¡Recemos para que dejes de ser gay!

De la Colonia Agrícola de Tefía a las clínicas que “curan la homosexualidad”


El vicio que se quita con hambre y, si no funciona, a palos.

Diez Padre Nuestro, diez Ave María, 75 miligramos de Ludiomil diarios y otros 20 de Dogmatil. En el año 2010, el diario EL PAÍS, confirmaba la existencia de clínicas donde se podía curar este “vicio”. Ángel Llorent se sometió durante más de 10 años a un tratamiento para tratar de alejarse de todo lo gay. «Tenía que rezar si veía un chico guapo en la calle», explica este “enfermo de homosexualidad” que quería convertirse en un hombre “normal”. Dejó su trabajo y sus amigos. Cambio de vida. Por un tiempo logró ser exgay. No funcionó e intentó suicidarse.

Canción homófoba murga NiFuNiFa

Ahora que la homosexualidad cada día que pasa se esconde menos. Ahora que te puedes casar con alguien de tu mismo sexo. Ahora que gais y lesbianas viven un momento de aceptación, después de siglos de tópicos y rechazos, de estigmatización… Ahora que todos somos casi normales, con independencia de nuestra sexualidad. Ahora que ya no hay nada que hacer porque ya está todo hecho he decidido ponerme el disfraz e irme de Carnaval. Pero lo haré sin careta, porque en España, como dicen y dicen, está ya todo hecho, por lo que no tendré vergüenza de hacerlo a pecho descubierto. ¿Qué me puede pasar?

España es, sin lugar a dudas, un país pionero en la lucha a favor de los derechos de colectivos represaliados, como el homosexual. Sin embargo, no resulta difícil encontrar, en ambientes tan liberales como unos carnavales en Canarias, letras de una murga (Ni-Fú Ni-Fá), tan retrógradas y ofensivas como la anterior. Si esto ocurre aquí, en estas islas avanzadilla del movimiento LGTB, ¿sabrá alguien decirme lo que está ocurriendo en cualquier pueblo pequeño de la España más rural? ¿En el resto de Europa, en aquellos lugares del mundo en dónde, como antes a las cabras, se siguen “tirando maricas desde los campanarios”?

¿Tanto han cambiado las cosas?

En el año 1940 el Jefe del Estado Mayor de la zona de Canarias visitó Fuerteventura para ver la posibilidad de construir un nuevo aeropuerto. Se eligió la planicie de Muchichafe, en Tefía, a 22 kilómetros de Puerto del Rosario. En el año 1941 comienza la construcción del mismo con el fin de darle un uso principalmente militar, pero también civil. En 1942 aterrizó el primer avión, un Junkers JU-52. En 1950 Tefía abrió oficialmente al tráfico aéreo nacional completo y para escalas en vuelos internacionales. El único problema  era la mala comunicación con la capital, así como los cambios de vientos. El aeropuerto duró muy pocos años abierto, y en 1952 cerró cediendo las instalaciones al Ministerio de Hacienda, y este a su vez al de Justicia.

Desde el final de la guerra civil el régimen franquista estuvo muy  ocupado en la represión de los presos políticos, que sin lugar a dudas, era el colectivo que más les preocupaba. A partir de 1950, con la mayoría de políticos disidentes en prisión, el régimen comienza a buscar nuevos focos sobre los que actuar y a los que represaliar. Uno de los colectivos más afectados por este cambio de aires será el homosexual.

Con un gran eufemismo se pone en marcha  en 1953 la Colonia Agrícola Penitenciaria, también llamada Colonia de Vagos y Maleantes. El alcalde de Puerto de Cabras (en la actualidad Puerto del Rosario) se quejó de llenar «Fuerteventura de todos los indeseables que no querían en ningún otro sitio». En Mayo de 1954 comienzan a llegar los internos procedentes del resto de archipiélago. El viejo aeródromo de Tefía se convirtió en un campo de concentración donde se enviaba a los catalogados como “invertidos”,  en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. En todo el tiempo que permaneció abierto pasaron por el centro casi 100 presos condenados por ser homosexuales, con el fin de cumplir una pena que oscilaba entre uno y tres años. La duración de la condena, arbitraria siempre, dependía del director del establecimiento, que dictaba la pena  y condenaba a ojo de buen cubero.

¡Palizas, hambre, humillación! ¡Látigos, varas, fustas!

Todo era válido para luchar contra la «inversión sexual, contra el erotismo desviado, contra esta ofensa al honor y las buenas costumbres, contra la perversión sexual, contra el nefando tráfico sodomita, contra este vicio antinatural, atentando a la moral, a la familia y a la sociedad, contra esta repugnante porquería, contra lo soez y lo impúdico. Contra-natura». (Calificaciones sobre la Homosexualidad en los expedientes del Tribunal Supremo del Franquismo recopilados por Armand Fluviá , autor de El homosexual ante la sociedad enferma,1978).

Los homosexuales cumplían condena siendo sometidos a trabajos forzados  y con escasa alimentación. La duración de la condena por homosexual se establecía entre 1 y 3 años, más otro año sin poder residir en la localidad de origen y sometidos a vigilancia durante los siguientes 5 años, período en el que debían  firmar una vez al mes en comisaría. La edad media de los presos estaba entre los 18 y los 23 años. El objetivo de la colonia agrícola no era otro que “hacer reverdecer el desierto”. Picar piedras y calmar el ánimo del represaliado. Quitarlo de la vista de todos, cambiarlo por otro, convertirlo en otra persona, en un hombre de bien, en un hombre de misa diaria, junto a una buena mujer.

El endurecimiento en el  trato a los homosexuales se produce con la modificación de la Ley de Vagos y Maleantes, que en realidad era una ley republicana, pero que no incluyó a los homosexuales hasta mucho más tarde, en el año 1954. Pero lo más grave es que se trata de una ley que continuó vigente mientras España hacía ejercicios para llegar a la democracia. En el año 1970 se cambia esta ley por la Ley de Peligrosidad Social, que no  deja de estar vigente, en realidad, hasta casi 1980.

Ficha de Silvia Reyes, procesada y encarcelada en 1974 por la Ley de Peligrosidad Social. Foto: cortesía de la Asociación de Expresos Sociales de España.

Ficha de Silvia Reyes, procesada y encarcelada en 1974 por la Ley de Peligrosidad Social. Fotografía: cortesía de la Asociación de Expresos Sociales de España.

Con esta ley en la mano se “reeducaron decenas de desafectos, vagos, maleantes e invertidos socialmente, individuos peligrosos para el régimen patriotero…” Dadas las condiciones semi desérticas del terreno lo de Colonia Agrícola era casi un chiste. La agricultura que se desarrollaba en la zona consistía en picar piedras y cultivar la esperanza de no morir de hambre.

Ser homosexual era de lo peor que se podía ser en esta época. Un preso político por lo menos recibía la visita de sus familiares en la cárcel. A la homosexualidad se le sumaba siempre la vergüenza social que eso representaba. Mientras que los presos políticos, en cierta medida, sí contaban con defensa y apoyo social, los condenados por homosexual se encontraban en el último escalafón de la sociedad.

Las denuncias por homosexualidad llegaban por simples rumores o, por ejemplo, porque se les veía en ciertas actitudes que para la policía podían ser sospechosas. Cualquiera podía denunciarte. Al ser la condición sexual algo que no se pierde, estaban siempre vigilados, y eran habituales los presos reincidentes en la Colonia Agrícola de Tefía. Sin juicio en la mayoría de los casos o con un juicio en el que el denunciado no estaba presente, acompañados con un informe médico en el que se les llamaba pederastas, ya que en ese momento, todo era visto de la misma forma. Lo innombrable.

La iglesia y los presos

Prudencio de la Fuente, ex carmelita descalzo y sacerdote castrense, fue el director del centro. Él es quien decide que preso debe permanecer interno y el tiempo que lo debe hacer. Lo hace atendido por funcionarios, la mayoría excombatientes o jubilados con vocación de carceleros, en un centro donde ni tan siquiera hay agua corriente y en donde toda la actividad se reduce a cargar piedras, sacar agua, picar piedras… Una y otra vez. Así hasta caer sin aliento. Así todos los días, alimentados con comida en mal estado, habitualmente llena de gorgojos.

Juanito el Pionero, Octavio García, Juan Curbelo Oramas, Antonio Hernández son algunos de los valientes que lograron salir del campo aún con ganas de seguir viviendo. Coinciden en la dureza y crueldad que allí se gastaba para darle un giro a la orientación sexual. Con trabajo duro y con rezos, pero sobro todo, con palos y mucha hambre.

Las historias de muchos de estos presos son similares. Hombres que “pecaban”, se confesaban, recibían la absolución, volvían a pecar, se confesaban… y así, una y otra vez, atendidos por el párroco del pueblo hasta que éste era cambiado y el que lo sustituye, al oír los pecados, se niega a darle la absolución, y además, les denuncia… Hombres que , a pesar de todo, se refugian en la fe para soportar la crueldad que se desarrolla dentro de la Colonia Agrícola. Como recibimiento “se les obsequiaba” con un paseo por la isla, con la cabeza rapada, sobre un camión, mientras sufrían los insultos y el escarnio público. Y, como despedida, muchos de ellos, en un último acto de humillación, eran obligados a desnudarse, ponerse a cuatro patas y soportar insultos y golpes.

Para entender el grado de humillación al que se podía llegar basta con conocer la existencia en España de dos cárceles más, especializadas en homosexuales. La de Badajoz y la de Huelva. Una para homosexuales activos y otra para pasivos. Dirigidas para mantener “el orden social y la curación del invertido”, como apuntan los historiadores estudiosos del tema. En las cárceles no especializadas como la de Carabanchel en Madrid o la Modelo en Barcelona muchos de los internos fueron violados sistemáticamente, detectándose casos extremos en los que los reclusos eran incluso prostituidos por los propios funcionarios.

La Colonia Agrícola de Tefía permaneció abierta casi doce años aplicando las ideas del régimen franquista para “curar homosexuales”. Pero no debemos olvidar que estos hombres fueron antes condenados por tener una orientación sexual diferente. Condenados a cumplir de uno a tres años de trabajos forzados y a sufrir privación de libertad mientras el régimen los “curaba”. No debemos olvidar que junto a esa privación de libertad, el hambre y las palizas, estos presos sufrieron, además, el abandono de sus familias, la vergüenza del resto de la sociedad y el rechazo más absoluto de la gran mayoría de españoles. Fuerteventura era el lugar “ideal”. Ya había sido utilizado como lugar de destierro desde 1800.

Inauguración del Monumento a represaliados homosexuales en el antiguo campo de concentración de Tefia, Fuerteventura. Foto: Asociación Expresos Sociales de España.

Inauguración del Monumento a represaliados homosexuales en el antiguo campo de concentración de Tefía. Fotografía: cortesía de la Asociación de Expresos Sociales de España.

Psicología y Psiquiatría

Gonzalez Duró, Marcos Merenciano, Vallejo-Nájera  e incluso el propio López Ibor, entendían que la homosexualidad era una enfermedad cuya causa estaba muy ligada al pecado,  a un ser humano con «naturaleza caída», y de ahí la conveniencia de que el psiquiatra fuera «cristiano y católico, un hombre sano y vertical, religioso y de derechas por naturaleza». La homosexualidad primero se “curó con hambre y palos” para pasar luego a tratar de  corregirla con la “ciencia médica”.

En este contexto científico arbitrario y surrealista, los homosexuales eran considerados en el mejor de los casos como enfermos. Se les aplicaron terapias aversivas –medicación para inducir el vómito o descargas eléctricas mientras se les mostraba “pornografía homosexual”—, electrochoques o lobotomías. Lopéz Ibor llega a presumir de sus «exitosas lobotomizaciones a gais». La revista Interviú recoge un fragmento de una conferencia suya en Italia en 1973 donde decía: «Mi último paciente era un desviado. Después de la intervención del lóbulo inferior del cerebro presenta, es cierto, trastornos en la memoria y la vista, pero se muestra más ligeramente atraído por las mujeres». Estas técnicas, en su totalidad, empezaron a aplicarse ya en la Primera Guerra mundial cuando los altos cargos del ejército alemán comenzaron a detectar comportamientos homo eróticos entre las tropas.

A partir de 1970 el Régimen pasó de considerar la homosexualidad un delito y comenzó a considerarla  una enfermedad.  Se castigaban “los actos de homosexualidad” pero no el hecho de serlo. Algo sumamente arbitrario que dejaba la decisión final en manos del juez. Lo que ya se había decidido era que la homosexualidad constituía una amenaza que había que tratar, lograr curarla, por ser una lacra terrorífica para la población. El juez podía considerar oportuno que el homosexual se sometiera a terapia en lugar de ser enviado a prisión.

En 1977, la UCD planeó la creación de diez mil plazas para la “reeducación de homosexuales”, un plan abortado cuando la Constitución prohibió un año después clasificar a las personas por su sexualidad. Esta situación, que hoy nos parece tan anclada en el pasado, se extendió prácticamente hasta 1980, cuando la judicatura dejó de aplicar la Ley de Peligrosidad Social (antigua Ley de Vagos y  Maleantes) y una proposición de ley del PSOE y PCE  contribuyó a que, al menos, eliminasen los apartados dedicados a los homosexuales.

El saldo final se acerca a los 5000 homosexuales encarcelados en toda España, pero es cierto que nunca se podrá cuantificar cuántos se marcharon de aquí, cuántos se suicidaron por el estigma social y el miedo a la represión —muchas veces de sus propias familias—, y  cuántos sufrieron una vida de auto negación y privaciones.

Gay

Quirófano del Hospital Penitenciario de Madrid en 1956. Fotografía: Cortesía de la Real Academia Nacional de Medicina.

Hay quien sigue queriendo cambiar la orientación sexual

El debate sobre si es posible cambiar la orientación sexual continúa. La “terapia de conversión” para los homosexuales no está prohibida en los EE.UU.  El debate está abierto, favorecido por cierta prensa conservadora que le sigue dando cabida en sus soportes, apoyando que la elección de la orientación sexual es algo que se puede modificar. La postura de la APA (Asociación Americana de Psicología) no ha sido clara durante mucho tiempo y, por supuesto, no ha prohibido la “terapia de conversión para homosexuales”, ni la ha considerado poco ética, salvo en casos muy concretos en los que se detectó una gran presión social.

En la actualidad estas terapias están condenadas —tarde y no siempre de forma clara— y rechazadas por la American Psychiatric Association, pero no prohibidas. Estos estudios —sin base científica, sin muestreo suficiente, sin controles, etc.— ofrecen datos sobre el porcentaje de “curación”, de más de un 75% sobre el objeto de estudio. Los datos y los estudios carecen de base científica, pero hay un patrón que se repite en la mayoría de los casos, y es el fuerte vínculo con la religión —religión que castiga y exige— que cuenta la mayoría de personas que deciden someterse a este tipo de terapias.

Lo que sí está muy cuantificado es el beneficio económico que las empresas  encargadas de  cambiar la orientación sexual consiguen a través de los cursos,  seminarios y retiros en los que ofrecen “terapias de conversión “. Se trata de  una industria millonaria y ampliamente practicada por grupos cristianos conservadores. Estos grupos han estado concentrados por lo común en los EE.UU., si bien es cierto que Gran Bretaña, así como otros lugares en el mundo, han sufrido, últimamente, una labor misionera de estos “salvadores”.

Ahora bien, junto con este florecimiento se ha dado también algún que otro derrumbe de gran importancia. Alan Chambers, presidente de Exodus International, la organización de ex homosexuales —por lo menos, supuestamente— más importante del mundo, renunció a su postura de ser capaz de “curar” la homosexualidad.

Gracias al trabajo y la presión de movimientos críticos el estado de California votó por cambiar algunas cosas y, con 22 votos a favor y 12 en contra, se consiguió que las “terapias de conversión “ se prohibieran en niños y jóvenes, ya que estos no pueden ofrecer el consentimiento informado necesario. Aunque no quedaron prohibidas para adultos.

En el reportaje anteriormente citado de EL PAÍS, publicado en 2010, se recogían casos en España de clínicas que “curaban la homosexualidad”. La cura, en la mayoría de los casos, además de castración química por vía oral, llevaba asociada sesiones de sexo con mujeres y castigos físicos contra los pensamientos impuros.

Desde psiquiatras particulares en la comunidad evangélica de Barcelona, hasta clínicas de renombre como la Policlínica Tibidabo se vieron salpicadas por este reportaje, que vio la luz gracias a las denuncias de la Asociación Cristiana de Gays y Lesbianas de Cataluña y al Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid, donde  conocen de cerca muchos casos de personas que se someten a estos tratamientos. Sostienen que tratar como enfermedad algo que no lo es, debería ser considerado un delito.

La Organización Mundial de la Salud excluyó la homosexualidad como enfermedad en el año 1990. La respuesta, entonces, y ahora, sigue siendo la misma, y es que el Ministerio de Sanidad español no tiene registros oficiales sobre clínicas que practican este método, si bien es cierto que sólo basta meterse un rato en google,  teclear algo como «no estoy feliz siendo gay» y bucear en la red. Si quieres encontrar psicólogos y psiquiatras dispuestos a “ayudarte” los encuentras, si bien es cierto que la inmensa mayoría de ellos se sorprendió al oír el motivo de mi llamada. En España,  hasta el momento, no hay grupos de exgays establecidos, al menos de forma oficial, como si ocurre en los EE.UU. con Exodus Internacional, que utiliza la religión y la abstinencia como principal mecanismo para luchar contra la homosexualidad.

Como mínimo “curiosas” son las teorías de Aquilino Polaino, el experto de la Universidad Complutense, que en el año 2005 fue invitado por el PP al Senado para explicar los daños que pueden causar a los hijos las parejas gays. Polaino defiende las “teorías reparativas” y considera que la homosexualidad surge entre hijos de parejas disfuncionales.  Pero no es el único. La psicóloga Patricia M. Peroni o Jokin de Irala, de la Universidad de Navarra, han escrito libros —que se han publicado— y ofrecen conferencias en las que afirman que la homosexualidad puede revertirse. Lo mismo que pensaban los carceleros de la Colonia Agrícola de Tefía en  1954.

En 1930 la “cura” de la homosexualidad venía en forma de pequeñas dosis de electrochoques. Ochenta y seis años después, el doctor Joseph Nicolosi, fundador de la Asociación Nacional de Investigación y Tratamiento de la Homosexualidad y de la clínica Santo Tomás de Aquino, en Los Ángeles, sostiene que el camino a la heterosexualidad se encuentra en la motivación y en las “terapias de reorientación”. Según él, las posibilidades de éxito se manifiestan en dos de cada tres casos.

En Alcalá de Henares, Madrid, encontramos otor ejemplo.  Su obispo, Juan Antonio Reig Pla, publicó en su página web una guía para dejar de ser homosexual hace apenas unos años. El método recomendado por el obispo consistía en la lectura de determinados párrafos de la Biblia, la oración y el estudio de las vidas de San Carlos Lwanga y San Pelayo.

¿No hay lugar para la lucha? ¿Está tan lejos la Colonia Agrícola de Tefía? ¿Podemos afirmar, sin lugar a equivocarnos, que el trabajo está hecho y que no queda margen para seguir trabajando, que no hay espacio para reivindicaciones ni para manifestarnos?

Hace algunos años habría jurado que en estos tiempos ya no quedaría lugar para la lucha del movimiento LGTB —salvo en aquellas partes del mundo donde sabemos que no se respetan las libertades individuales del ser humano—, en junio de 2016 no estoy tan seguro. La información y el respeto se deben poner en práctica todos los días y, lo más importante, la vigilancia por parte de las instituciones, para evitar que con la palabra se pueda dañar a los más vulnerables, a los que tienen dudas, a los que no se sienten bien y piden ayuda. Hoy, más de 50 años después de que cerrara la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, estoy convencido de que sigue siendo necesario trabajar para conseguir que todos, con independencia de religión y de su orientación sexual, seamos considerados iguales, que los derechos conseguidos se respeten, y que los que faltan por conseguir se conviertan en una prioridad. Sólo la información, la educación y el respeto absoluto a las creencias del otro se traduce en grandes logros. Todo lo que se haga actuando fuera de estas premisas está condenado al fracaso.

La Asociación Arcópoli, para la defensa de los derechos y libertades LGTB, confirma que en lo que va de año el número de agresiones en Madrid contra este colectivo se ha doblado. Más de 60 en lo que va de año. El doble que el año anterior. En todo el territorio español en el año 2015 se contabilizaron 513 agresiones, un 13% más que en el año anterior. Al paso que vamos, este año también se cerrará con más agresiones a este colectivo que el año anterior. El Observatorio Madrileño contra LGTBfobia no para de dar la voz de alarma y trasladar estos delitos de odio al comisario encargado en la Comunidad de Madrid. El coordinador de Arcópoli, Yago Blando, ha asegurado que el incremento de este tipo de agresiones “exige un plan de choche para erradicar estas situaciones en la capital”.

Ésta es la imagen con la que cerramos hoy nuestra historia reciente. La fotografía —nada positiva— con la que nos encontramos en una de los países más tolerantes del mundo con los homosexuales, cuyas leyes más han avanzado en la defensa de los derechos y libertades de este colectivo. En donde la sociedad ha pasado de la risa y el cuchicheo (de la criminalización y la enfermedad) al respeto en la mayoría de los casos.

Vídeo: Cortesía de la Asociación de Expresos Sociales de España.

¿Está todo hecho?

Al comenzar este reportaje creía con determinación que conforme pasaban los años en la historia que contaba, el espíritu y el ánimo irían creciendo, y que posiblemente muchas de las acciones —manifestaciones, reivindicaciones, acciones callejeras reivindicativas— comenzaban a carecer de valor y que formaban parte más de una fiesta-tradición —a veces, un tanto carnavalera— que de un problema real al que debíamos enfrentarnos. Estas últimas cifras me demuestran que no, que si bien el panorama ha evolucionado con el esfuerzo infinito de grandes hombres y mujeres que han dejado su vida en el camino, continúa habiendo mucho por lo que seguir luchando, porque no olvidemos que España, Europa —a pesar de estas cifras de agresiones descomunales— sigue siendo el lugar más seguro para vivir sin miedo la homosexualidad.

No, siento decir que no está todo hecho, que queda mucho trabajo por realizar, en el que todos —cada uno desde el lugar que ocupe— estamos llamados a dar un paso adelante. No hacerlo posiblemente no agrava la situación. De lo que estoy seguro es que no hacer nada, no mejora nada. Un gesto mínimo, o quizás no tanto, podría ser negarnos a cantar las letras de ciertas canciones.