La telefonista del 18 de julio

En su época de periodista en activo, Don Gregorio Martín Díaz llevaba a reparar su Vespa al taller de mi padre, un buen amigo que se convirtió en su padrino de boda. Un día, ya en su jubilación, tuvo el detalle de regalarnos su libro, Anteayer en Las Palmas (1992). De aquellos textos, narrados con una prosa de periodista de antes, atenta a los detalles, irónica y certera, dejando a veces historias abiertas para seguir investigando; uno me llamó especialmente la atención: La telefonista de la madrugada del 18 de julio. Historia que, con permiso de su autor y editores, recuperamos en este artículo.

El contexto

Es sabido que el general Franco, protagonista absoluto de aquel día, pasó la noche del 17 al 18 de julio en el Hotel Madrid de Las Palmas de Gran Canaria. Que tras ser “castigado” por el Gobierno de la República con su envío a la isla de Tenerife y otorgándole el cargo de Comandante General de Canarias, se había trasladado a Gran Canaria para acudir al entierro del general Balmes, quien había muerto en un extraño accidente en el campo de tiro de La Isleta cuando intentaba desencasquillar su arma. Y también es sabido que algo se cocía en ciertos ambientes militares. Que algo tenía aquel hombre en la cabeza además de rendir honores a un compañero. Más que rezar por la salvación del alma del general, aquella noche debió rezar por la salvación de la patria. Luego, se puso a la suyo, convencido de que, además o quizás mejor que Dios, él era el elegido y mejor capacitado para conducir aquella salvación.

Gregorio Martín Díaz

«Durante más de cuarenta años la página alusiva al episodio que nos ocupa ha permanecido en blanco. A partir de este momento, rompo el silencio que he guardado en mi interior, sin otro fin que el de evitar que la Historia de España ande coja hasta el fin de sus días (…) Tengo dicho, y así consta, que pertenecí a la redacción del diario La Provincia, periódico que se editaba por entonces en el número 5 de la calle de Colón (…) La redacción de un periódico es el lugar donde se cuecen las informaciones que afloran del cotidiano vivir. Gente que entra, gente que sale; gente que busca el contacto con los chicos de la prensa porque ello viste lo suyo. (…) La noticia no vino a mi conocimiento por razón de oficio ni por lógica de ballanguera, vino a mí porque la señorita que cubría el servicio de la central de teléfonos en la madrugada del mentado 18 de julio, me ofreció la primicia».

La noche

Cuenta Martín Díaz que aquella telefonista, a la que nombra solo como «huérfana», cayó en la cuenta de que las comunicaciones entre el Ministerio de la Gobernación y el despacho del Gobernador Civil en Las Palmas eran constantes y que, en un momento de esas conversaciones telefónicas, alcanza a escuchar lo que la lleva a caer en la cuenta de que «¡Le van a tender una trampa (…) Lo van a tomar por sorpresa».

Por qué aquella mujer pensó de aquella manera es un misterio. Por qué dedujo que le tendían una trampa a un hombre y no que las autoridades intentaban detener a un traidor, solo ella lo sabría. Nos preguntamos qué escuchó para interpretar que debía salvar a aquel general. El relato nos da alguna pista.

Gregorio Martín Díaz

«Por el pensamiento de la telefonista se entrecruzaron múltiples ideas… “Qué disparate!… ¡No lo puedo consentir!…”, y las clavijas entraban y salían con celeridad en el panel correspondiente (…) La joven, por supuesto, no entendía de política ni de politiquerías, pero no era consciente de que alguien estaba en disposición de cometer una tropelía. Su pensamiento hacía de yunque, al tiempo que dudas y miedos martillaban sin piedad sobre su conciencia».

La llamada

Continúa el cronista relatando el estado de ánimo de la telefonista, quien sabedora de que «ella era muy poca cosa, simple empleada», temía faltar al rigor profesional que le imponía escuchar y callar. Reflexionaba sobre la posibilidad de dar un mal paso, equivocarse, perder su empleo, terminar en la cárcel, y pensando en su familia se preguntaba: «¿Y mis viejitas?». Entonces, además de encomendarse a la patrona de la isla, tomó una decisión histórica y estableció comunicación con el Hotel Madrid.

Gregorio Martín Díaz

«El enlace con el recepcionista del Hotel Madrid quedó establecido en horas de la madrugada.

—   ¿Es el Hotel Madrid?

—   Sí, señorita.

—   Por favor, póngame con el general Franco.

—   No sé si podrá ser, está descansando.

—   Es urgente… Se trata de la conferencia que tiene solicitada.

Imposible establecer qué clases de pensamientos cruzaron por la cabeza del general».

La trama

Y tampoco podemos establecer qué clase de pensamientos se cruzaron por la cabeza de la telefonista, pero, evidentemente alterada, cuenta al general lo que había escuchado. «¡Por los clavos de Cristo, no intervenga!», le implora. Y el general, que escuchaba atento lo que aquella mujer le contaba, parecía apuntar mentalmente cada detalle, cada nombre y, ante la insistencia de su salvadora, con sorprendente calma, solo le dijo: «Señorita, no me cogerán dormido… Lo garantizo… que Dios la bendiga… Buenas noches».

Casi nos podemos imaginar el silencio posterior en la centralita. La soledad de aquella mujer, quizás reflexionando sobre si había hecho lo correcto. Era una noche de verano, posiblemente habría sido un día caluroso y de madrugada una brisa ligera subiera desde el cercano malecón hasta el edificio de la central telefónica. Puede que se asomara a alguna ventana para sentir esa brisa. Por la mañana cedería su turno a alguna compañera e iría caminando a casa, se metería en la cama y despertaría al día siguiente en otro país. Se levantaría e iría de nuevo a trabajar, seguramente informada de lo que estaba sucediendo. Posiblemente, sin ganas de volver a escuchar más conversaciones.

Gregorio Martín Díaz

«A tenor de lo mucho que expuso en la madrugada de aquel 18 de julio, la telefonista de referencia acarició la idea de verse algún día recompensada con algunas de las condecoraciones que por entonces fueron repartidas. Nada de eso. El Generalísimo prosiguió su marcha, sin reparar en el hada buena que una noche del verano canario apareció en su camino (…) Andando el tiempo, aquella mujer se fue a la tumba de vacío, sin otro título que el que corresponde a las heroínas que han vivido en el anonimato».

El resto es historia

Aquella misma madrugada, Franco había recibido un telegrama desde Tenerife que decía: «Jefe Circunscripción Melilla a Comandante General Canarias. Este ejército levantado en armas se ha apoderado en la tarde de hoy de todos los resortes del mando en este territorio. La tranquilidad es absoluta. ¡Viva España!, Coronel Soláns». El golpe había comenzado.

Al día siguiente, el general debía trasladarse al aeródromo de Gando para tomar el Dragon Rapide, que lo llevaría primero a África y luego a la Península. Franco tenía previsto dirigirse hasta allí por carretera, pero lo que hizo fue ir al embarcadero del muelle de San Telmo, donde embarcó en un remolcador que lo trasladaría hasta Gando.  El gobernador civil de Las Palmas, Antonio Boix Roig, y el teniente coronel de la Guardia Civil, Emilio Baráibar, tenían la orden del Ministerio de la Gobernación y la dirección General de la Guardia Civil de capturarlo vivo o muerto. No pudieron hacerlo. Se vieron sorprendidos por el cambio de itinerario del general golpista —ya confirmado desde Madrid—, y a pesar de que podrían haber disparado contra el barco, dudaron y Franco pudo llegar a su destino. El resto es historia.

No podemos saber si Franco cambió sus planes para aquella mañana del 18 de julio gracias a la llamada de la anónima telefonista, ni si el golpe habría fracasado de no haberse producido la advertencia. No nos atrevemos a juzgar la decisión de aquella mujer que actuó según le dictaba su conciencia, arriesgando su propia seguridad por hacer lo que creía correcto. El relato de Don Gregorio no nos cuenta nada sobre lo que pudo pensar tras conocer la trascendencia que pudo tener su llamada. Por suerte, lo podemos ver en la distancia como la gran anécdota de aquella madrugada. Una anécdota que, de no haberse producido, bien podría haber cambiado la historia de España.

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Gregorio Martín Díaz nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1913. Fue escritor, periodista y autor teatral. Trabajó en La Crónica, La Provincia, Diario de Las Palmas, La Hoja del Lunes, Canarias Deportiva, y Guanarteme. Escribió en las páginas de deportes, local, sucesos, reportajes y entrevistas. Como columnista, sus secciones de Inspección de Guardia y Vueltas en redondo, del matutino La Provincia, fueron muy celebradas. Entre la colección de títulos de su creación figuran: Un espíritu en el ambiente; El Santanero; Rejón, capitán de Castilla; El Palenque; Un gato en altamar; La boda de Julio Viera; Banquillo de acusados…

Del texto La telefonista de la madrugada del 18 de Julio. Publicado en el libro Anteayer en Las Palmas, Narraciones de un abuelo canario, Ediciones Idea, Centro de la Cultura Popular Canaria, 1992.

Seguimos buscando a esa telefonista anónima…

En memoria de Don Gregorio.