Josefina de la Torre: La Mujer-Isla

Hemos de felicitar a Tania Balló por el acierto de haber aplicado el marbete de “las Sinsombrero” a las mujeres de la generación del 27. Algo no existe hasta que no se encuentra el nombre que le da entidad y esa ha sido justamente la mayor audacia de esta directora catalana que ha sabido dar visibilidad con su documental a esta pléyade de mujeres, aglutinadas bajo este rótulo. El éxito de la etiqueta responde a dos razones: por un lado, resalta el carácter vanguardista de esta generación femenina que adoptó el gesto que exigía Ramón Gómez de la Serna a todo aquel que quisiera romper con las costumbres más casposas y tradicionales de la sociedad española de comienzos del XX. Quitarse el sombrero suponía, para el autor de Greguerías, una rebeldía personal contra todo convencionalismo, una nueva actitud vital, juvenil y transgresora del orden burgués que implicaba la despedida de un estilo de vida y el saludo a uno nuevo, lleno de libertades y de inquietudes renovadoras. Las cabezas debían airear las ideas, dejarlas que corrieran libres, más allá de los viejos tópicos y encorsetamientos sociales. El propio Ramón definía en un artículo de 1930 en el diario El Sol, titulado En, por, sin, sobre el sinsombrerismo la significación de este fenómeno:

«Es final de una época, como lo fue el lanzar por la borda las pelucas. Quiere decir presteza en comprender y en decidirse, afinidad con los horizontes que se atalayan, ansia de nuevas leyes y nuevos permisos, entrada en la nueva cinemática de la vida, no dejar nunca en el perchero la cabeza, no apagar luces del aceptar, ir con rumbo bravo por los caminos de la vida, desenmascararse, ser un poco surrealistas».[1]

La actitud vanguardista de Ramón invitaba a las multitudes a dejar el sombrero en el perchero de casa. Su ejemplo fue tan secundado que llegó a provocar la quiebra del sector industrial de la sombrerería, enviando a más de 50.000 trabajadores al paro.

50.000 Obreros sombrereros sin trabajo, 200.000 famiias. Iustración en la revista Estampa (1930) - Josefina de la Torre: La Mujer-Isla - 7iM

Iustración en la revista Estampa (1930). Copyright Bliblioteca Nacional de España.

Este gesto liberador de Gómez de la Serna se avenía muy bien, por otro lado, con las reivindicaciones feministas de nuestras jóvenes artistas del 27. El sinsombrerismo en las féminas tenía una mayor transcendencia que en los hombres por cuanto, para ellas, no sólo representaba una renovación cultural, sino sobre todo el despertar de una nueva condición social y política para la mujer. Quitarse el sombrero era una metáfora de la nueva feminidad libre y vanguardista que se estaba fraguando en la España de los años veinte. Una nueva mujer que revoluciona su indumentaria con trajes y cabellos más cortos, que va a la Universidad, hace deporte, trabaja, se deja seducir por el cine y por los alocados movimientos del jazz, el foxtrot y el tango, y celebra el ritmo frenético del maquinismo y los automóviles que transforman la ciudad. Esta joven, algo traviesa y transgresora, es la que se atreve a salir a la calle destocada en un ejercicio de osadía y libertad, al igual que había decidido salir sola, sin carabina, por los diferentes espacios urbanos. Como relata la propia Maruja Mallo, salir sin sombrero a la calle era casi como salir desnuda y despertaba las iras de algunos transeúntes que hacían intención de apedrearla. Una de estas sinsombrero que encarnó, como pocas, el modelo de mujer vanguardista fue la poeta canaria Josefina de la Torre. Ella misma, en la breve autobiografía que escribió para la Antología de poesía española de Gerardo Diego, se identificaba con este nuevo modelo de mujer:

«Juego al tennis. Me encanta conducir mi auto, pero mi deporte predilecto es la natación. He sido dos años Presidenta del primer Club de Natación de mi tierra. Otras aficiones: el cine y bailar».[2]

De hecho, si contemplamos las fotos de su juventud, con su esbelta figura, sus cabellos rubios y ojos azules nos recuerda a las grandes divas del cine hollywoodiense, tan admiradas e imitadas por ella. Su imagen sofisticada guarda un cierto parecido con Marlene Dietrich, de quien, curiosamente, fue su dobladora en varias películas. Poeta, cantante lírica, actriz de cine y teatro, crítica de cine, Josefina de la Torre fue una artista total, poliédrica y eso, en España, constituye más un obstáculo que un mérito para alcanzar fortuna. De hecho, siendo una de las dos únicas mujeres incluidas por Gerardo Diego en la Antología de la poesía española (1934) que consagró a la generación del 27, y gozando del reconocimiento de la crítica, pasó los últimos treinta años de su vida en un total anonimato, haciendo papeles secundarios en el teatro y en la televisión, desvinculada completamente del mundo literario y, por supuesto, sin ningún tipo de contacto ni con los hombres ni mujeres de su generación que regresaban del exilio con la llegada de la democracia. Su insularidad es una metáfora de su propia posición dentro de la generación del 27: esta muchacha-isla -según la bautizó Pedro Salinas-, después de una juventud de éxito y reconocimiento de la crítica, vivió, tras la guerra, aislada de aquellos que habían sido sus amigos y referentes. Me imagino que el hecho de optar por refugiarse en Gran Canaria durante la contienda, y ser luego afín al bando ganador, contribuyó en gran medida a este aislamiento. Murió en 2002 siendo una gran desconocida para el gran público. Una breve nota en El País certificaba la muerte de la última voz de la generación del 27.

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Josefina de la Torre, años 20. Copyright Biblioteca Nacional de España.

Pero conozcamos un poco más sobre la vida de la que habrá sido, sin duda, la gran poeta canaria del s. XX. Sabemos que Josefina de la Torre Millares perteneció a una familia de artistas, tanto por parte de padre, como de madre, hecho que explicaría su cultivo de varias artes. Su padre, Bernardo de la Torre y Comminges, fue un hombre de negocios que contribuyó al desarrollo del puerto de Las Palmas de Gran Canaria, creando la compañía del Agua, conocida como la City. Su hermano fue el barítono Néstor de la Torre. Su abuelo materno, Agustín Millares, era historiador, novelista y músico y sus dos hijos, los hermanos Agustín y Luis Millares Cubas, fueron célebres novelistas y dramaturgos, cuyos descendientes, a su vez, han seguido cultivando la poesía y la pintura. En este ambiente familiar no es de extrañar que Josefina heredara la vena artística y con solo ocho años comenzara a escribir poemas. El hecho extraordinario de su precocidad traspasó el ámbito canario y despertó la curiosidad de la misma Margarita Nelken, quien le dedicó un artículo en el diario Día (Madrid), el 2 de septiembre de 1917, en el cual destacaba las dotes excepcionales para la poesía de esta niña-poeta:

«Josefinita, pues, ha nacido poeta. Según la frase gráfica y vulgar, la poesía le sale de adentro. Sus versos no son frases que riman; son emociones expresadas con ritmo, con un ritmo tan grande a veces como el de los más grandes poetas, con un ritmo que es imposible aprender, y para el cual Josefinita, en medio de su ingenuidad y de su torpeza, de su buena y sincera torpeza, tiene atrevimientos y hallazgos de poeta muy grande».

Comenta la Nelken y añade además unos versos de Josefina verdaderamente espléndidos que describen la muerte de una joven:

¡Adiós para siempre

la niña bonita!

En un cuarto oscuro

la enferma dormía ;

se abrieron sus ojos,

su cara tan fría,..

¡Parecía un espectro

la niña bonita!

Aun no contaba

diecisiete años.

Sus ojos azules,

sus blanquitos brazos,

su boquita chica,

sus dieciséis años.

¡Adiós para siempre!,

gritaba el encanto

de la niña rubia,

los bracitos blancos…

¡Adiós para siempre!,

decía todo el pueblo,

mientras tristemente

el trono se iba

muy lejos… muy lejos…

Fascinada por la poeta canaria, volvió a consagrarle otro artículo en La Esfera (Madrid), en 1924, en el que incluyó nuevos versos de Josefina. Poco a poco, la autora canaria comienza a publicar poemas en revistas literarias de ámbito nacional, y de la mano de su hermano Claudio de la Torre, el célebre novelista, dramaturgo y cineasta (Premio nacional de Literatura en 1924 y 1950), se introduce en los ambientes literarios de Madrid y conoce a los miembros de su generación: Salinas admiró su poesía; Alberti le dedicó un bello poema; Lorca compartió con ella el interés por el teatro y el canto; con Carmen Conde, Concha Méndez y Ernestina de Champourcin disfrutó de interminables veladas en el Lyceum Club Femenino. Todos ellos la animaron a publicar su primer poemario, Versos y Estampas, aparecido en 1927, con prólogo de Pedro Salinas. En éste recrea su feliz infancia en la casa de la playa de las Canteras y el paisaje canario se convierte en referencia de estos versos:

«Mis pies descalzos, de plata./ La orilla muerta del mar/ en la playa,/ sobre el sudario de arena/mojada./ La noche viuda, enlutada,/ se cubre toda de lágrimas./ La luna, mis pies descalzos/ de plata, dentro del agua”. El libro tuvo una buena acogida de la crítica, al igual que su segundo poemario, Poemas de la Isla, donde el descubrimiento del deseo va emparejado con la decepción de los primeros amores: “No quiero mi traje azul,/ ni mi delantal de encajes,/ que ya me han dejado sola/ con los pies dentro del agua./ Amigo, con tu recuerdo/ se riza el aire del mar:/ estela sobre las olas,/ peregrino pensamiento».

Josefina de la Torre: La Mujer-Isla - Artículo de Margarita Nelken, publicado en La Esfera (1924).

Artículo de Margarita Nelken, publicado en La Esfera (1924). Copyright Biblioteca Nacional de España.

 

Un largo paréntesis se abre hasta su siguiente libro de poesía, Marzo incompleto (1947), en el que la poeta, cercada por su soledad, tras el fracaso de su breve matrimonio con el pianista canario Braulio Pérez, lamenta no haber sido madre:

«He pensado, hijo mío,/ que serías la razón de mi vida,/ mi compañero,/ el íntimo secreto de mi lucha,/ el regalo para mi soledad/ y también mi inquietud».

La muerte de su gran amor, el actor Ramón Corroto, treinta años más joven que ella, con quien estuvo casada tres años después de una larga convivencia, inspiró su último libro de poemas, Medida del tiempo (1989). En él encontramos varios poemas que se hacen eco del duelo de la pérdida de su amado:

«Esta almohada/ que yace inerte junto a la mía,/recibió tu cabeza/ año tras año./ Guardó el hueco de tu frente/ y de tu pelo negro,/ espeso y fuerte./ Fue arca de tu sueño,/ reposo de tus sienes,/nido de amores».

La nostalgia de su juventud en compañía de sus compañeros de generación, ya perdidos, revolotea también en estos versos:

«Mis amigos de entonces,/ aquellos que leíais mis versos/ y escuchabais mi música:/ Luis, Jorge, Rafael,/ Manuel, Gustavo…/¡y tantos otros ya perdidos!/ Enrique, Pedro, Juan,/ Emilio, Federico…».

La referencia es clara a los principales nombres de la generación del 27.

Como novelista publicó de 1938 hasta 1944, bajo el pseudónimo de Laura de Cominges, once títulos dentro de la colección La Novela Ideal, creada por Claudio de la Torre y su mujer, la novelista y dramaturga Mercedes Ballesteros, para solventar la grave crisis económica que atravesaba la familia con la guerra. Dicha colección, consagrada al gran público, se vendía en los quioscos y estaba dedicada a la novela rosa y de intrigas, géneros cultivados por Josefina. Con su propio nombre dio a conocer en 1954 otros dos títulos con mayores exigencias literarias: Memorias de una estrella y En el umbral.

Josefina de la Torre: La Mujer-Isla - Portada de Idilio Bajo el Terror (1938), Laura de Cominges (Josefina de la Torre) - 7iM

Portada de Idilio Bajo el Terror (1938), Laura de Cominges (Josefina de la Torre)

Dotada también para la música, tenemos noticias de varias actuaciones como soprano, durante los primeros años de la década de los treinta, en el Lyceum Club femenino de Madrid, en la Residencia de estudiantes, y en el Monumental Cinema. En el María Guerrero, en 1934, bajo la dirección de Cipriano Rivas Cherif, interpretó el repertorio “Concierto1900. Evocaciones fin de siglo”, compuesto de melodías de óperas italianas, romanzas de zarzuelas, valses franceses, guajiras, habaneras y guarachas. No solo cantaba, sino que tocaba varios instrumentos (guitarra, violín y piano) e hizo sus propias partituras, la más conocida es Puerto de mar.

La otra gran vocación de Josefina de la Torre fue la interpretación, que descubrió muy temprano gracias también a su hermano Claudio, quien la embarcó en todas las aventuras creativas que emprendió: en el teatro, el cine y la radio. Éste fue, sin lugar a dudas, una de las personas esenciales que determinaron el itinerario vital y artístico de Josefina. En 1927 fundaron juntos, en su casa de la playa de las Canteras, un teatro de cámara familiar, al estilo de El Mirlo Blanco de los Baroja, conocido como Teatro Mínimo, en el que interpretaron piezas del propio Claudio, además de autores internacionales como Shaw, Andreiev o Ibsen. Tras un periodo en 1940 como actriz principal de la Compañía del María Guerrero, con la que representó La rabia, con dirección de Luis Escobar, vuelve, de nuevo, a colaborar con su hermano, primero, como actriz radiofónica en el Teatro Invisible de RNE, del que Claudio era director y, más tarde, en 1946, en su propia compañía de comedias, en la que su hermano figura como director artístico. En ella pusieron en pie una quincena de obras entre las que destacó Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen, traducida por Mercedes Ballesteros.

Josefina de la Torre: La Mujer-Isla - Portada de la revista Primer Plano (1944). Fuente: Wikipedia.org - 7iM

Portada de la revista Primer Plano (1944). Fuente: Wikipedia.org

El escritor canario también arrastró a Josefina al mundo del cine. De 1930 a 1934 la contrató como actriz de doblaje para la Paramount Fimls en Joinville (Francia), donde él era el encargado de la supervisión y adaptación de las versiones cinematográficas para los países de habla hispana. La poeta puso voz a Marlene Dietrich en la película El cantar de los cantares y en 1934 intervino en el doblaje de Miss Fanes baby is stolen (Un secuestro sensacional), dirigida por Alexander Hall, en la que dobla a la protagonista, Dorothea Wiek, y en la que también intervino como doblador Luis Buñuel. Según confesó la propia Josefina, este encuentro con el cineasta aragonés terminó en aventura amorosa. Además de dobladora, también participó como actriz secundaria en las numerosas películas que dirigió Claudio de la Torre: Primer amor (1941), La blanca paloma (1942), Misterio en la marisma (1943). Intervino también como actriz en El camino del amor (1944), del director José Mª Castellví y en el mítico film de Edgar Neville, La vida en un hilo (1945). No hay que olvidar tampoco su faceta como crítica de cine en Primer Plano y como guionista: escribió junto a Claudio y Adolfo Luján el guión Bajo el sol de canarias que no se llevó finalmente al cine, pero obtuvo mayor fortuna con la adaptación de su novela Tú eres él, escrita bajo el pseudónimo de Laura de Cominges, y llevada a la pantalla por el mexicano Miguel Pereira con el título Una herencia en París (1944). Este guión fue premiado con un accésit en los premios del Sindicato Nacional del Espectáculo. Abandonó, sin embargo, desengañada el mundo del cine a partir de 1945. El hecho de no haber obtenido papeles protagonistas y el rechazo del ambiente frívolo y desenfadado de la vida del celuloide alejaron a Josefina de la gran pantalla, como ella misma ficcionó en su novela Memorias de una estrella. Volvió esporádicamente a interpretar papeles de reparto en series televisivas durante los años sesenta y setenta, como Historias para no dormir, dirigida por Narciso Ibáñez Serrador. Su última colaboración en televisión fue en 1983 en el capítulo primero de la afamada serie Anillos de Oro, con Ana Diosdado e Inmanol Arias. En su breve aparición nadie sospecharía que detrás de esta actriz estaba escondida una de las grandes poetas del XX. Desde esa fecha hasta su muerte, siguió escribiendo poemas en privado, cobijada en el silencio de su piso frente al río Manzanares. Supo contrarrestar su soledad octogenaria con algunas escapadas al Rastro, donde compartía un puesto de antigüedades con su cuñada Mercedes Ballesteros. Sin embargo, tres años antes de morir pudo disfrutar de un nuevo amanecer en su crepúsculo: el traductor norteamericano Carlos Reyes la vino a rescatar del olvido al traducir sus poemas al inglés; la Academia Canaria de la Lengua la nombró en 2002 Miembro de Honor de la misma; y en 2001, un año antes de morir, la Residencia de Estudiantes de Madrid le preparó una exposición-homenaje, titulada Los álbumes de Josefina de la Torre. La última voz del 27 que fue inaugurada por la propia Josefina, a sus 94 años. Esta serie de acontecimientos allanaron el camino para que en 2007 el Gobierno Canario llevara a cabo la conmemoración del centenario de su nacimiento, comisariado por Alicia R. Mederos, con exposiciones, seminarios y documentales sobre sus diferentes facetas artísticas que la situaron otra vez en el lugar que le correspondía: junto a sus compañeros de la generación del 27.

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Josefina de la Torre.

En 1997, el programa de la UNED El Rincón Literario le dedicó uno de sus capítulos, una entrevista y reportaje biográfico en vídeo, de la serie Poetisas del 27 , con motivo del 70 aniversario de la Generación del 27.

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[1]Gómez de la Serna, Ramón, “En, por, sin, sobre el sinsombrerismo”, El Sol (Madrid), Año XIV.—Núm. 4.067, domingo 24 de agosto de 1930, p.10

[2] Torre, Josefina de la, “Vida”, en Gerardo Diego, Poesía Española (Antologías), Madrid, Cátedra. Letras Hispánicas, 2007, p. 853.