Primero bailamos en  Stonewall. Luego, en todo el mundo

Pasaban dos minutos de la una de la madrugada, era sábado y hacía calor. Cuatro hombres con pelucas de mujer, falda y fulares de plumas llamaron a la puerta del Stonewall Inn, en los números 51 y 53 de la Calle Christopher. El portero del pequeño local echó un vistazo por la mirilla para asegurarse de que se trataba de gays quienes pedían paso a uno de los locales de ambiente del Greenwich Village. Había otros en Nueva York, pero sólo se podía bailar en el Stonewall.

El lugar había sido un restaurante y más tarde un club nocturno para heterosexuales hasta que un miembro de la familia mafiosa de los Genovese, a la que había pertenecido Lucky Luciano en los años treinta, se enamoró de un transexual. Así que convenció a dos miembros más de la familia para que compraran el local por 3.500 dólares y convertirlo en un antro clandestino para gays y travestis. Allí se vendía alcohol sin licencia y drogas. En las dos pistas del Stonewall se bailaba hasta que se encendían repentinamente las luces como señal del alarma por la llegada de la policía. El Sargento Pine mandaba a sus chicos o se personaba él mismo una vez al mes para hacer una redada. Ponía en fila a los presentes, les pedía la documentación y les exigía al menos tres prendas heterosexuales a cada uno si no querían ir con él al calabozo. La homosexualidad estaba perseguida en Nueva York en 1969.

Al poco tiempo de hacer pasar a los cuatro chicos maquillados y con tacones, uno de ellos utilizó el teléfono público del Stonewall. Llamó al Sargento Pine y le dijo: “Estamos dentro. Ahora”. Los agentes del sexto distrito que aguardaban fuera entraron por sorpresa acorralando a los doscientos bailarines del local. La situación no era del todo nueva para mucha de la clientela, harta del constante acoso de la policía quien, además, cobraba una mordida al local por no precintarlo acusándolo de vender ilegalmente alcohol. Pero aquella noche de agosto fue diferente.

Los agentes sacaron a los detenidos a la calle mientras esperaban refuerzos para poder llevarlos a prisión. Entonces comenzaron a amotinarse vecinos y vagabundos de Christopher Park para pedir que la policía liberase a aquella singular y llamativa troupe de travestis, gays y transexuales. Los clientes del Stonewall provocaron a la policía y a su clá bailando pasos de cancán y cantando la canción We shall overcome (venceremos). La tensión creció y voló el bolso de algún travesti contra la cara de un policía, quien contestó con su porra. La muchedumbre en la calle tiró piedras a los agentes, pinchó las ruedas de sus coches, lanzó ladrillos. Se montó una batalla campal a las afueras del Stonewall que se cobró cuatro policías heridos y trece detenidos.

stonewall_gallery_03

No era la primera vez que se producía un altercado entre la autoridad y la hostigada y proscrita comunidad homosexual. Pero lo significativo fue que el Stonewall amaneció con pintadas en las paredes que decían: “Drag Power” (poder drag), “Support Gay Power” (apoya el poder gay), “Legalize Gay Bars” (legaliza los bares y gays) y “We are open” (estamos abiertos). Porque a pesar de que el bar estaba destrozado, a la noche siguiente regresó la misma clientela de la madrugada anterior a la que se le sumaron más gays, chaperos, “reinas”, curiosos y turistas que habían leído de la trifulca en los periódicos. Espontáneamente miles de personas se presentaron frente al Stonewall para mostrar su apoyo a los reprendidos. Una multitud atestando la calle Christopher. Y cientos de policías cargando contra ellos de nuevo.

Algo especial se gestó aquella noche del 28 de junio de 1969 en el Stonewall. Y la noche siguiente. Y también justo un año después. El 28 de junio de 1970, en el primer aniversario de los disturbios, una muchedumbre caminó durante cincuenta manzanas del Stonewall a Central Park con pancartas reivindicando la libertad sexual, la dignidad, el respecto y la legalización de los derechos de los homosexuales. Simultáneamente se produjeron movilizaciones en Los Ángeles y Chicago. El New York Times habló en portada de lo que fue la primera Marcha del Orgullo Gay. Al año siguiente se unieron a la manifestación Boston, Dallas, Milwaukee, Londres, París, Berlín Oeste y Estocolmo. Treinta años después de aquel bolsazo contra la frente de un policía, en 1999, el Departamento de Interior de Estados Unidos declaró el Stonewall Inn como Hito Histórico Nacional.

stonewall-riots

De aquello hace cuarenta años pero no ha acabado la marcha, no ha cesado la lucha. Los LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales) han logrado numerosos derechos como la despenalización de la homosexualidad y su consideración como enfermedad, el matrimonio o la adopción. Hoy 22 países reconocen el derecho al matrimonio homosexual, hace cuatro años incluso un imán gay creó la primera mezquita inclusiva de Europa en París. Pero gran parte de los gays y lesbianas sienten que han de seguir porfiando por que esas conquistas afecten o todos los países del mundo, ser solidarios con los que sufren de la misma manera que muchos gays se plantaron delante del Stonewall para apoyar a quienes estaban dentro.

Pero hay una batalla que no está en los tribunales, sino en la mentalidad de la gente. Muchos gays aspiran a despertar respeto entre toda la sociedad heterosexual, a sentirse incluidos y a la vez diferentes. En 2013 el Pew Research Center realizó una macroencuesta en 40 países preguntando por la homosexualidad. El 6% contestó que le parecía inmoral, el 55% aceptable y el 38% declaró que no le parecía una cuestión de moralidad. La aceptación y tolerancia de la sociedad mundial va creciendo pero hay una cuestión aún debatible: ¿Es la fiesta del orgullo gay una buena forma de luchar por la causa o es, sin embargo, contraproducente?

Existen dos críticas principales a la Fiesta del Orgullo Gay. La primera es el nombre. Si se está batallando porque la tendencias sexuales sean todas igualmente respetables, ¿lo ideal no sería estar tan orgulloso de la homosexualidad como de la heterosexualidad? La palabra orgullo parece expresar una superioridad, un “alarde” de condición sexual criticada tanto por algunos heterosexuales como por ciertos activistas de los derechos de los LGTB. Quizá sería más acertada la palabra “Dignidad Gay” en lugar de “Orgullo Gay”.

La segunda gran crítica a la fiesta del Orgullo Gay es la banalización del acontecimiento. Es difícil encontrar un equilibrio entre la batalla y la fiesta, entre la exigencia de derechos y la venta de perritos calientes. ¿Es realmente la mejor fórmula para que a los LGTB se les tome en serio montar carrozas con gente semidesnuda barnizada de purpurina y linimento, carreras sobre tacones y un discurso de Cayetana Guillén Cuervo? Los reproches a la mercantilización del acontecimiento son constantes dentro del propio seno de los colectivos participantes.

Pero es indudable que el gran acierto de la Fiesta del Orgullo Gay está en la palabra Fiesta. De la misma forma que los travestis del Stonewall jalearon a la multitud expectante cantando y bailando el cancán, ahora lo hacen los gays con sus espectáculos y conciertos en, por ejemplo, Madrid. Otras ciudades de España tienen su grandes celebraciones populares y, en cambio, la fiesta más representativa de la capital de España es la del Orgullo Gay. Entre un millón y un millón y medio de personas acuden para celebrar y exigir, una mixtura de algarada y protesta. Quizá está en la condición gay el disfrute, el humor, la diversión. Y es, desde luego, un éxito creciente. Madrid recibe 6.100 millones de euros cada año por el turismo gay, según un informe de LGBT Capital de 2015, y ya ha superado a Francia como primer destino europeo de turismo gay.

250.000 personas acuden a la celebración gay en Barcelona, ciudad que desde hace nueve años acoge cada agosto el mayor festival gay de Europa: el  Circuit Festival: dos semanas de fiesta en la calles y los bares, así como ofertas especiales en tiendas y hoteles. El año pasado Ibiza calcó el proyecto y este año se ha apuntado Maspalomas. España es de los países del mundo más tolerantes legislativa y socialmente con la homosexualidad. Y a los que más le gusta la fiesta. Quizá por eso seamos un pequeño paraíso gay. Algo parecido le sucede a Sao Paulo, que reúne casi a tres millones en la convocatoria homosexual más populosa del mundo.

Seguro que existen otras formas de seguir reivindicando los derechos nacionales o mundiales de los que aún carecen los LGTB, es cierto que las ciudades quedan arrasadas por una horda de ruidosas y sudorosas personas durante la celebración del Orgullo, que los vecinos no duermen, que se amontona la basura en la calle. Pero lo cierto es que los gays, las lesbianas, los transexuales y los bisexuales nunca han sido tan visibles como hoy. Posiblemente para ellos la fiesta es, no sólo la fórmula más efectiva de llamar la atención, sino la mas natural. Primero bailaron en la estrecha pista del Stonewall, luego en la acera de Christopher Street. Ahora lo hacen en todo el mundo.