Caperucita y El Lobo… ¿quién es quién?

El temor al Comunismo, la llegada del Fascismo

Entonaba Amaury Gutiérrez en una canción romántica: «Andan diciendo por ahí que te olvidaste del Ayer…». Dejando por un momento el amor a un lado, es fácil olvidarse del pasado en sociedades que no construyen memoria.

Hace unos meses, en Austria ha estado a punto de ganar el partido de ultraderecha FPÖ de Norbert Hofer. Viktor Orbán gobierna en Hungría hace ya unos años; Amanecer Dorado tiene una relevancia considerable en Grecia, el Frente Nacional de Le Pen se ha consolidado en Francia, y Donald Trump tiene serias posibilidades de aterrizar en la Casa Blanca. Quizás la palabra ‘fascismo’ es demasiado precisa para englobar a todos ellos, así que es mejor usar ‘extrema derecha’. Y ante el grito histérico de “¡qué vienen los comunistas!”, ¿no deberíamos en realidad preocuparnos por la llegada de los “fachas”?

Ilustración Arthur Rackham (1909)

Ilustración Arthur Rackham (1909)

Quizás no estamos prestando atención a lo que está sucediendo en Europa y —por interés evidente— en los Estados Unidos. Puede ser debido a que el fascismo o extrema derecha se considera un fenómeno superado cuyos nuevos brotes no llegarán a florecer en ningún caso, pero lo de Austria no es para chiste. Ni lo de Francia. Ni Trump.

Por otro lado, parecería difícil de entender por la irracionalidad de las doctrinas ultraderechistas, pero si intentamos hacer una lectura amplia del momento histórico que vivimos y de sus antecedentes, es posible encontrar respuestas, para lo cual sería interesante introducir insistentemente en la discusión —y a pesar de quienes rechazan las ideologías como si fuera posible situarse al margen de ellas— un concepto: ‘neoliberalismo’.

¿Sentido Común?

No es una palabra —neoliberalismo— que oigamos en los debates —pese a que muchos autores la utilizan—, entre otras cosas por su tinte peyorativo. No es mi intención utilizarla como insulto, sino reivindicarla como un elemento que está ahí y que es imprescindible para entender prácticamente toda la esfera política, económica, social e incluso cultural. Algunos lo definen —o simplifican— como la “desregulación del Mercado”, pero no es sino otra forma de regulación. Me parece más interesante el planteamiento del neoliberalismo como la toma del Estado por parte de las doctrinas liberales. Y se nutre de una serie de premisas que nada tienen de científicas o técnicas, pero sobre las que construye sus recetas: el Hombre es malo por naturaleza, la gente es egoísta; lo privado es más eficiente que lo público; el mérito como valor social en el camino al triunfo frente a la inacción parasitaria; la economía es una ciencia pura, inamovible y al margen de la política; la política es aburrida y poco útil, de manera que no sirve de mucho involucrarse; y finalmente, frente a los valores devaluados de la acción colectiva y la solidaridad, aparece el individualismo como elemento principal en un Mercado que se presenta como ley y verdad incuestionables, garante de las libertades, y en el que hay que competir contra el resto por hacerse un hueco.

Si entre 1945 y 1975 hubo voluntad de levantar el suelo de los ciudadanos, trabajando por una mayor igualdad y por consolidar ciertos derechos, a partir de la crisis del petróleo del 73 cambió el paradigma, y la desigualdad no era ya solo un mal menor, sino necesario, porque servía —y sirve— para rebajar las expectativas de los asalariados.

El gran triunfo del neoliberalismo ha sido lograr que sus propias lógicas se perciban como “sentido común”, de manera que algunas de ellas se yerguen como verdades universales y, por tanto, no hace falta explicarlas ni justificarlas. Si el Mercado es presentado como una Ley Natural —que viene dada y a la que hay que adaptarse— no hace falta justificar los recortes o las reformas laborales, puesto que son medidas inevitables; si la idea de que lo privado funciona mejor que lo público no hace falta demostrarla por ser incuestionable, tampoco es necesario justificar la privatización de servicios públicos; si la inacción es considerada un mal social —puesto que el trabajo solo es válido si genera algún tipo de rentabilidad— y el mérito es el valor que debe perseguir cada persona para obtener reconocimiento social, entonces la responsabilidad de la falta de acceso al mercado laboral (hasta el lenguaje se ha ‘neoliberalizado’) es nuestra, por nuestra inacción o falta de mérito, por nuestro fracaso. Si la política es aburrida y no sirve para cambiar nada, no hace falta que la gente se movilice, lo que hay que hacer es pensar en uno mismo y estar entre los primeros para salvarse, como haría cualquiera.

El temor al Comunismo, la llegada del Fascismo - 7iM

Ilustración W. Humphrys (1850)

Con el neoliberalismo y sus verdades y su sentido común se ha logrado durante mucho tiempo apagar la llama de cualquier disidencia bajo la ‘ilusión’ de la democracia representativa, que establece que votar a opciones liberales cada cuatro, cinco o seis años es un ejercicio democrático más que suficiente. Puesto que sus promotores creen en esta democracia de escasa intensidad, ¿por qué no democratizar la economía?, es decir, entender entre otras cosas que es un instrumento político que se puede usar de diversas formas. ¿Quizás porque supondría cuestionar qué se produce, por qué y para qué, y quién lo decide?

Podríamos añadir la corrupción endémica del sistema, que desvela la enorme estafa que se está sufriendo, así como esa terrible sensación de maridaje del poder económico-financiero con el político-mediático, donde incluso los medios más críticos parecen avalar con sus maneras, e incluso elogios, las medidas neoliberales, acercándose de forma curiosa a las mismas fronteras ideológicas que sus representantes. Voces que reclaman igualdad ante la ley, seguramente porque desde muchos sectores sociales se percibe el estado de impunidad de unos frente a otros; o incluso la sensación de que es desde un país extranjero desde donde nos imponen la ruta económica a seguir… si a todos estos elementos se les responde apelando, simplemente, “a la unidad”… mal vamos.

No tienen respuestas y no son convincentes. Surgen nuevos miedos y la gente queda presa de la incertidumbre, la amenaza del desempleo que te hace más dócil; la violencia institucional, que lejos de defender tus derechos y libertades, te recuerda en la práctica que no existen tales. Todo esto parece traducirse, en última instancia, en una profunda desafección de la gente hacia todos aquellos elementos que conforman una suerte de identidad. Ese “desarraigo identitario” del que habla Ramonet hace inservible la apelación a la unidad, porque no responde a nada de esto, no responde al paro, a la precariedad y a la desigualdad. Ya si te vas al Caribe para explicar lo que sucede en tu país, demuestras estar totalmente desubicado, y no solo geográficamente.

Esta peligrosa combinación —un sistema injusto y unos gobernantes sin respuestas— siembra el caldo de cultivo para la extrema derecha, que siempre ha sido nacionalista y xenófoba. El miedo en un modelo económico que cada vez tiene menos empleos, la pérdida de libertad de quienes cada vez tienen menos margen de decisión y el desapego de la política por la corrupción y por su falta de respuestas, genera también rabia y rencor, y facilita los relatos que culpan de los males de la Nación al extranjero. Si recortan en Sanidad y Educación; si hay que esperar seis horas para que te atiendan en urgencias; si desahucian pese a que hay pisos vacíos; si encima insisten en que no hay otra alternativa, el resultado es el pánico por parte de algunos sectores que compran la solución de señalar a extranjeros que llegan y que, según nos desinforman algunos, reciben las ayudas que niegan a los de casa.

Es dramático. Le Pen proponiendo cerrar las puertas a los extranjeros hasta que no resuelvan el problema de los franceses, Trump llamando criminales y violadores a los mejicanos o asegurando que echará a todos los musulmanes, una Europa desvergonzada armando el búnker contra la ‘invasión’ de refugiados… el fenómeno xenófobo y fascista seguirá aumentando si no se cambian las políticas. El “ellos culpables” y el “nosotros primero” tienen una base nacionalista que es errónea, asumiendo que los Derechos Humanos lo son antes para el que pisa suelo patrio, de manera que estos tienen prioridad en épocas inevitables de vacas flacas. Pero aun asumiendo que esto es una aberración intelectual y moral, tampoco es cierto que no haya alternativas. Lo que ocurre es que este sistema fuertemente cimentado —también en lo cultural—, antes que cambiar y reinventarse, está dispuesto a abrazar la narrativa del odio al extranjero en general, y al Islam en particular.

Prefiero y me inclino a pensar que hay alternativas desde el momento en que dejamos de aceptar las lógicas neoliberales como verdades universales que no necesitan ser explicadas. En el momento en que las cuestionamos, podemos empezar a construir un nuevo sentido común. Y abrimos así la puerta de un nuevo espacio en el que justificar los presupuestos teóricos y económicos de dicha alternativa.

¿Por qué debemos aceptar que el Ser Humano es malo y egoísta por naturaleza? El Hombre es Sociedad y es Cultura; es circunstancias, no dispone de un gen del Mal. El egoísmo se aprende y se puede desaprender. ¿Cómo va a ser malo y egoísta cuando ha sido la solidaridad y la fraternidad de los ciudadanos la que ha hecho que tanta gente no se quede en el camino? Y ya no solo por bondad: que una sociedad sea avanzada y desarrollada depende de que haya un nivel de desigualdad muy reducido, que aporte seguridad a todos; y eso es de sentido común. Lo que no es de sentido común es que haya gente sin casas y casas sin gente. Que haya gente podrida de dinero y gente tirada en la calle.

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Ilustración Gustave Doré (1867)

La Economía no es una ciencia pura. Si lo fuera, ¿por qué no se ponen de acuerdo un economista de izquierdas y otro de derechas? Es, incuestionablemente, una herramienta política, y como tal, ¿por qué no iba a haber más alternativas? Ahora Bruselas pide más recortes para España. No dejará de pedirlos nunca. Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo; eso es de sentido común, y lo dijo un científico.

Si lo privado funciona mejor que lo público, ¿por qué tuvimos que rescatar a los bancos con el dinero de los contribuyentes?

¿Qué supuesta verdad incuestionable es esa de que si le va bien a los ricos, le va bien al resto porque generan empleo? ¿Qué empleo han generado? Si lo que se ha demostrado en esta crisis/estafa es que hay menos empleo y más ricos. Y más trabajadores pobres. ¿Aquí solo se remangan unos o qué pasa?

¿Por qué se amnistía fiscalmente a quienes traen de vuelta dinero que nunca debieron llevarse? ¿Sentido común? ¿Por qué no se levanta el secreto bancario y se acaba con los paraísos fiscales, si es de sentido común? ¿No será por el maridaje entre el capital financiero y el poder político? ¿Por la corrupción? Dada la sangría que supone, es de sentido común que hay que ser implacable con todo ello.

Los enemigos del sistema

Hay una cuestión terrible: al sistema —el sistema ‘de facto’, es decir, el que ha corrompido su estructura, retorcido sus presupuestos y secuestrado los principios democráticos— parece que no le preocupan los fascistas, sino las corrientes progresistas que en toda Europa están emergiendo contra las políticas de austeridad y la escasa democracia de la UE. Y esto se debe, en mi opinión, a que son dichos movimientos los que están señalando claramente cuáles son los problemas y quiénes los defienden. La postura xenófoba y radical es insostenible, y por eso no se consideran una amenaza. Pero se equivocan, sencillamente porque no prestan atención a sus pueblos. Aunque sea un discurso de extrema derecha, el principio de la prioridad con el nativo antes que con el extranjero, está fuertemente extendido. Europa es cada vez más xenófoba, y es tal su ceguera que no ha estallado en cólera con el cierre de las fronteras para los refugiados de guerras provocadas por Occidente.

Los promotores neoliberales asumen las democracias representativas como un mal menor siempre y cuando sus límites estén claramente definidos y estáticos. Al primer atisbo de mayor participación, saltan las alarmas y ponen en marcha la maquinaria mediática —su mayor y principal estructura de defensa— para absorber, cuando no eliminar, la disidencia política. Todo ello basándose en sus verdades absolutas, en su control del pensamiento dominante, en su Sentido Común. Es una dictadura financiera con un brazo político-liberal y otro mediático, de desinformación masiva.

No es solo que subestimen la amenaza fascista. Es que hay algo de fondo que, de alguna manera, comparten: el irrespeto a la Democracia y a los Derechos Humanos (DDHH). Los Estados-nación de Europa han suscrito la Declaración Universal de DDHH, pero no es solo que no la cumplan, es que parece que ni se la creen. No creen en el derecho a la vivienda, no creen que todos tengan los mismos derechos ni que sean iguales ante la ley, no creen en la libertad material, de opinión o de expresión. No creen en ello porque lo condicionan a la capacidad monetaria que tengamos y a la capacidad individual de “ganarse la vida” y de adaptarse dócilmente a las situaciones que vienen. Si hay menos trabajo y es más precario, mejor eso que nada. Estar en paro no es una desgracia, sino una oportunidad.

Y tampoco tienen respeto por la Democracia, porque les aberra preguntar a la gente, les aberran las manifestaciones, y si emergen movimientos disidentes, ponen en marcha toda la maquinaria para llevar a cabo una guerra sucia.

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Ilustración Gustave Doré (1867)

En España

Hay muchos expertos —sociólogos, politólogos, historiadores— que parecen coincidir: en España no ha surgido una extrema derecha tan evidente porque el espacio ideológico de centro-derecha lo cubren los herederos de esta tradición política, y que con José María Aznar transitaron de alguna manera hacia el neoliberalismo europeo. Aquí, recordemos, triunfó el fascismo o, por ser todo lo preciso posible, triunfó un nacional-catolicismo tradicionalista dirigido por militares golpistas que recuerda al totalitarismo del Japón de entre guerra, y que durante algún tiempo se apoyó del fascismo español, y que claramente se identificaba con el italiano, así como con el nazismo alemán. Triunfó y luego transitó hacia una Monarquía parlamentaria cuyo jefe de Estado fue nombrado por el propio general Franco, y donde la constitución del Estado de derecho se llevó a cabo con un desequilibrio de fuerzas —los herederos franquistas, la Iglesia y el Ejército controlaban el aparato del Estado frente a las fuerzas socialistas y comunistas, recién salidas de la cárcel o de la clandestinidad— que hacía imposible romper todas las raíces del régimen anterior, que quedó atado y bien atado.

España, como tantos otros países, tiene pendiente grandes problemas estructurales que no ha sabido solventar a lo largo de la historia. Son problemas que se transfieren también en la cultura cívica de sus ciudadanos y que, por tanto, son capaces de frenar los avances necesarios para ampliar la democracia nacional. En nuestro caso, creo que tiene que ver con 1) la cuestión territorial: es imprescindible repensar nuestra identidad como país, atender a la realidad cultural y plural para reconfigurar un Estado que, necesariamente, va a reconocer la pluralidad de nacionalidades integradas en un todo que así lo reconoce. Y 2) la memoria histórica: es también imprescindible asumir de dónde venimos e iniciar un profundo proceso de reparación, y no de “reabrir heridas”, porque nunca se cerraron.

Y sucede que las fuerzas representantes del neoliberalismo ponen palos en las ruedas de quienes tratan de avanzar en esta resolución, puesto que al sistema neoliberal le conviene que dichos problemas estructurales permanezcan, porque de lo contrario, la sociedad se acercaría un poco más a esa identidad cultural y nacional que permita enfocar el proyecto de país y desarrollar una democracia verdaderamente avanzada. En este sentido, se puede explicar fácilmente la caída de quienes han representado la socialdemocracia en España, puesto que han cedido en sus políticas económicas y abierto las puertas a las doctrinas liberales —Zapatero fue quien inició las políticas de recortes al inicio de la crisis—. Han armonizado un marco económico que nada tenía que ver con los principios socialdemócratas, y lo que es peor, han arrastrado consigo a una parte importante de su electorado, que de identificarse con las ideas, terminó identificándose con las siglas, consolidando una suerte de ‘socioliberalismo’ situado cerca de ese centro ideológico, que viene a ser la indefinición de quienes apelan únicamente al “sentido común”. El sentido común neoliberal que hemos intentado desmontar aquí.

Siendo tan amplia la corriente neoliberal en España —desde la derecha heredera del franquismo, pasando por la nueva derecha que trabaja con la narrativa del centro ideológico hasta las estructuras políticas socioliberales (antiguos representantes de la izquierda socialdemócrata)—, es normal que emerja un nuevo partido-movimiento anti-austeridad y con la ambición de reconstruir el espacio de la izquierda y de la socialdemocracia, aunque se llame de otra forma. Y es normal que las fuerzas neoliberales ataquen principalmente a dicho movimiento, y lo anuncien como la llegada del Mal.

Y es normal que no haya una extrema derecha claramente identificada en España, puesto que, como hemos planteado, está interiorizada en esa parte de la sociedad que centraliza sus demandas en un partido heredero, pero readaptado al paradigma de la monarquía parlamentaria y la democracia liberal, y que encuentra su marco de existencia con el nuevo centro-derecha y con los socioliberales.

Pero por normal que sea, no debería serlo. Nunca deberíamos tolerar a los intolerantes; nunca legitimar a quienes no suscriban los DDHH. La única solución posible será, en España, reparación. Y en Europa, antifascismo.

Y siempre con los ojos muy abiertos, para saber quién es el lobo y quién Caperucita.