Ojos de Garza: trinchera de salitre

Encallado en el municipio de Telde, el barrio de Ojos de Garza se alonga al mar. A la avenida de la playa se le arrugan los dedos de los pies cuando sube la marea, que se cuela cada día en las terrazas de sus vecinos.

Como si hubieran sido devueltas por el mar, la veintena de casas de la playa de Ojos de Garza se deben al salitre y al yodo, peleando con la arena que alarga la playa hasta la puerta de los hogares.

En las calles los vecinos se saludan desde las ventanas y las mecedoras y sillas de playa se aprietan en las aceras para la merienda, el chisme y la huida del reboso, que siempre acaba con alguna chola robada por la marea. No hay problema. Los niños, reyes del margullo, aprovechan cualquier oportunidad para volver al baño, correteando entre callaos o a la caza del caboso despistado entre las rocas.

Las veredas conviven con nasas y cabos en un entresijo de arquitectura tan caprichosa como caótica. A modo de zoco, en las esquinas se roba un beso adolescente o duerme la siesta un gato confianzudo. Reflejos y pasillos, laberintos de cascarilla de pintura, todas ellas con el mar de proa.

Sin embargo, cuando el sol comienza a caer por detrás de los molinos eólicos, el pueblo pliega sus velas y acaba el día con el ruido de los golpes de las zapatillas que se sacuden en las fachadas. Es en ese momento cuando la playa de Ojos de Garza se convierte en un barrio fantasma, que aunque parece dormido disfruta de una paz extremadamente ruidosa.

El vaivén de las cortinillas de las puertas, el murmullo del mar, el callao que va y viene en una maratón agotadora en la orilla y el pescador que afila el viento con su sedal son solo cuchicheos frente al ensordecedor ruido de los aviones que afeitan las azoteas. Y ante el alboroto, los vecinos ni caso.

Solo los foráneos apuntan sus frentes al cielo, prueba infalible de que no pertenecen a la zona. Sin embargo, la sombra de los aviones se ha hecho cada vez más alargada ante la amenaza de la ampliación del aeropuerto, vecino puerta con puerta del barrio marinero.

El acecho de Aena es la nueva cruzada de los residentes, en un conflicto más agotador que preocupante. Esta trinchera de salitre está acostumbrada a las batallas. El uniforme de guerrero, unas calamar, gafas y tubo. Es el precio a pagar por un salón con vistas al Atlántico.

Haciéndose un hueco en la paz sorda del litoral, el guirigay de unos viejos amigos y un juego de cartas llama desde el final de la avenida. Es la casa del Peñita, hogar de medio vecindario.

La joya de Antonio Peña luce ensalitrada por fuera y brillante por dentro. Reciclada a base de historias e imán para los turistas, su libro de visitas es el cuaderno de bitácora de un barco durante décadas varado.

Pero a pesar de ser un buen lugar donde fondear, si se acerca la noche es mejor dar un golpe de timón o el bar se quedará sin bocadillos de puntillas de calamar.

Con la brisa zigzageando por los recovecos, las señoras se cierran sus chaquetillas. “A esta hora se mete viento”, advierten. Quizás solo el Peñita conozca la playa mejor que ellas, o no. Lo que está claro es que pase lo que pase su tumbona está clavada en la costa como el noray que ata a un gran buque. Ni Aena ni Costas conseguirán que los soldados del barrio de Ojos de Garza abandonen sus posiciones.

Bueno, solo si Neptuno así lo ordena. Al fin y al cabo, él es el que manda.

Imagen de Manu Navarro. Las Palmas de G.C., 1992. Reside actualmente en Madrid. Realizó estudios en Audiovisuales. Es fotógrafo colaborador en diversos medios periodísticos. Le interesan más la personas que las fotos y las historias más que la estética. Firmemente convencido de que una imagen no cambia el mundo, también lo está de que hay historias en el mundo que han de ser contadas.