Carlos Ortega Vilas: «Tengo una novela en el estómago, por favor, sáquemela»

La silla sobre la que Carlos Ortega Vilas ha vivido los últimos meses nos cuenta la simbiosis que se ha producido entre los dos. Han compartido noches, días, calor, penas y alegrías, y hasta la misma piel. Pero esta silla, que Carlos nos presenta en su casa, es sólo una, la última, la que resume y habla desde Las Palmas de Gran Canaria de otras ubicadas en bibliotecas, en un avión ATR, en Rhodas, en Salamanca, de cuando todo empezó, de cuando un relato para un taller de escritura se convirtió en la novela El santo al cielo (Editorial Dos Bigotes), que ya está en las librerías. «Ha sido un proceso largo», nos cuenta el escritor, nacido en Gran Canaria, pero «sin raíces profundas en ninguna parte» porque dice sentirse «bien y mal en cualquier sitio». En su primer libro publicado, Tuve que hacerlo y otros relatos (Baile del Sol, 2015), descubrimos su gusto por el diálogo, por el ritmo acelerado que nos lleva por las historias de la mano de sus personajes, que no dejan que apartemos el libro hasta que los acompañemos hasta el final. Quizá por su timidez, son sus personajes los que hablan, él dice que no le gusta verse reflejado ni tampoco definirse, aún así le preguntamos.

Carlos Ortega Vilas

¿Quién es Carlos Ortega Vilas?

Me defino poco, no suelo pensar mucho en eso, no sabría contestar. Me psicoanalicé una vez y, como me sirvió de muy poco, decidí que ya no merecía la pena seguir indagando en el asunto [risas]. Soy una persona bastante curiosa. Tuve una fase bastante solitaria y los libros fueron una tabla de salvación para mí. Creo que de ahí me viene la afición a la escritura, la necesidad de escribir. Y sé también que, aunque suene a cliché, cuando me siento más yo es cuando escribo, a través de la escritura, la de ficción.

Hace unos días leí una entrevista a Marina Perezagua en El País —una escritora española maravillosa, creo que de las mejores que hay ahora mismo— y ella decía que no creía en el valor terapéutico de la escritura.  Yo pienso lo mismo. Cuando veo que, de repente, en una historia aparezco yo, intento sacarme cuanto antes y si no lo logro, entonces no lo muestro. No lo hago por pudor sino porque no encuentro el tono para hablar de mí, me sueno fatal. Es a través de la ficción como me resulta más fácil mostrar algo de mí, pero sin ser yo. Esa libertad creativa que te aporta la ficción, partiendo de la idea de que el escritor no es ni el personaje ni el narrador, te permite presentar otras versiones de ti que normalmente no enseñas. 

Carlos Ortega Vilas

Tu primera novela, El Santo al Cielo, acaba de llegar a las librerías, una novela de género negro…

La novela negra me gusta mucho, aunque sea un género que ha estado un poco encasillado, con muchos clichés, muchos estereotipos. Era un género bastante machista, por lo menos la novela negra española, aunque, por suerte, lo es cada vez menos. Estaba ese detective un poco burdo, maleducado, que soltaba tacos, que bebía y tenía problemas en casa. Y yo quería hacer lo contrario: unos personajes que se escaparan de esos estereotipos.

Cuando trabajaba en ella, no pensaba que estaba escribiendo una novela de género, sino una historia de intriga bastante negra. Yo soy muy visual a la hora de contar, estoy muy emparentado con el lenguaje cinematográfico. Me gusta mucho el diálogo, todo lo que sea acción y diálogo en una historia es lo que me atrapa, sea del género que sea. Así que, la manera de contarla era a través de ese género.

Pero no me recreo en los aspectos sangrientos sino, más bien, en los aspectos psicológicos que llevan a los personajes a actuar de una determinada manera. De hecho, el crimen está prácticamente al comienzo de la novela y sabes quien es el criminal. Hay dos líneas argumentales principales: una es la investigación de un crimen, que se cruza con otra investigación anterior. La segunda es la de la protagonista, heroína y criminal, que intenta escapar de esa situación. Al tiempo que indagamos en los motivos que la ha llevado a cometer ese crimen, van apareciendo otras historias del pasado, tramas de corrupción… lo metí todo [risas].

Es gracioso, siempre decimos que la realidad supera a la ficción, y eso te da mucha libertad para escribir. Yo iba construyendo las tramas y, después de escribir una escena escabrosa, me planteaba: «voy a ver si hay algún referente real», me metía a investigar y, bueno, me había quedado corto. Siempre era todo más rocambolesco y mucho más raro e increíble de lo que me había imaginado. Así que me dejé llevar, aunque con cuidado para no inventar de más o resultar inverosímil.

¿Crees, entonces, que es una novela negra diferente?

Bueno, es bastante ambiciosa por la cantidad de subtramas que hay. Y cuando tienes una historia que se ramifica en siete subhistorias es complicado cerrarlas, no dejar cabos sueltos y que haya una coherencia en todo el texto. Y eso, creo que lo conseguí.

Con respecto a los personajes, la pareja de investigadores es bastante atípica. Me invento una relación entre la Policía Nacional y la Guardia Civil, que trabajan estrechamente, en un momento en el que se debatía sobre la poca colaboración entre los cuerpos policiales, incluso entre los de las diferentes comunidades autónomas.

Por otro lado, el detective que lleva la investigación de la Policía Nacional es un policía atípico, devoto de la vida de los santos, que siempre echa mano del santoral para explicar algo y para expresarse. Y luego está el miembro de la Guardia Civil que es gay. Cuando escribí la novela (la terminé en el año 2009), no resultaba muy habitual que el papel del investigador lo encarnase un personaje gay. Gracias a escritoras como Marta Sanz o Susana Hernández, esta situación ha cambiado.

El hecho de mostrar la condición sexual de uno de los protagonistas, ¿es una forma de reivindicación?

Yo creo que es algo lógico, porque yo soy homosexual, conozco mi realidad también y quiero mostrar esa naturalidad a la hora de crear el personaje, que su conflicto no esté necesariamente marcado por su orientación sexual sino por su historia personal. En ese sentido, sí hay reivindicación, porque reivindico en la literatura personajes que sean reales y no clichés. Claro que hay gente a la que la homosexualidad sí les crea un conflicto, desgraciadamente, por rechazo en su entorno o socialmente, eso está ahí y eso sí lo reflejo.

Los estereotipos están cambiando y eso es positivo. Creo que era necesario para que la novela negra evolucionara. Lo que me daba mucha rabia era que cuando aparecía un personaje gay en una novela negra se trataba de un personaje tan estereotipado que era una parodia, no lo veía real, me desagradaba la forma de enfocar al personaje. En mi novela, el conflicto no gira en torno a la sexualidad de los personajes, están perfectamente integrados en la sociedad, que era lo que me interesaba mostrar.

Yo quería mostrarme respetuoso con mis personajes, porque los quiero mucho a todos: a los odiosos, a los luminosos y a los protagonistas y secundarios. Los trato a todos con mucho mimo, todos son importantes para mí.  Tuve mucho cuidado de que fueran personajes con una profundidad psicológica y una entidad dentro de la historia, aunque tuvieran una página o dos y luego desaparecieran.

¿Temes que, al declararte homosexual, te encasillen? Algo que rara vez sucede si eres escritor heterosexual.

Yo me considero escritor primero y lo otro [risas] es como es. Pero claro, la reivindicación, en este sentido, sí me parece importante. Desgraciadamente, todavía es necesario dar visibilidad. No creo que me haya condicionado especialmente ser homosexual respecto a lo que escribo. En el taller de escritura, a veces me dicen que tienen miedo de que no se entienda lo que escriben y tienden a explicar más de la cuenta. Yo siempre les digo: «eso es problema del lector, no tuyo, el problema no lo tienes tú, lo tiene el de fuera, que quizá no tiene la capacidad suficiente de entender algo que está ahí. Tú no tienes que estar justificándote a la hora de escribir, ni explicando de más». Así que yo no me justifico por ser lo que soy, ni escribo justificando nada, ni necesito que nadie me perdone, ni estoy abanderando nada. Creo que mi cometido es mostrar una realidad que existe, y cada uno que piense lo que quiera. Si me encasillan [risas] es problema del que me encasilla. Lo importante es que la historia que cuente sea buena.

Carlos Ortega Vilas

Además de escritor, coordinas los talleres de escritura creativa de Fuentetaja, también eres corrector profesional y de estilo, además de profesor de español,  ¿cómo lo combinas?

Soy muy exigente y eso complica las cosas, porque te puede bloquear en ocasiones por la vergüenza que sientes, que hace plantearte si estarás a la altura. Intento que no interfiera el corrector con el escritor porque entonces estaría tan pendiente de si he puesto bien una coma que no podría escribir con fluidez. De hecho, cuando terminé mi formación como corrector, me pegué una buena temporada sin escribir nada, me salían unas cosas muy gramaticales, pero poco más, hasta que pude apartar al corrector y centrarme en el escritor.

También fui muchos años profesor de español, pero a mí la palabra enseñar no me gusta nada. Siempre me acuerdo de uno de los personajes de los primeros libros de Ray Loriga, creo que en Lo peor de todo, que desconfiaba de los maestros, de la gente que pensaba que tenía algo que enseñarte. A mí aquello se me quedó grabado, ¿quién soy yo para decirte lo que tú tienes que hacer? Más en algo como la escritura, en la que realmente no hay reglas. Yo me veo más como un mediador entre el folio en blanco y la persona que va al taller a escribir. Creo que mi labor es ayudar a que la gente encuentre su voz en la escritura.

Carlos Ortega Vilas

Y tú, ¿has encontrado tu voz?

Yo creo que sí, mi voz sí, y supongo que un estilo. Aunque prefiero que los personajes sean los que hablen y no interferir demasiado… es un no-estilo. En mi novela hay mucho diálogo y mucha acción, ritmo. Quizá porque no soy un lector sufriente y quiero que la literatura tenga esa parte de entretenimiento que creo totalmente necesaria. A mí me fascinan Carver y el Salinger autor de relatos, que es un género que me apasiona porque tienes que enganchar al lector desde la primera frase, algo que también intento en la novela.

¿Hay algo de Canarias en esa voz?

Mira, como te dije, yo daba clases de español, y en Salamanca. Cuando llegué allí, si eras canario no resultaba fácil conseguir trabajo como profesor de español en muchas academias, por el acento, porque no tenías el acento estándar del castellano. Bueno, estándar no, porque encima ese no es el español real, ese solo se habla en cuatro sitios, lo que más se habla es nuestro español, el español atlántico, de Andalucía, de toda América Latina, de Canarias. Y claro, para encontrar trabajo tuve que adaptarme. Pasé una temporada medio esquizofrénica entre el “vosotros” y el “ustedes”, la tercera persona, la segunda… un disparate. Tenía alumnos que habían aprendido español con un profesor mejicano y que me decían: «La profesora fulanita me ha dicho que “botar” no es correcto, sino tirar, lanzar». Y yo les decía: «No, mi niña, “botar” es una palabra tan válida como cualquiera, no te pueden decir que es incorrecta. Te pueden decir que aquí no se usa, pero incorrecta no es».  Cuando comencé a trabajar en una universidad estadounidense, allí en Salamanca, todos usaban el “ustedes” y aquello del “vosotros” les resultaba tan artificial como a mí, así que ahí empecé a relajarme y decidí hablar mi español correcto, totalmente válido, sin cometer faltas de nada [risas].

Yo adoro Canarias, soy canario, pero yo no me siento de ningún sitio en particular, no tengo raíces muy profundas en ninguna parte. Me siento bien en cualquier parte y también mal, las dos cosas. Y en la novela, en la que sí hago uso del  “vosotros”, intenté que los personajes no fueran de un sitio determinado, incluso los personajes que son de América Latina los trabajé igual que con los que son de España, sin definir la procedencia de unos u otros por el habla, simplemente me interesaba mostrar las realidades, que fueran diferentes y ya.

En la Península tienen un gran desconocimiento de Canarias y esto duele un poquito. Lo ves incluso en la prensa, que no saben, a veces, ni situar las ciudades o nombrarlas correctamente. Muchos tienen la idea de que Canarias es sol y playa y ya está. Y yo creo que un poquito de culpa sí tenemos, porque me sorprende mucho que por un lado seamos tan apegados a nuestra cultura y por otro tengamos esa especie de complejo de inferioridad, que es completamente injustificado. Sí, tenemos flora, clima, pero también historia, la confluencia de culturas, algo que ves en pocos sitios y, además, la gente… Subirme a la guagua y que el chófer te dé los buenos días… Eso no tiene precio [risas].

Volviendo a tu novela: ¿de dónde partió la idea? 

Dos de los personajes principales los aproveché de un relato que tenía y que no llegué a terminar: La ortografía también mata, una cosa un poco loca que era una parodia del género negro. Luego asistí a un taller en Salamanca con Javier Sánchez Zapatero, que nos propuso resolver un crimen en una habitación cerrada. Yo tenía ya esos dos personajes, que cuadraban mucho para esa historia, y empecé a escribir y a tratar de desentrañar ese misterio, que se empezó a alargar. Terminó el taller y yo continué escribiendo durante tres años. El relato se acabó convirtiendo en una novela. El proceso fue largo y además me pilló en un momento difícil de mi vida.

Carlos Ortega Vilas

¿Qué pasó?

Estaba trabajando en atención al cliente para una compañía telefónica y para mí fue horrible. Cada vez que salía de allí vomitaba. Cogía el teléfono y sólo escuchaba: «Hijo de puta, cabrón». Y yo: «Señora, que yo no la conozco de nada, es la primera vez que habla conmigo». Seguro que habíamos hecho algo mal, pero yo no tenía ni idea de cómo resolver nada de aquello. Al final me despidieron porque, según ponía en la carta que me mandaron, dudaba demasiado [risas]. ¡Pues claro! Si no me habían explicado lo que tenía que hacer. Así que salía de allí y, para olvidarme de todo, me ponía a escribir. Luego acabé en Rhodas…

¿En Rhodas? 

Bueno, Rhodas es preciosa… [risas] pero eso es para otra novela. El caso es que seguí escribiendo. En una ocasión, cuando ya llevaba trescientas páginas escritas, tuve que salir de la isla una noche de invierno y en mitad de una tormenta, alguna ya me había jugado una mala pasada. Cuando estábamos ya metidos en el avión, un ATR de esos de hélice, empezó a caer hielo y granizo. Desde las ventanillas vimos como todo el personal de tierra empezó a correr y resguardarse en el edificio. Pensamos que nos iban a hacer bajar del avión, pero en cambio, los motores se pusieron en marcha y el avión despegó. Volábamos en medio de la tormenta con los rayos dando en el fuselaje. Yo nunca había vivido algo así, fue impresionante. Era un vuelo de 45 minutos que se convirtió en uno de dos horas y media hasta llegar a Atenas. Y yo estaba ahí, pensando: «Todo lo que llevo escrito de la novela, el esfuerzo, con lo que me ha costado, todas las llamadas de la compañía telefónica que me he tragado, todos los sufrimientos y ahora se va esto a pique y la novela desaparece, ¡ni de coña!». La llevaba en un pendrive y recuerdo que pensé: «Bueno, yo me lo trago y ya. Pero tengo que avisar, para que me hagan la autopsia y me lo saquen». Así que cogí un rotulador permanente y escribí en la palma de mi mano: «Tengo una novela en el estómago, por favor sáquemela y haga lo que usted crea con ella». Y, bueno, eso me tranquilizó un poco, por lo menos no me moría del todo. La duda que me quedaba era si había tiburones en el Egeo [risas].

Carlos Ortega Vilas