La Isleta y el sexo

La Isleta tiene 10,59 kilómetros cuadrados y nació junto a, por, y desde el Puerto de la Luz y según la definición de Wikipedia es el barrio más popular del distrito Puerto-Las Canteras. Pero para mí, La Isleta es sexo melódico. Las notas del mar a este lado son bravías, a veces calmadas, con carácter, cadenciosas. Sus calles son una mezcla de sonidos simultáneos diferentes pero armónicos. El mundo parece estar concentrado en esta parte de la isla. A mí me han presentado La Isleta en múltiples ocasiones, he paseado otras muchas por sus calles, creo que incluso me he desgañitado también en una de sus arterias, no me acuerdo por qué motivo. Sin embargo, el reencuentro más dulce que tengo con La Isleta me llegó a través del teléfono. De un móvil, claro, aunque me gusta imaginar la escena con uno de esos armatostes pesados, donde tenías que meter el dedo y no perder el hilo para marcar el número deseado, y el sonido me embelesaba al dejar que el tres o el nueve volvieran junto a la plaquita metálica para marcar el siguiente. Pues bien, a través de ese teléfono, situado en una de las múltiples ventanas de La Isleta, me llegó su sonido, el del barrio, después de un lánguido día de verano, en el momento en el que por estas esquinas la luz cae, y los cuerpos semidesnudos se dirigen hacia la ducha para descansar del sol entre cuatro paredes.

Porque este barrio parece que no tiene otra cosa que ventanas, de todos los tamaños, colores, con gente asomada a ellas o toallas y bañadores en las líneas, con pinzas de la ropa agarradas a las cuerdas, deshilachadas por el viento y la sal, jugándose el tipo con las palomas.

Es el lugar perfecto de juegos para la luz que va pintando sombras durante todo el día por sus calles, marcando la hora según en qué solar, puerta, o azotea se le antoje dibujar al gato del vecino o al último empalme eléctrico que colocó no sé quien para jugar a las cartas en verano.

Sonido, el arenoso de las chanclas por el paseo, la goma con el confite que se escapó esta vez aprovechando los alisios para asomarse a la Puntilla. El plástico con la piel, una piel que grita reseca y pide calzarse un momento, sólo uno, para darse un pequeño respiro que le permita asfixiarse para volver a gozar de la libertad de vivir a dos metros del caldo salado.

Olores, aquí huele a pescado y a fuel, y se mete en los poros, no te das cuenta y eres el mismo olor cuando caminas por aquí, te confundes, eres parte de él, te pegas a las calles, vas en la boca de los vecinos, navega tu espíritu de un bar a una cocina, y por la nariz ya no puedes distinguir si eres tú o la típica comida coreana, rusa, cubana, canaria o china de La Isleta.  Es el mismo aire que por aquí se respira diferente, el sudor y las feromonas se pelean en la plaza, ¿quién puso los cubos de pintura en mi sitio que no puedo aparcar el coche? Mía, tuya, nuestra, la calle. La pasean, la conocen, y por si a alguien le queda duda, hacemos guardia. Hacemos guardia en las esquinas estratégicas, sabemos por donde y a qué hora bajan o suben, tiramos voladores, no solo para festejar a Carmen. Estos aires van cambiando, pero no la esencia, los bocadillos, las toallas, la alegría. La alegría se contagia, junto con la del vendedor de pescado, las sardinas brillantes, que miran también con los ojos abiertos temiendo que se las lleve alguien. Salir a la calle y no salir, aquí se puede estar fuera y estar dentro. Es una ciudad, dentro de otra, siempre lo ha sido, se quedaban incomunicados al subir la marea antaño. Eso debe de marcar esa insularidad dentro de la misma insularidad, la isla en la isla.

Los dedos tocan, son dedos acostumbrados a la seba, a la marea, a ajustes y soldaduras. Manos de palma ancha, y gordas extremidades, hinchadas del trabajo en el puerto, quizás protagonistas de las revoluciones portuarias en pro de la actividad que convirtió esta isla en un tesoro, antes de descubrir otro que llenaba unos cuantos bolsillos y que dejó a muchos en la estacada.

A veces se atreven a dejar los muelles y los ves deambular por las calles, se aferran a este trozo de isla porque fue lo primero que vieron, donde primero los acogieron y donde forman parte ya del paisaje de este barrio-puerto, en el que quizás una barra se convierta en escenario para recordar otras épocas, en las que las noches eran más largas que el día. Desahuciados, vencidos por otra industria, la de las cremas solares y el buen tiempo, se quedaron en este refugio, que los convirtió en refugiados. Y siempre hay un sitio, aquí siempre hay hueco para el que llega o está a merced de los vientos.

Y la isla, esta isla, La Isleta, es sexo. Aquí se habla sin pelos en la lengua, aquí se es o no se es, te guste o no te guste, con bañador o sin él, con chanclas o con botas, con acento ruso, canario o cubano, es así, de frente, te enseño el pecho o no, me subo por la calle y quizás te enseño otra cosa, guapo. Siempre con galantería y de frente, siempre de frente.