En el mar de mi mente

Julio Arce

Durante un mes no supe que ocurría en el mar de mi mente. Andaba como un perro asustadizo, con la mirada lejana y el cuerpo rígido. Llegué a Las Palmas sin saber cómo. Lo primero que hice fue ir al psiquiatra, me diagnosticó un brote psicótico. Cuando salí de la consulta me sentí renovado, toda aquella oscuridad, por lo menos, tenía nombre. Me esperaba un tratamiento de Olanzapina, Orfidal, Bipirideno y Noctamid durante dos años. Una dieta de entre doce y catorce pastillas por día que, como dijo un amigo, me traerían a la realidad. Se le olvidó decirme que también me envenenaría.

Los primeros meses los pasé tumbado en la cama, vacío, incapaz y con una apatía que ni siquiera me permitía mover mi cuerpo. Los antipsicóticos y ansiolíticos son un stop en la vida, te vuelven un ser inerte. Lo único que deseaba era dormir y que todo aquello pasara rápido. Pero no sería tan fácil, tardé en recuperarme de aquel percance. Luego, poco a poco y paso a paso, mis músculos se iban relajando y mis ojos enfocaban con más claridad el mundo que me rodeaba.

Muy a menudo pienso en los motivos que me llevaron hasta aquel estado. Le he dado tantas vueltas, y aún no me queda claro del todo. Unos me dicen que fueron malos hábitos. Otros, que fue una descarga de serotonina en el cerebro. Algunos argumentan que quizás fueran traumas. Pero la conclusión a la que he llegado es que me pasó porque me tuvo que pasar. Es una respuesta ambigua, pero la más simple que he encontrado, tras noches dándole vueltas en la cama.

La imagen que me viene a la cabeza, para describir lo que me ocurrió, se asemeja a la caída de una bomba atómica. Una vez que cae, el caos es tal, que lo que era nunca volverá a ser. Tu entorno no sabe como actuar. Tu familia y amigos intentan comprenderlo, pero poco pueden hacer por ti.

No soy el mismo después de esa aventura, la vida me ha llevado por un camino en el que no hay marcha atrás, un camino en el que tuve que dejar mi antiguo equipaje y hacerme con uno nuevo, el traje que llevaba se me quedó chico.

Aún tengo miedo, nunca sabes si volverás a tener una recaída. Eso supone volver a empezar de nuevo, dar pasos hacia atrás, perder tiempo en la recuperación. El miedo a no poder salir de ese enjambre que no permite avanzar, el pozo, el vacío. Romper proyectos, ilusiones o metas y temer que, quizás por ello, nunca se podrán realizar. Pero supongo que, como el resto de la gente, todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras, a todos se nos abren y se nos cierran puertas constantemente.

Alguna vez, en todo este tiempo, escuché que esta historia me serviría para aprender. Quien lo dijo quería darle un sentido positivo a aquello y creo que no se equivocaba. Pero también creo que el camino del sufrimiento no es el único para llegar a ciertas conclusiones. Hay caminos con luz y caminos peor iluminados, son estos últimos los que hay que evitar.

Muchas veces pensé en el suicidio. La agonía era tal que me superaba. Ni si quiera lo intenté, pero a mi cabeza  venían imágenes en las que me veía cayendo desde la séptima planta de un edificio. Luego intentaba borrar esas ideas y convencerme de que pronto saldría del problema. Sería una salida fácil abandonarme a la muerte y no seguir intentado vivir una vida digna. De alguna forma, intuía desde el principio que, pasara lo que pasara, tendría fin. Supongo que esa fue la idea que me convenció finalmente de que saldría adelante. Los problemas, como vienen se van.

Intento imaginar gráficamente el brote psicótico. Es un knock out, un golpe inesperado,  una caída al vacío, una hostia bien dada, una tormenta, el diablo de Tasmania. Es un desastre, todo lo que pilla se lo lleva por delante.

Sin duda, aprendí que todos tenemos nuestras batallas, nuestros dramas y nuestras sombras. Pensar que las personas somos seres inexpugnables nos lleva a un fallo garrafal. Pensar que se puede ser feliz al cien por cien me parece una visión simplista e infantil de la existencia.

Muchos me preguntan si tuve visiones o escuchaba algún tipo de voz, y lo cierto es que no tuve ninguna alucinación, solo me veía y me escuchaba a mí mismo en todo momento, incapaz de parar una sucesión eterna de pensamientos inconexos, extraños y singulares. El infierno.  Mi maquina cerebral iba a cien mil revoluciones por segundo, encerrado en una habitación de cuatro paredes sin ninguna ventana o puerta por la que salir. Era la enfermedad o yo. Una lucha encarnizada contra mí mismo.

El estigma de las enfermedades mentales siempre está ahí, acechando. Porque enfermar supone romper una barrera social, un tabú, la locura. En una sociedad donde todo se tapa a base de medicamentos y que condena los trastornos mentales, aunque es ella misma raíz y desencadenante de delirios y demencias, ¿quién es el loco?

Quizás sea hora de que nos planteemos seriamente cuál es el motivo de las enfermedades mentales. ¿Hablamos de una persona enferma o de una sociedad enferma? Quizás, incluso, el término enfermedad mental no sea el indicado, quizás los locos no están tan locos, quizás se trata de que miran el mundo desde otra perspectiva.

Buscamos todos los días el sentido de la vida, la mayor tragedia humana es estar perdido. Día a día buscamos una luz que ilumine el camino correcto, nos esforzamos en encontrar un significado al ser y estar. Intentamos mantenernos rectos en la senda, erguidos contra el peso de la existencia. Pero basta un desliz para que la frágil construcción de una vida se desplome en la oscuridad. Quizás el miedo más humano sea ese, verse extraviado en un mundo que cada día corre más deprisa, que se consume poco a poco y en el que descarrilar resulta tan simple como mala opción. Tememos la pérdida, de un familiar, de la pareja, de un amigo, pero, sobre todo, tememos perder el sentido de la realidad, naufragar en el mar de nuestra mente.

En el mar de mi mente - 7 Islands Magazine

Fotografías de Manu Navarro.