Catástrofes médicas: La depilación X

Como éste es un medio de confianza voy a revelaros mi insomnio gracioso de la última noche. Nada excepcional, si no fuera por el sabor metálico que me ha dejado en la recámara (cautela, reserva, segunda intención) una de las tantas catástrofes médicas que nos ha obsequiado la soltura cristiana: el Tricho System (o Sistema Tricho, del griego: “pelo”, para los menos versados en argots del mundo).

Yo esto lo vi en DMAX.

Resulta que un buen día, un tal y barbudo Wilhelm Röntgen, físico, acelerado y gallináceo, anunciaba el descubrimiento de los rayos X, a los que conjeturó un futuro edificante, provechosísimo en aplicaciones médicas y, por tanto, humanistas, y a cuyo efecto y picazón no dudó en someter a su adorada esposa, Frau Röntgen, crujiente como un milhojas de crema pastelera: la radiografía de su mano consta como altísimo primor entre los joyeros del planeta (véase imagen 1). Me parece hasta escuchar al matrimonio, en la disputa lagartera y doméstica:

—Liebe Kürbis, ¿por qué no te das la vuelta?

—Oh, Wilhelm, eso de ahí es la rabadilla. ¡Ya te lo he dicho!

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Pero esta concepción integradora de los valores humanos (recordamos que el bueno de Röntgen dio en no patentar su descubrimiento ni en procurarse lucro a tal cuenta) no hubo de compartirla el azarosamente macabro Albert C. Geyser, siguiente teutón señalado de estas líneas, que enseguida intuyó las maravillas, en la aplicación mercantil de los rayos. Diez años después de la puesta en uso (médico) de éstos, y, asumo, desde su despachito recoleto del centro de Nueva York, ciudad en donde estudió medicina luego de emigrar, la elocuencia del gris científico alumbraba una invención insólita: el Tubo Cornell.

Para combatir la dañina separación de átomos de la radiación electromagnética y el salpicado de electrones e iones (ensalada de tropezones), el Tubo Cornell, interponiendo un vidrio de plomo entre las partes (la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte) que evita la exposición.

Para el ahíto de belleza de las prímula de todo el orbe, ásperas al tacto y tendidas sobre una alfombra conyugal demandante cada vez más de cuidados femeniles, a tenor del modernismo, el mismo tubo, cósmico y feretral (imagen 2).

Para ir perdiendo progresivamente dedos de las manos y calzarse Geyser un guante de jugador de billar, el Tubo Cornell.

A este punto de la historia iba yo temiendo un desenlace como el que se dio, y al negro tono de la noche entresemana se sumaban visiones de caras cancerosas. Mister Geyser había inventado un método totalmente indoloro, inmediato y “duradero” para los tratamientos de belleza.

El negocio estaba hecho: borrar las manchas de la piel, el acné, métodos de depilación.

¿Cómo de inmediatos y duraderos?

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Junto a su hijo, encargado del desarrollo comercial del Tricho System, consiguieron inundar de franquicias los USA, llenarse los bolsillos con dinero fragante y radiar masivamente a mujeres de todo el país. La justa medida de trabajo, hasta que eureka.

O hasta que los efectos secundarios se dejasen notar, luego de alterar los adeenes celulares, y las demandas millonarias golpeasen a sus puertas. A más de arrugas, pérdidas de tejidos y cirugías, en chorreo nacional. Conque padre e hijo desaparecieron y la Asociación Americana de Medicina prohibió el uso del tubo y de los rayos X con fines estéticos. Clínicas clandestinas continuaron practicando espantos en caras y axilas, durante casi veinte años más.

Tal vez la naturaleza hubo de guardar su secreto.

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