Identidad: dudas para su uso

Si no le molesta a usted recibir indicaciones de lo que debe sentir o pensar; si se siente cómodo con los consejos gratuitos destilados de refranes populares, de frases de seres ilustres o sesudos estudiosos; si le apetece que le expliquen cómo es usted en realidad, cuál es su identidad, por el hecho de haber nacido en un país, región, isla, ciudad, barrio o cualquier otra limitación geográfica determinante; si se siente conmovido cuando alguien le cuenta que su historia no es su historia —o está incompleta— sino la de su pueblo, incluso la de aquel formado por las personas que nunca lo acompañarían a tomar un café; si se encuentra desorientado y, en el fondo y a la vez, se reconoce reconfortado al conocer la noticia; si le explican que hay más gente como usted, víctima de un pasado que desconoce, y piensa que eso lo ayudará a vivir mejor; entonces está usted de suerte. Podrá encontrar a muchos voluntarios dispuestos a hacerlo feliz sacándolo de su ignorancia, de sus dudas. Encontrará aquí y allende los mares esos grupos de maravillosos iluminados a los que debemos agradecer su devoción por explicarnos la vida y, de paso y sobre todo, a ellos mismos.

Territorio

Si ha nacido usted en estas islas —por poner— y los abuelos de sus abuelos también —o no—; si lo trajeron de pequeño sus padres chinos, senegaleses, palestinos, ecuatorianos o íberos; si no nació en ellas pero llegó con tres, quince o cuarenta años para quedarse o marcharse, o yo qué sé, ir y venir cuando quiera por, simplemente, contemplar las olas grises del invierno, sentirse desarraigado, feliz o momentáneamente indiferente, confuso o endeudado; está usted, de nuevo, de suerte. Le pueden explicar qué le pasa. Lo más probable es que el diagnóstico sea déficit de identidad o confusión transitoria —por suerte lo es— de la misma.

Hay casos y casos, pero, de una u otra forma, el análisis de los síntomas acaban siempre con el mismo juicio: usted no sabe nada, o muy poco, de su pasado —no del suyo, que de ese sabrá bastante, sino del de todos, del de la colectividad, presente o histórica, de la que forma parte— y de los efectos que este pasado produce en su presente. Usted comprobará —si se deja aconsejar y guiar— que sus males podrían resolverse, si no del todo sí bastante, si estudia ese pasado y se hace, entonces, responsable de su presente. Si se deja guiar más, incluso podrá con su futuro.

En su pasado no había una negra de voz única —¿qué se puede hacer con eso?—, pero encontrará consejos sobre cómo sustituirla o acompañarla, haciéndola compatible con seres más cercanos —por lo menos, geográficamente— a usted. No tiene por qué agobiarse, le explicarán que lo universal y lo local son conceptos compatibles, le darán permiso para que usted lo ponga en práctica, pero, ojo con entusiasmarse con el juego —del excesivo gusto por lo universal o lo local—. Otra cosa sería que usted no pudiera evitar sentirse conmovido escuchando a esa negra y que se encuentre con que no lo emocionan algunos sonidos de su propia cultura —según los que saben, de aquí y de allá. Si se pregunta usted qué es lo propio es que su déficit de identidad es grave, o que es usted un ser complejo o, simplemente, despistado, quizás también, con déficit de atención.

Puede que sienta de pronto que alguien se le acerca por la calle y usted lo ve, así, como un ser casi perfecto en esa seguridad al andar que da el conocimiento, lleno de identidad. Si me permite decirle: no se inquiete, esa identidad puede ser también parte de la suya, la pueden compartir.

Pero puede que usted sea uno de esos reincidentes que se empeñan en dudar en cuanto tienen oportunidad. ¿Recuerda usted su época del colegio? Usted ya dudaba entonces, sufría, de esa forma en la que sufren los niños ignorantes y malos estudiantes, los enclenques, los gorditos, los despistados, los de sexualidad diferente. Por suerte o por desgracia, la mejor enseñanza de su escolaridad, la duda, se le metió en la cabeza para siempre. ¿Y si el otro tiene razón?, ¿y qué si nos damos la razón mutuamente? No sabemos qué pasaría. Usted puede dudar. Todos somos humanos y su ignorancia le permite hacerlo. También tiene cura: pregunte y le contestan. Se lo explicarán en castellano neutro y haciendo bromas con palabras con muchas ches y esas cosas. Se lo explicarán también con su acento en cuanto vuelva a casa. Si no se conforma con la respuesta puede que sea grave. A su déficit de identidad y de atención puede que se sume un déficit de fe.

Pueblo

Parece difícil encontrar un pueblo que escriba canciones o componga poemas, diseñe banderas o leyendas, en honor o reconocimiento de sus miserias o vergüenzas. Alguno hay que paga aún los errores de sus abuelos y también el que paga los errores de los abuelos de otros. De cualquier modo, lo que abunda son las loas a sus supuestas, o verdaderas, virtudes. Como mucho, el pueblo recapacitará sobre el mal en los otros, incluso en los que pretenden ser como ellos por el simple hecho de compartir algún tipo de conexión terrenal, histórica o genética, pero que no lo merecen por traidores y encarnadores del mal.

Y difícil parece también que un pueblo entone un mea culpa, no porque conozca el daño que han hecho esas palabras, sino por miedo a retratarse como humano. La construcción de una identidad compartida parece que no admite con agrado conceptos como: reconocimiento, error, indiferencia, duda, autoanálisis, crítica, disidencia, desgana, felicidad o infelicidad individual.

Hay gente que cree que el pueblo no existe porque no hay ninguna institución, ni símbolo, ni historia, ni arte que lo represente de verdad, ninguna prueba real de su existencia. Pero otros lo encuentran en la poesía y en las canciones, en las elecciones generales, donde siempre tiene razón, en los emocionantes discursos de los políticos y de algunos otros sabios.

Para otros, el pueblo es un montón de gente con toallas tendida en la playa. Lo encuentran en esos seres, parecidos unos a otros, que esperan su turno para pagar en el supermercado; en las lucecitas desde la ciudad al Sur, yendo y viniendo; en los que esperan en urgencias, en los que atienden en urgencias; en los domadores de loros y delfines; puede que hasta en el negro que le abre la puerta en el centro comercial; en los que se pelean el viernes noche; en las putas y en los que tienen encima o debajo; en los funcionarios a los que se odia sin sentido; en los que registran una sociedad limitada que construye progreso, empleo, felicidad y le impide divisar el mar; en los escritores solitarios; en los adolescentes que declaran que usan su conexión de muchos megas para formarse, informarse, divertirse y comunicarse mejor; en los que van detrás de la bandera; en los que lloran por ella; en los que se encuentran perplejos por esa tristeza incomprensible; y también lo encuentran en los que dudan y en los que sueñan, los que mandan al carajo, con educación y respeto, con cierta timidez incluso, a la bandera.

Sueño

¿Se pregunta qué pasaría si su sueño, el último que tuvo, se hiciera realidad? Usted leía y leía en varios idiomas, unos inventados, otros heredados. Su madre le decía: «Sigue tu camino, sé tú mismo, respeta»; al mismo tiempo que le rezaba a la Virgen del Pino por su futuro. Le daba por reír en las calles del Caribe, andaba como habanero en chanclas, saltaba al mar. Ese era todo su mundo, no existía otro en su sueño y, en cambio, qué bien le salía ser usted mismo.

Tras el telón de truenos y aguaceros había otro mundo. No, eran varios, todos diferentes y, a la vez, similares. Mujeres y hombres que se convertían en todo lo que había, ojos que le hacían pensar: «¿Y ahora qué hago con tanta belleza?». Andaba usted perdido, ¿se acuerda? Tenía temores por varios motivos, de los que recuerda algunos: tener un techo, un trabajo, conseguir amar y, con algo de suerte, ser amado; que los queridos sean felices, que nada los dañe. Eran cosas así, alegrías y tristezas que ni siquiera usted sabía si conformaban su verdadero yo o eran una falacia —como estaba soñando y con cierto temor—, la conformación de una identidad falsa. En el sueño hubo un momento en el que reconocía un paisaje de la infancia y se le revolvió el estómago. Alguien le decía de lejos: «Tú eres así, no te puedes escapar de mi inteligente definición». Y otra persona, una con siete preciosas cabezas, le gritaba: «Debes ser así, te voy a explicar, reconócete, acepta y sé feliz».

Atravesaba África como africano, tubab, viajero, turista, extranjero, alegre, enfadado, harto y extasiado, tomaba café con pan y huevos fritos, se sentía agradecido, cansado, casi feliz, desprendido de todo lo innecesario, siempre dubitativo.

Los ojos se le saltaban de las órbitas contemplando las mismas estrellas, circulando por los mismos railes por los que atravesaron Europa millones de personas camino de la muerte. Las estrellas eran iguales que las que vio en la isla, las personas también: víctimas y verdugos, ambos con fotografías de madres y padres, de seres amados. Usted elegía ser verdugo, identificarse con el mal. Sudaba y lo tranquilizaba saber que era capaz de hacer el mal, pero que despertaría. Es más difícil no verse como víctima, siempre se encuentran más motivos.

Su cabeza funcionaba en el sueño con gran precisión. Una máquina milenaria que guardaba una herencia que le hacía ponerse alerta, distinguir colores imposibles, discernir entre lo bueno, lo malo, lo mejor y lo peor. Le permitía leer la poesía de uno que amaba el mar y la primavera; de otro que anunció su muerte un jueves de lluvia, de un viejo que aspiraba a que otra cultura lo sedujera, de un señor isleño que ponía en marcha la mañana atlántica. Su cerebro era hermoso, preciso, y se le paralizaba a veces con la contemplación de volcanes apagados, de manos que atravesaban la tierra y le ofrecían uvas, tunos, tomates. Seguía, desconcertado, la caligrafía de un extranjero que descifraba y encriptaba su paisaje natal. Escuchaba la voz conocida y la lengua desconocida, despojada de significado, extrañamente acogedora. Contemplaba a Sísifo, el vecino, sentado a la mesa de su madre, que le servía un plato de potaje de berros para comenzar de nuevo su ascenso.

Y su cerebro seguía funcionando, dudando, contemplando: la inocencia, la belleza y el futuro, encarnados en un pequeño ser construyendo su propia identidad, lleno de dudas, feliz.

Si sigue dudando y preguntándose qué pasaría si su último sueño se hiciera realidad, está usted en su derecho.

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Gustavo Gil (Las Palmas de G.C.) Se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores, entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es 7iM, del que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.