Las últimas manos sobre la madera

Me estaba preguntando como intentar transmitir lo que sentí al ver las puertas del taller de Ebanistería abiertas. He pasado muchas veces por delante, me cautivó la fachada, tan bien cuidada, de color naranja, una casa baja, en medio de los edificios colindantes. A mediodía el sol cae sobre sus muros y resalta el número cinco de la calle Venegas. Me fijé en el cartel y las puertas, “Ismael Aguiar Alemán Ebanistería 1931”.

Achacaba a la mala suerte que siempre encontrara las puertas cerradas. Y la costumbre hizo que pasara de nuevo ante ellas sin prestar mucha atención. Pero mi nariz me hizo retroceder. El olor a madera noble se escapaba por la puerta verde entreabierta y no dudé en asomarme. Estaba todo oscuro y los muebles, apilados, me saludaban con sus pulseritas, que los valoraban cual índice bursátil en periodo de crisis, invitándome a pasar.

La luz de invierno en Las Palmas de Gran Canaria me impedía ver más allá de las columnas de mesas, marcos, estanterías que formaban un camino hacia lo que intuía como una zona de trabajo.

Poco a poco mis pupilas se acostumbraron a la penumbra y de repente apareció ante mi un hombre sonriente y con gafas. Ismael Aguiar se acercó a mí para atender mi curiosidad. Don Benito, su padre, abrió el taller en 1931, una buena época para el arte de trabajar con maderas nobles. Por allí pasaban los apellidos más notables de la isla de Gran Canaria. Don Benito dibujaba en papel, a tamaño natural, una cómoda, un aparador, una mesa, y sobre éste anotaba medidas y filigranas que al futuro comprador se le antojaba. Una vez el cliente estaba satisfecho con el croquis, lo firmaba y con esto se cerraba el trato. En su taller llegaron a trabajar más de treinta personas y de aquí salieron buenos artesanos. Otra época, en la que, según Ismael, la gente se preocupaba de vestir sus casas. Y descubrí que no era mala suerte que el cerrojo estuviera siempre echado en el número cinco, hace seis años que es así. Ya nadie se gasta tanto dinero en los muebles, ya no hay salón de visitas, y por ende la caoba no llega a las islas como otrora. Ya no es trabajo lo que le trae por aquí de vez en cuando, sino el placer o la costumbre de sus manos. La materia prima sigue siendo la misma y el producto, ahora, obedece a los caprichos, al deleite. En el taller también vende las piezas que le quedan, que son muchas, a otros precios, números que no entienden de tendones, nudillos y gubias. Y entretanto el olor a madera se desvanece en este número de la calle Venegas.