¡Perezosos del mundo, uníos!

Paul Lafargue, Laura Marx y El derecho a la pereza

«Trabajad, trabajad noche y día; trabajando, vosotros aumentáis vuestra miseria, y vuestra miseria nos ahorra de tener que imponeros el trabajo por la fuerza de las leyes. La imposición legal del trabajo sería demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace mucho ruido; el hambre, por el contrario, es no solamente una presión pacífica, silenciosa, incesante, sino que, siendo el móvil más natural del trabajo y de la industria, provoca también los esfuerzos más potentes».

Paul Lafargue. El derecho a la pereza, (1883)

El hombre que escribió las líneas precedentes fue un tipo raro —en el mejor sentido del término—, con una vida llena de desgracias familiares, paradojas y carambolas del destino que lo llevarían a vivir, escribir y morir de forma original, extravagante, que podría parecer, en ocasiones, exagerada; pero totalmente coherente con sus principios. Se llamaba Paul Lafargue y escribió un libro, recopilando sus artículos periodísticos en la cárcel, que siempre fue considerado un panfleto con apenas consistencia científica, pero que, en cambio, nunca ha dejado de ser estudiado y citado por mentes tan lúcidas como la suya e, incluso, de mayor prestigio intelectual.

Según cuentan los libros de historia, entre el final de las guerras napoleónicas y el comienzo de la Primera Guerra Mundial Europa vislumbró que ese período, que sería conocido como la Belle Epoque, podría haber sido el verdadero fin de la historia, por lo menos, tal como había sido conocida y escrita hasta entonces, marcada por una guerra tras otra. Una Europa que aspiraba a la paz universal —es decir, en su territorio— descubría la palabra ocio para la gran masa de burgueses y asalariados que había nacido con el desarrollo de la Revolución Industrial. La educación se había extendido por casi toda Europa de forma espectacular, llegando a reducir el analfabetismo a una media del 10%. El desarrollo de la prensa y su gran difusión habían conseguido que el conocimiento de la actualidad y de las ideas y obras de científicos, filósofos, literatos y políticos llegara más allá de las élites ilustradas. El arte se hacía popular con la proliferación de muestras y exposiciones y la creación de los museos. La producción literaria experimentó las primeras grandes tiradas de novelas y las entregas por fascículos en la prensa conoce su época dorada. Y nacen también los primeros espectáculos verdaderamente populares: los encuentros y competiciones deportivas, el fútbol, el boxeo, el café teatro y el cine. Había aparecido lo que se llamaría “la cultura de masas”.

Pero, al mismo tiempo que Darwin, Zola, Marx o Nietzsche se empeñan en extender el poder del pensamiento racional y científico, otros males acechan a esa Europa creída de sí misma. La amenaza del nacionalismo llevaría al continente a las guerras posteriores y la aparición de la religión del Capital, nacida con el avance de la Revolución Industrial —y que sobreviviría a esas guerras, crisis y revoluciones—, con sus contradicciones e injusticias, su culto al trabajo —de los asalariados— y sus miserias, mostraba una Europa que, bajo la apariencia de progreso, se olvidaba del bienestar y la felicidad de una gran parte de su población. Por no hablar del mundo alucinante de las colonias de ultramar.

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Europa en 1870. ilustración de Paul Hadol. Fuente: Staatsbibliothek zu Berlin

Ese fue el contexto en el que vivió Paul Lafargue y que lo llevó a convertirse en revolucionario, anarquista, socialista, médico, periodista, escritor. Un mestizo criollo por cuyas venas corría la sangre de tres razas oprimidas, como él mismo se describía, y que no parecía tener otra opción que convertirse en una rara avis a la que, en pleno apogeo de la civilización industrial que se nos venía encima, le dio por anunciar:

«El fin de la revolución no es el triunfo de la justicia, de la moral, de la libertad y demás embustes […] con que se engaña a la Humanidad desde hace siglos, sino trabajar lo menos posible y disfrutar intelectual y físicamente lo más posible […] Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse».

Parece normal que un tipo con estas ideas en la cabeza no fuera muy bien comprendido en su tiempo, ni en el nuestro.

El derecho a la pereza no es un libro científico, es cierto. Tampoco lo es la gran mayoría de los que nos han contado algo interesante sobre el mundo y las personas desde que comenzamos a leer. Pero se trata de una descripción tan descarnada —esta tampoco es una calificación muy científica por mi parte— de nuestro mundo actual, que debería ser revisada, como los clásicos, cada cierto tiempo. Lafargue habló de la Revolución Industrial, de la avaricia de la clase política y empresarial, de la obsolescencia programada, de la prostitución, de la religión, del capital y de Dios y, sobre todo, de la refutación del derecho al trabajo, anteponiendo a este y a cualquier otro derecho humano el derecho a la pereza, al ocio, a la felicidad. Y lo hizo hace 133 años.


Una bella historia de amor mestizo

El 14 de agosto de 1791, en Bois-Cayman, en la actual Haití, Dutty Boukman, un negro jamaicano, esclavo y houngan (sacerdote vudú), ofició una ceremonia que iniciaría la Revolución Haitiana. Cerca de 40.000 negros se unieron a ella los primeros días, llegando a los cientos de miles en pocos meses. Fue la primera y única revolución de esclavos triunfante en el mundo, además de la primera independencia en Latinoamérica y la que mostraría el camino al resto del continente. Durante más de un siglo —y hasta hoy en día— se sucedieron los conflictos en esa parte del mundo. Europa queriendo dominarlo hasta el último instante. Los blancos americanos luchando para que no fuera así y para mantener sus privilegios. Los criollos haciéndose valer ante los blancos y los europeos. Los negros luchando por su libertad ante los europeos, los blancos, los criollos y el resto de mortales, que los veían como animales de trabajo. Y los indios: olvidados, esclavizados y desaparecidos en su mayoría. Pero, como contaría años más tarde el realismo mágico nacido en esas tierras, en esa parte del mundo pasaban cosas extraordinarias y, a pesar de los conflictos, el mestizaje experimentaría extravagantes aventuras y, como ya sabemos, el amor —aunque fuera entre hombres blancos y mujeres exóticas, casi nunca al revés— siempre vence.

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Revolución en Haití. Negros asesinando a blancos. Fuente: wikimedia.org

Paul Lafargue nació en ese Caribe convulso el 15 de enero de 1842, en Santiago de Cuba, cuando aún la isla era colonia española, fruto de esas extravagancias, de la unión entre Ana Virgina Armagnac y Françoise Lafargue. Sus abuelos paternos fueron Catalina Pirón, una mulata de Santo Domingo (Haití), y Jean Lafargue, comerciante de origen francés. Los maternos: una indígena taína, Margarita Fripie, y Abraham Armagnac, también francés y de ascendencia judía. Su padre fue un exitoso empresario, cultivador de café, además de comerciante de vinos y propietario de tierras y esclavos.

La situación acomodada de la familia permitió al joven Paul tener una educación privilegiada. Primero cursó estudios en el prestigioso Colegio de Santiago de Juan Bautista Sagarra, una escuela de jesuitas que abogaba por la libertad de los esclavos y donde tuvo como profesores a los poetas Domingo del Monte y Pedro Santalica, conocidos opositores al colonialismo español. Y luego en Francia, donde la familia se estableció en 1851. Las razones de la mudanza no están claras, pero parece que las revueltas de los esclavos en la isla, el advenimiento de la independencia y la preocupación por la educación de Paul fueron determinantes. La bonanza económica de los Lafargue les permitió instalarse cómodamente en Burdeos, donde Paul realizó sus estudios de Bachiller y recibió una sólida formación en Lenguas Clásicas, Literatura y Filosofía, para luego trasladarse a París con la intención de cursar la carrera de Medicina. Su gusto hubiera sido continuar con los estudios en Letras, pero la presión familiar lo llevó a cambiar de idea.

Como otros muchos hijos de burgueses acomodados y algunos otros —muchos menos— hijos de proletarios, en París Lafargue se vio envuelto y seducido por las ideas renovadoras que recorrían Europa: el Positivismo de Comte, la filosofía de Kant y Feuerbach, los estudios de Darwin y las ideas socialistas y anarquistas de Fourier y, sobre todo, de Proudhon. Terminó inscribiéndose en la Sección Francesa de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) y ese fue el comienzo de una meteórica carrera como revolucionario, tanto en Francia como en Inglaterra y, muy especialmente, en España, donde contribuiría a la creación del movimiento socialista español.

Pero antes de que eso sucediera, el joven y anarquista Lafargue tuvo que afrontar una prueba crucial para su vida futura. Él no podía saberlo, pero un encuentro en Londres marcaría su vida política y sentimental para siempre, tras superar el exigente examen de uno de los más importantes pensadores de todos los tiempos, Karl Marx.


Un criollo con las manos muy largas

En 1865, Lafargue viajó a Londres como representante del partido proudhonista francés para participar en la creación de la Primera Internacional y hablar del movimiento obrero de París. Allí tuvo la oportunidad de conocer a Karl Marx, en el mitin de Martin’s Hall, y  fue invitado por este a visitarlo en su casa londinense, de cuyo momento comentó:

«Nunca olvidaré la impresión que me causó ese primer encuentro. Marx sufría y escribía el primer volumen de su obra, El Capital […] Temía no poder llevar su obra a buen fin y los jóvenes siempre eran bien recibidos porque, decía: “Tengo que preparar a los que, según mi opinión, continuarán la propaganda comunista”».

Y, efectivamente, el joven Paul fue muy bien recibido y llegó a convertirse en una suerte de secretario para el padre del movimiento revolucionario. Parece que el viejo Marx fue tan convincente que Lafargue comenzó su proceso de transformación del pensamiento anarquista a la ideología marxista con aplicación.

Marx vivía exiliado en la capital británica desde 1849, a donde había llegado tras el fracaso de la revolución alemana del año anterior. Además de su esposa, Jenny von Westphalen, y sus seis hijos, vivía con ellos su asistenta, Helene Demuth, con la que mantenían una relación familiar y quien tuvo un bebé del que siempre se rumoreó que fuera hijo ilegítimo del filósofo. La existencia de la familia era más bien penosa, dados los escasos recursos y esporádicos ingresos de Marx, de modo que cualquier ayuda era agradecida y bien recibida. Con lo que seguramente no contaban, ni Marx ni Lafargue ni Jenny, era con el hecho de que, andando por allí Laura, segunda hija menor del matrimonio, ambos jóvenes se enamoraran.

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Jenny von Westphalen y Karl Marx (1866). Fuente: Marxist Internet Archive

Tras el encuentro en Londres con la familia Marx, Lafargue asistió al Congreso Internacional de Estudiantes en Lieja, Bélgica. Allí se le ocurrió ir a visitar a otro revolucionario francés, recién evadido de la cárcel de Sainte-Pelagie, en la que había sido recluido por su oposición al Segundo Imperio de Napoleón III. Se trataba de Louis Auguste Blanqui, quien también ejercería una gran influencia en el todavía aprendiz de revolucionario. Blanqui era el gran ejemplo para la juventud revolucionaria de la época. Tenía el récord de detenciones y condenas a muerte y dedicó toda su vida a la revolución socialista, pero con las armas en la mano. Para Paul debió de ser el complemento perfecto al esquema teórico de su admirado y futuro suegro, la implementación de la teoría en acciones reales, y de eso Blanqui entendía bastante, tanto que ni Marx ni Engels querían saber mucho de él.

Lafargue parecía desarrollar un gusto especial por andarse por la cuerda floja. La visita a Blanqui y las manifestaciones que hizo en el Congreso no serían del agrado de Marx, ni mucho menos de las autoridades francesas. Al volver a París, se encontró con que el Consejo Imperial lo había condenado por, además de manifestar su intención de servir a la revolución toda su vida, insultar a la bandera, a las instituciones y al gobierno. Como castigo, le prohibía continuar sus estudios en Francia durante dos años. Así que no le quedó más remedio que volver a Londres con la excusa perfecta para terminar allí sus estudios de Medicina, además de seguir viéndose con su amada Laura.

Y eso tampoco le hizo mucha gracia al señor Marx que, en una carta fechada el 13 de agosto de 1866, le expone las condiciones que un “criollo” como él debe cumplir para seguir cortejando a su hija:

«Usted me permitirá hacerle las siguientes observaciones:

Si quiere continuar sus relaciones con mi hija (Laura) tendrá que considerar su modo de “hacer la corte”. Usted sabe que no hay compromiso definitivo, que todo es provisional; incluso si ella fuera su prometida en toda regla, no debería olvidar que se trata de un asunto de larga duración. La intimidad excesiva está, por ello, fuera de lugar, si se tiene en cuenta que los novios tendrán que habitar la misma ciudad durante un período prolongado de duras pruebas y de purgatorio […] A mi juicio, el amor verdadero se manifiesta en la reserva, la modestia e incluso la timidez del amante ante su ídolo, y no en la libertad de la pasión y las manifestaciones de una familiaridad precoz. Si usted defiende su temperamento criollo, es mi deber interponer mi razón entre ese temperamento y mi hija».

El tirón de orejas de Marx a Lafargue continúa en la carta cuando el maestro le expone su preocupación, nada científica, sobre el capital del que dispone el joven para asegurar el bienestar de su hija. Está bien jugarse el pellejo arriesgándose a ser encarcelado o incluso fusilado por la Revolución, pero la familia es la familia, ningún padre quiere ver pasar a sus hijos los apuros que ellos hayan podido sufrir, y Marx no estaba muy seguro de que aquel mulato con las manos tan largas fuera a llevar a Laura por el buen camino.

«Antes de establecer definitivamente sus relaciones con Laura necesito explicaciones sobre su posición económica. Mi hija supone que estoy al corriente de sus asuntos. Se equivoca. No he puesto esta cuestión sobre el tapete porque, a mi juicio, la iniciativa debería haber partido de usted. Usted sabe que he sacrificado toda mi fortuna en las luchas revolucionarias. No lo siento, sin embargo. Si tuviera que recomenzar mi vida obraría de la misma forma […] pero, en lo que esté en mis manos, quiero salvar a mi hija de los escollos con los que se ha encontrado su madre».

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Paul Lafargue (1871) Fuente: wikimedia commons

Igual que la figura del Marx anticomunista es poco conocida, tal como analiza Jonathan Sperber en su libro, Karl Marx (2013); también lo es la del Marx de pensamiento victoriano en cuanto a su concepción de la familia y las buenas costumbres. Encontrarse de pronto con una especie de “revolucionario total”, además de mestizo, medio mulato, medio judío —si esto es posible— y con un temperamento latino que no debía de encajar muy bien en el Londres del siglo XIX, debió de dejarlo un tanto descolocado y, tal como le manifestó al propio Paul, le preocupaba mucho, siempre en relación con el futuro de su hija, la concepción que este tenía del trabajo: «la observación me ha demostrado que usted no es un trabajador por naturaleza —seguramente, Lafargue se preguntaría quién lo es—, pese a su buena voluntad y sus accesos de actividad febril».

Tal como comenta Sperber en su libro, no parece que Marx tuviera un pensamiento racista —según los cánones actuales— y no se creía racialmente superior a su futuro yerno, sino que, influido por las ciencias naturales, se inclinaba a entender las diferencias nacionales en términos biológicos.

Parece ser que el joven Paul no se tomó a mal la misiva y siguió rindiendo pleitesía al maestro, a la vez que continuaba cortejando a su hija. Y, a pesar de la oposición paterna, Laura y Paul pudieron casarse dos años más tarde, el 2 de abril de 1868, no sin que antes Marx confirmara que los padres del esposo avalaban con su fortuna la seguridad de su querida hija Laura. Y aunque vivieron desgracias y dificultades de todo tipo, nunca más se separarían. La muerte de sus hijos las afrontaron juntos y las dificultades económicas, ayudados por la fortuna y el apoyo incondicional de otro gran pensador revolucionario de la época, Friedrich Engels, el “segundo padre” de la familia Marx, cuyas hijas también lo llamaban El General.

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Friedrich Engels y Karl Marx con sus hijas Laura, Eleanor y Jenny (junio de 1864) Fuente: Marxist Internet Archive


Laura en el bosque

En 1868, los recién casados viajan a París por dos motivos: para disfrutar allí de su luna de miel y para que Paul pase sus exámenes finales de Medicina una vez terminado su castigo. A los pocos días de su llegada, Paul vuelve a contactar con Blanqui, que se encuentra de forma ilegal en la ciudad ocupado en la creación del partido blanquista y en la redacción del manual para revolucionarios Instruction pour une prise d’armes (Instrucción para tomar las armas). Al enterarse su suegro, le recrimina su actitud y le reprocha que mejor debería dedicarse a su esposa, en vez de a la política, a la vez que lo advierte de que su correspondencia es vigilada y de que debe abstenerse de tales actividades, así como de hacer propaganda revolucionaria. A pesar del doble respeto debido, como padre-suegro y, además, líder, tanto Paul como Laura desoyen la advertencia y continúan sus labores revolucionarias y se dedican a traducir El Manifiesto Comunista al francés, mientras esperan el nacimiento de su primer hijo.

Pasados nueves meses exactos de la boda, en enero de 1869, nace Jean-Etienne, al que llamarán familiarmente Schnapps. Pero tras el parto, madre e hijo enferman y Paul se encierra con ellos en su piso de París para atenderlos. Esa experiencia reforzaría su desconfianza hacia la medicina, ya que se ve incapaz de devolverle la salud al pequeño. El abuelo Marx, preocupado por la salud de su hija e ilusionado por conocer a su nieto, se desplaza a la capital francesa de forma clandestina bajo el nombre de Williams, arriesgándose a ser descubierto y encarcelado. Al regresar a Londres para continuar su trabajo de teoría revolucionaria, deja a disgusto a su hija y a su nieto en una Francia prerevolucionaria y en manos de un médico nada convencido, más seducido por la lucha que por la ciencia.

Un año más tarde, en 1870, Paul y Laura sufren su primer gran golpe, de los muchos que les vendrían. Su segundo hijo, Françoise, moría a los pocos meses de nacer. Paul, una vez más, se ve incapaz de hacer algo por él y su decisión de no ejercer la medicina se hace irreversible. Debido a las penurias económicas y emocionales, la pareja decide trasladarse a la casa de los padres de Paul en Burdeos, donde pronto la convivencia se les hace insoportable. Aún así, Paul encuentra el ánimo para comenzar a colaborar con el periódico La Tribune de Bordeaux, que sería el inicio de una larga trayectoria de divulgación periodística del pensamiento marxista.

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La barricada de la Place Blanche defendida por mujeres. Comuna de París, 1871. Fuente: wikipedia

La revolución de la Comuna de París estalla el 18 de marzo de 1871 y no fue cosa de Blanqui, que por aquel entonces estaba preso por organizar un atentado contra el Jefe de Estado francés. Y parece que Lafargue tampoco participó directamente en ella, pero en abril se desplazó a la capital, quizá con la intención de hacer una visita al revolucionario encarcelado y de paso mantener algunos contactos con los sublevados. Una vez más, en la cuerda floja. Pero a pesar de no haber formado parte de la revuelta, cuando volvió a Burdeos y debido a su fama de divulgador revolucionario, fue perseguido por la policía, lo que obligó a toda la familia a huir de Francia e intentar cruzar la frontera hacia España. Laura salió de Burdeos unos días más tarde que su marido. Con ella iban sus hermanas, Jenny y Tussy, su hijo Jean-Etienne, de 2 años, y su tercer hijo, Marc Laurent, de 6 meses, que también estaba muy enfermo desde su nacimiento.

Laura en el bosque, ensayando el disparo, armada con una pistola. Así se ve ella y así se lo hace saber a su padre por carta. La hija que debía salir de casa con todo lo necesario para llevar una vida tranquila y feliz, ahora le escribía a su progenitor preocupada por lo peligroso del viaje, con dos hijos enfermos, responsable de la suerte de sus hermanas, perseguida por la justicia y pensando en el enfrentamiento a tiros para defenderse de los gendarmes. El camino de la revolución era duro.

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Jenny y Laura Marx. Fuente: www.marxist.org

La familia se reúne en la localidad francesa de Bagneres-de-Luchon, cerca de la frontera. Y allí recibirían otro duro golpe: el pequeño Marc Laurent muere el 26 de julio. Tres días más tarde, Paul es avisado por un amigo de Marx de que la Gendarmería le pisa los talones. Deciden entonces atravesar la frontera hacia Lérida y, tras ellos, también lo hace el batallón que los persigue y que termina por localizar el hotel donde se hospedan. Las autoridades españolas habían sido avisadas por las francesas de que el peligroso revolucionario, Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, estaba en España. Pero gracias, una vez más,  a unos amigos de Marx y a un campesino de la zona, que hace de guía, la familia consigue burlar el cerco policial.

Pocos días más tarde, es apresado por las autoridades españolas, ante las que Paul se hace pasar por nacional con documentación falsa y confiando en que con su acento cubano pueda pasar por canario. No lo consigue —debían de tener un fino oído en aquel entonces—, pero no es extraditado. Parece que el recuerdo, relativamente reciente, de la aventura napoleónica en España, llevó a los españoles a pensar que un tipo que huye de los franceses —seguro que dirían gabachos— no debía de ser tan malo y es puesto en libertad once días después, con la condición de que se presente dos veces al mes en un cuartel de la policía española, esté donde esté.

Deciden instalarse por un tiempo en San Sebastián, donde Paul tenía familia lejana por parte de padre y, sobre todo, por la fama de los balnearios de la zona, que podrían ser beneficiosos para la salud de su ya único hijo, Jean-Etienne. Finalmente, en diciembre, deciden viajar a Madrid, comenzando así otra etapa crucial para Paul y Laura, que se verían inmersos en las luchas internas entre anarquistas y marxistas en la capital y convirtiéndose en figuras fundamentales en el nacimiento del Partido Socialista Obrero Español.


Un señorito marxista en Madrid

Si la personalidad, la exuberancia física y verbal y el don de gentes de Lafargue no pasaron desapercibidas en Londres, tampoco lo hicieron en la capital de España. Marx lo había descrito como un chico atlético, bien parecido, de buenos modales, educado, guapo, además de buen conversador. Ahora, en Madrid, para muchos destacaba por una característica muy especial: era el yerno de Karl Marx y el casi sobrino de Friedrich Engels, es decir, un señorito marxista enviado para reventar la armonía de la izquierda española.

Como casi siempre, la historia es escrita por los hombres y apenas conocemos la vida y el trabajo de las mujeres de la época. Aún quedaban algunos años para que el trabajo intelectual y el activismo feminista de españolas como Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán dieran su fruto. Sin embargo, Laura estaba ahí. Aquella mujer, también bella, inteligente, políglota, traductora y ligada desde su infancia a la revolución, tampoco podía pasar desparecibida en Madrid. Ella sería el contacto directo entre Marx y Engels y aquellos hombres que, años más tarde, formarían el embrión del Partido Socialista Obrero Español. Participaba en las discusiones y asambleas, donde no solo era admirada por ser la hija de Marx, sino por su capacidad de análisis y reflexión en aquel necesitado y laberíntico panorama político.

Hacía casi un año que el rey Amadeo I de Saboya —importado de Italia tras largas discusiones sobre quién debía suceder a Isabel II— reinaba en un país con un régimen que se denominó monarquía democrática. El temor a las repercusiones de la sublevación de la Comuna de París había llegado a España, dividiendo a las fuerzas progresistas y uniendo a los conservadores. El gobierno de Malcampo propuso a las Cortes la ilegalización de la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), que se había fundado en mayo de 1870. Las Cortes votaron a favor de la propuesta, pero el Tribunal Supremo dictaminó que la constitución de 1868 amparaba el derecho de libre asociación y la votación no tuvo efecto.

Por su conocimiento del idioma español, Lafargue había sido elegido en 1866 miembro del Consejo General y corresponsal para España de la AIT con el encargo de establecer contacto con los movimientos obreros españoles, cosa que no consiguió en su momento. A pesar de que algunos historiadores y cronistas de la época, cercanos a las tesis anarquistas, vieron en la llegada de Lafargue a la capital una maniobra de los marxistas para conseguir esos contactos y ganar influencia dentro del movimiento revolucionario español; lo único que parece cierto es que solo fue fruto de las circunstancias. Las autoridades francesas habían exigido que aquel joven peligroso fuera alejado de la frontera y la policía española así se lo hizo saber. Pero ya que había decidido instalarse en Madrid, Engels aprovechó para encargarle que organizara un sector en la Federación Regional que siguiera la doctrina del Consejo General de la AIT, es decir, la doctrina marxista.

En aquel entonces, la influencia de otro revolucionario extranjero, el italiano Giuseppe Fanelli, había conseguido que la Federación Regional de la AIT, de la que había sido su inspirador, estuviera más cercana a las tesis de Bakunin, claramente enfrentadas a la que representaban Marx y Engels. La izquierda española se podía considerar en manos de los anarquistas, centrados en el apoliticismo, el colectivismo, el anticentralismo y el federalismo, además de cargarse cualquier forma de estructura estatal centralista.

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Situación del país, publicación satírica Gil Blas, 4 de agosto 1870. Autor: Francisco Ortego Vereda (DP)

Lafargue comenzó su encargo con una serie de artículos en el periódico La Emancipación, donde encontraría el apoyo entusiasta de José Mesa y Francisco Mora. Ambos defendían, como él, la necesidad de articular el movimiento obrero a través de un partido político como punto clave para el inicio de la revolución social que se preconizaba desde Londres. Pero Lafargue no se limitó a difundir las tesis marxistas a través de artículos anónimos, sino que comenzó también a desarrollar algunas de sus propias ideas, anticipando el argumentario de El derecho a la pereza. La defensa de la reducción de la jornada laboral a seis horas diarias fue una de ellas, propuesta que adoptaría más tarde Pablo Iglesias en su programa político. El apoyo incondicional de Engels a su trabajo en la capital y, sobre todo, a sus artículos de prensa, debió de ser determinante para que Lafargue tomara la confianza necesaria para desarrollar su ideario. Desde Londres, Engels le escribía a Laura sobre su marido:

«Te felicito por los artículos de Paul en La Emancipación, que nos han gustado mucho a todos y que representan una capa de aire fresco en el desierto de declamaciones abstractas dominantes entre los españoles».

Así andaban las cosas entre la izquierda española en 1872. Esa efervescencia de la actividad política parecía compensar las calamidades que Paul y Laura habían pasado hasta el momento, compañeros inseparables de desventuras y también de ideario político. Habían perdido a dos hijos y ese año, en julio de 1872, perderían el tercero, Jean-Entienne. Paul se había enemistado con sus padres debido, entre otras cuestiones, a su negativa para ejercer la medicina, en la que cada vez creía menos. Laura sí seguía manteniendo el contacto con su familia en Londres, tanto con sus padres como con sus hermanos, y ambos contaban con el apoyo incondicional y fundamental del tío Engels.

La aventura española de los Lafargue terminó por envenenarse aún más. El enfrentamiento entre bakunistas y marxistas acabó con la expulsión de los redactores de La Emancipación de la Federación Madrileña y Paul fue acusado de ser una suerte de espía, enviado especial de Marx y Engels con el fin de romper la federación regional y que sus miembros se decantaran por el marxismo. Con el triunfo de los bakunistas, la ruptura de la Federación Española con el Consejo General de la AIT fue total. En un folleto publicado en esos días se describía a los dirigentes de la AIT con términos no demasiado amables y sobre Lafargue se decía:

«Hábil, de simpático aspecto, dotado de una muy regular instrucción, perspicaz y pudiendo disponer de todo su tiempo y hasta ser pródigo, por permitírselo así lo que le producen los negros que trabajan en los ingenios que en Cuba tienen sus padres, encontrábase en condiciones de cumplir la misión que su papá suegro le había encargado…».

Años más tarde, en 1884, Pablo Iglesias hablaría de forma muy diferente de él, poniéndolo como modelo de hombre a seguir para la clase obrera. Lafargue —y Laura—habría sido el enlace entre Pablo Iglesias, Engels y Marx, ayudándolo, además, a establecer las bases de lo que sería el futuro Partido Socialista Obrero Español, que el propio Iglesias fundaría en 1879.

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Paul Lafargue y Laura Marx. (DP)

La lucha continúa

Han pasado solo ocho años desde que Laura y Paul se conocieran, solo cinco desde su boda, y ambos han vivido ya en tres países diferentes, huido de la policía y aprendido a usar armas, sufrido la enfermedad y las penurias económicas, el exilio y, sobre todo, el nacimiento y muerte de sus tres hijos, que sin duda, dejaría un dolor difícil de sanar con la actividad política o con el sueño revolucionario. Desarraigados, errantes, atacados por muchos y defendidos por algunos, deciden volver a Londres en 1873. Atrás dejan una España que, tras la abdicación de Amadeo I, camina hacia la Primera —y corta— República.

Totalmente convencido de no volver a ejercer la medicina, Paul opta por montar un negocio de fotolitografía en la capital británica con la ayuda económica de Engels. No abandona la actividad política y, a pesar de su siempre difícil entendimiento sobre asuntos más mundanos, mantiene una gran relación con su suegro y continua ahondando en el estudio de la doctrina marxista. Paul había abandonado, supuestamente, el pensamiento anarquista para acercarse al marxismo años atrás. Pero, en realidad, y a pesar de su gran compromiso con esa doctrina, el cubano-francés parece mantener su alma anarquista, que se plasmaría en los siguientes años en sus obras, en las que además de atacar a las instituciones burguesas y religiosas se centraría en el gran tema de su obra: la esclavitud del trabajo.

«Una extraña pasión invade a las clases obreras en las que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace siglos torturan a la triste Humanidad. Esta pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo.[…] ¡Y decir que los hijos de los héroes de la Revolución se han dejado degradar por la religión del trabajo hasta el punto de aceptar en 1848, como conquista revolucionaria, la ley que limita el trabajo en las fábricas a 12 horas por día! […] ¡Vergüenza para el proletariado francés! Solamente esclavos podían ser capaces de semejante bajeza.»

Ideas que, por supuesto, no serían compartidas del todo por su suegro ni, años más tarde, por el régimen soviético, que se convertiría en el ejemplo del triunfo del proletariado y que, sin duda, lo habría mandado a algún gulag siberiano por sus ideas contrarrevolucionarias. Pero aún quedaban algunos años hasta que Lafargue diera forma definitiva a su obra y algunos más hasta el triunfo soviético. Hasta el momento, solo había dejado algunas pistas en sus artículos, publicados tanto en Francia como en España, y en sus intervenciones públicas. Durante los siguientes diez años y fracasado el negocio litográfico, tanto Paul como Laura sobrevivirán gracias a la ayuda de Engels, que durante toda su vida y también tras su muerte será el salvador de la pareja y de la familia Marx .

En aquellos años, la izquierda francesa andaba tan dividida como la española. Pero tras el fracaso de la Comuna de París de 1871, allí decidieron centrar sus esfuerzos en reorganizarse y en encontrar puntos en común. Desde Londres, Paul no deja de centrar su atención sobre lo que sucede en su país y entra en contacto con el movimiento que, en 1877, consigue crear un frente común de los diferentes grupos de izquierda con el apoyo de la publicación L’Egalité. Paul comenzó a colaborar con ellos y a publicar en el periódico, donde en 1880, por fin, comenzaría a ver la luz la primera versión de El derecho a la pereza.

Tenía ya 38 años y su energía para participar en la lucha política parecía intacta. En 1882, cuando ya se había promulgado la amnistía para todos aquellos relacionados con los sucesos de la Comuna de 1871, él y Laura se trasladan a París con la intención de incorporarse a la plantilla de una compañía de seguros —curiosa paradoja, una más en su vida— que le había hecho una oferta de trabajo. Pero, además y sobre todo, su intención es dedicarse a la dirección del recién creado Partido Obrero Francés (POF), junto a Jules Guesde y Gabriel Deville, con los que había colaborado en la redacción de su programa junto a Marx y Engels desde Londres.

Por fin, parecía que el trabajo de Lafargue podría tener frutos interesantes. Centró sus esfuerzos en la divulgación de las ideas marxistas a través de la prensa, ahora ya como respetado filósofo y principal ideólogo del POF y colaboró con numerosos medios escritos, pero sin dejar de lado su actividad en la calle. Participó en reuniones del partido y en mítines, tanto en la capital como viajando por provincias. Organizó huelgas y manifestaciones y se presentó a las elecciones municipales y generales.

Al otro lado del mundo, donde había nacido, las revoluciones seguían su curso, pero ni Marx, que había definido a Bolívar como un nuevo Napoleón; ni Lafargue, parecían muy interesados en lo que por allí sucedía. Algunos compatriotas cubanos le censuraron su poca sensibilidad con la causa de la independencia y su nulo apoyo en la guerra contra España. Una delegación de independentistas lo visitó en París para solicitarle su ayuda, pero Lafargue los despachó respondiéndoles: «Una huelga en Francia vale más que todas las guerras cubanas».

Cuesta imaginar qué clase de sentimientos o razonamientos podía cruzarse por la cabeza de aquel hombre, que se definía como el fruto de tres razas oprimidas, para optar por tal postura. Quizás, tras ese aparente desdén, anduviera su lucha por demostrar que era francés ante los que dudaban de ello y pretendían terminar con su carrera política por haber nacido en una Cuba que en aquel entonces era española. Más paradojas.

Paul Lafargue: «¡Perezosos del mundo, uníos! - 7 Islands Magazine

Portada de Le Petit Parisien sobre los acontecimientos de Fourmies de 1891 (DP)

En 1883, Paul se pasó por la misma cárcel de la que se había escapado Blanqui 17 años antes. Esta vez no fue de visita sino a quedarse, condenado junto a Guesde, a 6 meses de prisión. Y como siempre, acostumbrado a la cuerda floja, decidió aprovechar el tiempo para reescribir El derecho a la pereza, recopilando los artículos que había ido publicando en L’Egalite. El libro se publicaría ese mismo año y, por supuesto, no fue del agrado de su suegro, que consideraba el trabajo como la esencia del hombre. Marx moría en Londres poco tiempo después, sin que se tenga noticias de que el disgusto tuviera algo que ver.

Tres años más tarde, en 1886, Lafargue es detenido de nuevo. Esta vez por apoyar a los mineros en huelga de Décazeville, aunque salió absuelto del juicio. En el Congreso de París de 1889 de la Segunda Internacional, y a propuesta suya, se decidió que el primero de mayo fuera el día de la reivindicación obrera en todo el mundo. Dos años más tarde, esa celebración lo llevaría de nuevo a la cárcel. Fue condenado por su participación en las manifestaciones con las que los obreros de Fourmies reclamaban pacíficamente la jornada de 8 horas y que terminó con al menos 10 muertos y decenas de heridos. Lafargue fue acusado de ser el incitador de la masacre. Pero, lo que parecía ser una maniobra para cortar las alas del ideólogo del POF, se convirtió en la plataforma que lo llevaría a ser el primer marxista en obtener un escaño en el parlamento francés. Los dirigentes y militantes del partido organizaron una campaña de movilización que lo condujo al triunfo. Había sido condenado en el mes julio a un año de prisión y tuvo que ser liberado en noviembre del mismo año.

Lafargue mantendría hasta el final su oposición al parlamentarismo y la participación de su partido en un gobierno burgués. Mantuvo una dura disputa con los partidarios de la vía parlamentaria y el reformismo dentro del POF, encabezados por Jean Jaurés. Defendió siempre que el objetivo del movimiento marxista no debía ser disminuir la opresión del Estado capitalista sino combatirla. Con la integración del POF en un único partido junto a otras corrientes socialistas, Paul se retiró de la política activa en 1893 para dedicarse a escribir ensayos y artículos desde su casa de Draveil, junto a su esposa Laura.


Últimos años en el paraíso

En la primera década del siglo XX, a un pintor español le dio por revolucionar el arte desde París. Un vienés obsesionado por los sueños, el sexo y los recuerdos, elaboraba una teoría psicoanalítica que explicaba a las élites qué tenían en realidad en la cabeza. Un par de médicos se empeñaban en rebajar el sufrimiento físico desarrollando las técnicas de la anestesia y las transfusiones de sangre —habría muchas ocasiones de aplicarlas en el futuro cercano—. Un francés se aislaba del mundo para escribir sobre el tiempo perdido mientras un polaco británico narraba el descenso a las tinieblas en África. En las pantallas de cine se viajaba a la luna gracias al ingenio de un tipo que terminaría vendiendo fósforos en una estación de París. Mal augurio para una época.

Y, ¿cómo iba la revolución? Pues, la industrial parecía imparable. Europa alcanzaba casi el 50% de la producción mundial y había colonizado medio planeta. Aún así, los felices trabajadores europeos se preparaban para sacar sus pasajes de solo ida hacia la tierra prometida: Norteamérica, Sudamérica, Australia… a un ritmo de 1.400.000 personas por año entre 1905 y 1911. La otra revolución se estaba incubando de nuevo y arraigaría, por primera vez, en el país menos sospechado: Rusia. A la vez que se acercaba el verdadero fin de la Belle Epoque: la Primera Guerra Mundial.

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Europa en 1914. ilustración de Paul Hadol. Fuente: Staatsbibliothek zu Berlin

Todo eso contemplaban Laura y Paul Lafargue desde su refugio francés que habían soñado durante tanto tiempo. Engels había fallecido en 1895 dejándoles una discreta fortuna que, junto a lo que Paul había recibido de la herencia de sus padres, les permitió comprar una casa en Draveil, a escasos kilómetros de París. Una vez más, serían criticados por afines y contrincantes, que no debían de considerar aquella mansión digna de un revolucionario. Aún así, a pesar de ello y de que Paul seguía vinculado al Partido Socialista como responsable de las relaciones internacionales, ambos consiguieron llevar en Draveil una vida tranquila, alejados por fin de la agitación de la política activa y de las penalidades económicas. Visitaban asiduamente la capital para ir a cenar y al cine, paseaban y volvían a casa, donde solo los esperaba su perro, Nino. Pero, al menos, recibían numerosas visitas de socialistas de todo el mundo que, además de conocer al autor de El derecho a la pereza y ya respetado ideólogo del Partido Obrero Francés, querían expresar su admiración por Laura, traductora de El Manifiesto Comunista y que había ido recopilando y publicando la obra de su padre con la ayuda de su marido y de Engels.

«Un día, Illich y yo fuimos a visitarlos en bicicleta. Los Lafargue nos recibieron muy amablemente. Illich charló con (Paul) Lafargue sobre su obra filosófica mientras que Laura y yo paseábamos por el parque. Yo estaba muy emocionada: ¡Tenía delante de mí a la hija de Marx! Yo la contemplaba con admiración, intentando encontrar algo de su padre. Totalmente confundida, balbuceé algunas incoherencias sobre Rusia y la participación de la mujeres en el movimiento revolucionario…»

Así describía  Nadia Kroupskaïa la visita que ella y Lenin le hicieron aquella mañana a Laura y Paul en su casa de Draveil.  En aquel encuentro, Laura les había dicho: «Muy pronto, él (Paul) probará cuán sincero es en sus creencias filosóficas», cruzando una mirada de complicidad con su marido. Lenin y Nadia no podían sospechar el significado de aquella frase en aquel momento, pero la comprendieron cuando el 27 de noviembre de 1911 leyeron la noticia en la prensa: Paul Lafargue y Laura Marx habían muerto. Lenin diría más tarde:  «Sí ya no tienen más fuerzas para trabajar por el socialismo, es necesario mirar rectamente la verdad y hay que morir como los Lafargue».

El ácido cianhídrico es mortal. Lafargue, después de todo, era médico y conocía muy bien sus efectos. Laura, por supuesto, también lo sabía. Ambos habían acordado poner fin a sus vidas antes de que se les hiciera insoportable con la vejez. Decidieron inyectarse la dosis en vez de beberla. Querían despedirse del mundo sin pasar por el sufrimiento de Eleonora, hermana de Laura, quien se había suicidado en 1898 bebiendo ácido prúsico al enterarse de que su amante, Prosper Lissagaray, otro francés, periodista, socialista y participante de la Comuna de París, se había casado secretamente con otra mujer. A la mañana siguiente, el jardinero de la casa los encontró muertos en su habitación. Junto a ellos, una escueta y contundente nota firmada por Paul.

«Sano de cuerpo y espíritu, me doy muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno tras de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad, convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años. ¡Viva el Comunismo!, ¡Viva el Socialismo Internacional!».

Pocos años más tarde, estallaba la Primera Guerra Mundial. Los socialistas de Europa se vieron incapaces de unir a los obreros del continente en su rechazo a la contienda. Venció el interés nacionalista y millones de hombres fueron conducidos al frente. Aquellos jóvenes y no tan jóvenes, a cuyos padres se les dejó imaginar que el futuro podría ser mejor, no pudieron disfrutar de los logros de su siglo. Los llevaron de las fábricas a las trincheras, comandados por los mismos que les vendían paz y prosperidad.  Millones de niños, mujeres y hombres pasaron de trabajar a matar y morir sin saber muy bien por qué. Paul y Laura no pudieron verlo, pero quizás, si hubieran tenido esa mala fortuna y acostumbrados a andarse por la cuerda floja, se habrían acercado a las trincheras para gritar: ¡Perezosos del mundo, uníos!

«Si desarraigando de su corazón el vicio que la domina y envilece su naturaleza, la clase obrera se alzara en su fuerza terrible para reclamar, no ya los derechos del hombre, que son simplemente los derechos de la explotación capitalista, ni para reclamar el derecho al trabajo, que no es más que el derecho a la miseria; sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la tierra, la vieja tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo… Pero, ¿cómo pedir a un proletario corrompido por la moral capitalista una resolución viril?».

«¡Oh Pereza, ten tú compasión de nuestra miseria. Madre de las artes y de las nobles virtudes, sé tú el bálsamo de las angustias humanas!».

Paul Lafargue, El derecho a la pereza.

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Niña trabajadora en las Mollohan Mills, Newberry, Carolina del Sur (EE.UU.) Diciembre de 1908. Fotografía de Lewis W. Hine

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Fuentes consultadas y citadas:

La muerte de Paul Lafargue y Laura Marx, J. J. Morato. La Palabra Libre (1911) http://www.asturiasrepublicana.com/Lafargue.htm

Del paro al ocio, Luis Racionero. Anagrama (1983)

Anarquistas y Socialistas, Javier Paniagua. Historia 16 (1989)

Breve Historia de Europa, Jean Carpentier y François Lebrun. Alianza Editorial (1994)

El derecho a la pereza, Paul Lafargue. Editorial Fundamentos (1998)

Examen de libros: El derecho a la pereza, de Paul Lafargue. Johannes Maerk. Revista Mexicana del Caribe, Volumen V, número 9, (2000). Universidad de Quintana Roo, México

El hilo de Lafargue: la vida e historia de la hija de Karl Marx y Paul Lafargue. Óscar Strada. Entrelíneas Editores (2003)

Paul Lafargue (1842-1911) Pas de dieu, mais un maître… L’Humanité.fr (2011) (http://bit.ly/2bR3xi5)

Lafargue-Marx Paul et Laura. Encyclopédie sur la mort (2012) (http://bit.ly/2bJdAqQ)

El verdadero Karl Marx, John Gray, Letras Libres (2014) (http://bit.ly/2bFXACB)

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Gustavo Gil (Las Palmas de G.C., 1965) se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores, entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es 7iM, del que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.