Derechos Humanos: un arma arrojadiza

La defensa de los Derechos Humanos es una cuestión en la que todo el mundo parece estar de acuerdo. ¿Por qué, entonces, vemos tan a menudo acaloradas discusiones donde unos y otros se arrojan acusaciones a propósito de los mismos?

A cada momento que hay un incidente nacional o internacional, se exige a todo dirigente político —normalmente suele ser a los mismos, puesto que no se les presupone la catadura moral del resto— que lo condene sin paliativos. De lo contrario, a la primera que intente introducir algún matiz u observación, será acusado de apoyar tan terrible incidente, así como de no defender las libertades individuales, la Democracia o los Derechos Humanos. Todo ello con enorme escándalo y chillona indignación.

Es por eso que, a veces, conviene parar el coche en la gasolinera para repostar y llenar de contenido algunos términos que parecen ya vacíos, y que con tanta alegría se manosean y zarandean para desdibujar con brocha gorda al de en frente.

Se quiere concluir que los DDHH son una serie de libertades que se garantizan en una democracia, de manera que a cualquier sistema político que sea calificado como “democracia”, se le presupone el cumplimiento de los DDHH. Y todo aquel que no lo sea, los incumple.

No es tan fácil. Un periodista preguntó a Miguel de Unamuno: «¿Cree usted que existe Dios?», a lo que el escritor contestó: «Dígame usted qué entiende por creer, por existir y por Dios y le contesto». Aclaremos qué es Libertad, Derechos Humanos y Democracia, y luego si quiere nos arrojamos la moral a la cabeza.

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Miguel de Unamuno. PD

La palabra “Libertad” tiene doce acepciones en la RAE. La mayoría hace referencia a la libre circulación de los individuos, a poder obrar de una manera u otra, a expresarse libremente… ninguna mención a derechos como la alimentación o la vivienda. Sin embargo, quien carece de necesidades básicas como estas, ve minada su capacidad de actuación, puesto que tiene muy poco margen para tomar decisiones, así que tampoco se puede afirmar que esa persona, solo porque pueda votar o circular libremente por la calle, sea libre.

Pienso que es más preciso entender la Libertad como una noción filosófica amplia y vinculada a los Derechos Humanos que ha de ser alcanzada mediante un régimen político —puesto que es la manera de organizar la sociedad y, por tanto, de garantizar esos derechos—. Y la razón de que ningún régimen sea perfecto, es que ninguno consigue garantizar todos esos derechos. Por ello, no son aceptables los absolutismos que sentencian a un régimen u otro como carente o garante de la Libertad o de las libertades. Esos términos absolutos, ese blanco y negro, no sirve para explicar las cosas.

En cuanto a los DDHH, lo primero que podríamos hacer es dividirlos entre derechos civiles (derecho a la vida, integridad física, derecho al honor…), políticos (sufragio, poder votar y ser votado, derecho a la asociación…) y sociales. Estos últimos parece que siempre están a la cola, o no se les da la misma importancia que al resto. Cuando se denuncian violaciones de DDHH en algún país, suele tener que ver con los civiles o políticos (asesinatos, inseguridad ciudadana, represión, persecución política…), pero rara vez tienen que ver con los sociales (derecho a la vivienda, a la alimentación, a vestirse, a una vida digna, a unos servicios públicos que garanticen las necesidades básicas…). Es bastante evidente, si atendemos a los medios desde los cuales se hacen grandilocuentes denuncias de este tipo, que apenas se hace referencia a los derechos sociales, sino a los civiles y a los políticos. Sin embargo, hay una hermosa Declaración Universal de Derechos Humanos, pedagógicamente elaborada y fácilmente consultable para cualquiera que disponga de acceso a internet, que recoge todos estos derechos cuidadosamente enumerados. Todos ellos. Son, concretamente —y a día de hoy—, treinta. ¿Qué quiero decir con esto? Que “garantizar los DDHH” significa garantizarlos todos, también los sociales; ponerle un tic a cada uno de esos derechos que aparecen en la lista.

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Eleanor Roosevelt, presidenta del Comité de los DDHH de la ONU, sosteniendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos, (1948). PD

Entendemos, pues, que si no se cumplen todos, no podemos hablar de que “se cumplan los DDHH”. Se cumplirán algunos, en todo caso.

Este matiz es importante, porque a menudo se etiqueta a un país u otro como garante o violador de los DDHH, como si en este mundo existiesen países que los cumplen plenamente y otros que los incumplen en su totalidad. Creo que, en todo caso, lo único que se podría afirmar es que ningún país del mundo cumple o garantiza plenamente los DDHH.

Quizás así se entienda la frase de Winston Churchill: «La democracia es el menos malo de los sistemas políticos», aunque tal vez en un sentido distinto al del ex-primer ministro británico. La democracia es un sistema político como cualquier otro, solo que se yergue como el óptimo para trabajar por la garantía de los DDHH. Si es el menos malo, es porque tampoco los garantiza plenamente.

Esto se debe, a mi juicio, a una notable diferencia entre la teoría y la práctica. Democracia es una forma de gobierno donde los ciudadanos ejercen el poder político. Lo que sucede es que en las democracias representativas occidentales, este concepto se ha traducido en la representación de los ciudadanos en las instituciones públicas, de manera que la tarea o la competencia de dichos ciudadanos se reduce a votar cada tres, cuatro o cinco años. A partir de ahí, los cargos electos tienen vía libre para hacer y deshacer a sus anchas, aun incumpliendo los programas por los cuales fueron votados. Porque no son, en la práctica, contratos firmados, sino palabras vacías y papeles mojados.

Por otro lado, la Democracia “teórica” se articula en democracia “práctica” en un régimen político concreto, es decir, en el sistema político de un país —en España, por ejemplo, una Monarquía parlamentaria— sustentado por los poderes fácticos de ese país, es decir, aquellos actores que ejercen un poder de facto gracias a la influencia que tienen sobre la sociedad.

Esto implica, siempre, exclusión. Porque la representatividad no está sujeta a condiciones ni queda garantizada, y porque los poderes que sostienen al sistema no representan necesariamente a la mayoría.

La democracia, así, queda vaciada de contenido, porque no es en la práctica el poder político ejercido por los ciudadanos. Es el vaciamiento democrático el que mina las posibilidades que tiene realmente la Democracia. La democracia no es imperfecta porque la gente sea malvada o igualmente “imperfecta”. La democracia es imperfecta porque es incompleta. Y si aceptamos que la libertad es el ejercicio de los Derechos Humanos y, como hemos visto, la democracia incompleta de nuestros sistemas políticos no es capaz, en estas condiciones, de garantizarlos, tampoco se puede decir que esta democracia garantice la libertad o las libertades individuales, simplemente porque podamos votar o expresarnos libremente.

Todo esto conviene tenerlo en cuenta antes de acusar a un régimen político u otro, porque no se trata de una ecuación matemática. La defensa sin paliativos de los DDHH debe ser igual en todos los casos, y atendiendo a todos estos elementos. Quien juzga contundentemente unos casos, y otros no, o por lo menos no con la misma intensidad, quizás lo haga porque intenta sacar algún rédito político, o trate de utilizar los DDHH como arma contra un rival político. Está politizando los Derechos Humanos.

Y quien politiza los DDHH, ha dejado de defenderlos. Simplemente, está haciendo propaganda.

Derechos Humanos: un arma arrojadiza - 7 Islands Magazine

I want you for Human Rights. PD/7iM