causándoles algunas bajas. Salimos de esa, pero estuvieron persiguiéndonos un mes entero, hasta que pudimos salir de la selva».

Tras escapar del cerco, Alicia y su familia atravesaron el lago Suchitlán para llegar a casa. Sus primos consiguieron una barca de remos y navegaron de noche, esquivando los retenes  militares. Al llegar a Suchitoto encontraron un pueblo desierto. Muy pocas casas permanecían ya en pie. Los animales, todos muertos. Los cultivos, destruidos. Habían intentado barrer el caserío del mapa.  No tenían absolutamente nada. Todo lo que habían conseguido con tantos años de trabajo había desaparecido. Poco a poco, la gente comenzó a salir de sus refugios, de la selva, para recibirlos. Doña Ángela notó que sus vecinos la miraban de forma extraña. Los que le tenían más confianza se la llevaron aparte y le comunicaron que su hijo Lito había muerto combatiendo en la ofensiva, muy cerca de donde habían estado ellos cercados. Lo tuvieron que enterrar allí mismo, en una fosa común.

La extraña calma que supuso el duelo por la muerte de su segundo hijo duró solo un par de semanas. Entonces comenzaron de nuevo los operativos y los bombardeos. Los campesinos habían excavado unos precarios refugios antiaéreos, los tatús, que malamente protegían del poder de las bombas de 500 libras. Todos los días corriendo, mirando al cielo, aguzando el oído, huyendo. Viviendo en una casa prestada. Nada de fuego para cocinar de madrugada, podría ser una diana fácil. Siempre temiendo la llegada de los soldados, pronunciar la respuesta equivocada. Así era el día a día en Suchitoto, en casi todo el país. Hasta que llegó el 24 de diciembre y el ejército decidió celebrar la Navidad con un bombardeo que duró todo el día. Alicia, enferma de malaria, se salvó de nuevo por muy poco de las bombas gracias a un compa que la arrastró hasta el tatú. Y entonces, aconsejados por ese compa de la Guerrilla, que los convenció de que la cosa era ya demasiado fea, decidieron arriesgarse e intentar llegar a la capital.

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Civiles huyendo de un ataque de la Guardia Nacional en San Lorenzo. Fotografía de Arturo Robles. del libro El Salvador: Work of Thirty Photographers (1983)

 «A mi mamá se le hacía ya muy difícil salir corriendo al tatú con tantos niños pequeños. Eran muy chicos y se cansaban de tanto correr y caminar de noche. Así que Fredy —ese era su nombre de guerra— nos dijo que nos ayudaría a huir del pueblo y llegar a la capital. No podíamos decir nada a nadie. Nos fuimos sin despedirnos de nuestros vecinos. No porque temiéramos un chivatazo, sino porque Fredy se arriesgaba mucho y si iba más gente nos podrían haber descubierto».

Salieron de noche y caminaron hasta encontrar el río Acelhuate, al cual se arrojan todos los desechos de la ciudad. Lo atravesaron cogidos de la mano, con los niños en los brazos. Al llegar a la otra orilla, Fredy se despidió de ellos. «A partir de aquí, siguen ustedes. Tienen que buscar la troncal y coger un autobús a San Salvador», les dijo, indicándoles hacia donde debían caminar. Encontraron la carretera de madrugada y esperaron en el arcén hasta que apareció la primera guagua. Nadie los paró, no encontraron retenes. Estaban a salvo, por el momento, en San Salvador.


Continúa con Alicia bajo las bombas (II)


Nota: Los nombres de algunas de las personas que aparecen en esta crónica han sido cambiados con el fin de proteger su identidad. El  artículo es el resultado de dos entrevistas, de tres horas cada una, con la protagonista. Los hechos históricos relatados en ella han sido consultados y confirmados en las siguientes fuentes:

La Guerra Civil en El Salvador, Ignacio Martín-Baró. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (http://www.uca.edu.sv/coleccion-digital-IMB/wp-content/uploads/2015/12/1981-La-guerra-civil-en-El-Salvador.pdf)

Las mil y una historias de Radio Venceremos, José Ignacio López Vigil. UCA Editores, 1991

El Salvador. Archivos Perdidos del Conflicto (documental, capítulos I, II y III), Gerardo Muyshondt, 2014

US Policy and Human Rights in the Salvadoran Civil War (http://www.csusmhistory.org/atkin008/)

Museo de la Palabra y la Imagen, El Salvador (http://museo.com.sv/es/)

25 Años de la Firma de los Acuerdos de Paz (http://acuerdosdepaz.elsalvador.com/)

Personajes salvadoreños (http://perfilesdesalvadorenos.blogspot.com.es/)

Oraciones incompletas (https://unfinishedsentences.org/es/)

Historia de la aviación en El Salvador, Campaña militar 1980-1992 (http://www.fas.gob.sv/historiadiv.html#campana)

Insight Crime. Centro de Investigación del Crimen organizado (http://es.insightcrime.org/)