Un encuentro con Alexis Ravelo

Amanece en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Una mañana más, aparentemente tranquila si uno tiene la posibilidad de divisar el mar desde su ventana y observar el devenir de las nubes y los alisios, que dejan vislumbrar que hoy no habrá panza de burro.

Si Eladio Monroy se acercara hasta el bar Casablanca a tomar su café y leer el periódico, como de costumbre, se encontraría con unos titulares que le harían recordar algunos de los líos en los que, casi sin querer, se mete de vez en cuando.

Según cuenta uno de los periódicos locales —que puede leerse en papel—, parece que un gran empresario de éxito de las Islas negociaba con el director de otro periódico local, mientras una persona allegada a este último hacía un trabajo que podría comprometer el posible acuerdo que se traían entre manos. Parece ser que al mismo tiempo, seguramente en otra mañana tranquila como esta, alguien muy cercano al Gobierno de la nación y también al empresario exitoso, tenía apuntado en su agenda algo así como «asunto: director y persona allegada, cortar por lo sano».  Y para liar más la cosa, otros periódicos locales y nacionales, cuentan que la fiscalía investiga a ese allegado al director del periódico por, presuntamente, dejar de realizar su trabajo para no entorpecer el negocio de marras, o por realizarlo mientras negociaban. El asunto se complica y para poder tener una visión global del enredo, Eladio Monroy debería tener a su lado algún dispositivo que le permitiera consultar la prensa digital.

Dejémoslo aquí por ahora. Terminemos nuestro café frente a la ventana y dejemos volar un poco más la imaginación. No sabemos con certeza qué se le pasaría realmente por la cabeza al protagonista de Morir despacio, pero, por imaginar, digamos que coge su teléfono móvil y lo pone sobre la barra del bar mientras hace el ademán de encenderse un cigarrillo, se lo aparta de la boca con resignación, recordando la prohibición, y decide tomar un último buchito de su café sin dejar de observar la pantalla del teléfono. Finalmente, se decide y marca.

    — Oye, Alexis —suelta, sin ni siquiera dar los buenos días—, ¿qué lío del carajo es este?

Curiosamente, es la misma pregunta que le hemos hecho nosotros.

No es bonito ponerse de parte del malo, eso nos dicen desde pequeños, pero a todos nos apetece hacerlo de vez en cuando. Escapar es más divertido que perseguir, por lo menos en la ficción de los juegos infantiles, de los cuentos nocturnos, también en el cine, y por supuesto, es algo que saben muy bien los novelistas.  La bondad excesiva puede ser tan sospechosa de falta de virtud como la maldad escasa, el equilibrio es complejo. A las chicas les gustan los chicos malos porque algo bueno deben tener. A los padres, los chicos buenos, pero no tan buenos que pasen por tontos, algo malo debe tener demasiada bondad.

Quedamos con Alexis Ravelo para realizar esta entrevista en la plaza más noble de la ciudad: Santa Ana, frente a la Catedral, en el barrio más culto y también más pijo, sede de museos, galerías de arte y restaurantes caros en los que almuerzan algunos de los personajes de las novelas del escritor, principalmente políticos y empresarios, y cuyas digestiones se verán a menudo reflejadas en boletines oficiales autonómicos, de Cabildos o municipales. A pocos metros de la plaza vive Diana Padrón, protagonista involuntaria de Las flores no sangran. Involuntaria porque no entraba en sus planes que a una pandilla de “desaprensivos” se le ocurriera raptarla para arreglar sus vidas con un chute de euros.

Algunos de esos “desaprensivos” son oriundos de Ciudad Alta, y allí nos dirigimos con Ravelo, al barrio de Escaleritas, su barrio, donde creció. Un barrio casi gemelo de otros muchos, como Schamann, Las Chumberas o Miller y que son un hervidero de historias de gente corriente, gente que se busca la vida, que resuelve el día a día echando siempre de menos vivir más cerca del mar, de la playa, o simplemente vivir. Uno de esos barrios donde los yonquis fueron malos hasta que comenzaron a desaparecer de las calles y las viejitas los recordaban con un: «pobrecitos, qué mala suerte tuvieron». Barrios que no tuvieron una biblioteca pública en años, que, con suerte, presumieron de algunos cines que proyectaban películas de Tarzán y del Oeste hasta que se convirtieron en bingos o hipermercados. Barrios que sí tenían la suerte de disponer de canchas deportivas y algún parque, para pasear a los viejos al solecito de las mañanas de invierno, en las mismas mañanas que otros, a los que han votado esos mismos viejitos y los que les empujan la sillita de ruedas; hacen política y negocios con señores y señoras en los restaurantes caros de la parte noble de la ciudad.

Paseamos con Alexis hasta la biblioteca pública Dolores Campos Herrero, justo en lo que se puede considerar la frontera entre los barrios  de Escaleritas y Schamann, a escasos metros de la plaza de Don Benito, en honor al escritor canario que quizás narraría hoy en día, si viviera en esta isla, su Fortunata y Jacinta de estas calles.

Esa parece ser una de las tareas que Ravelo se ha propuesto, narrar lo cotidiano a través de lo extraordinario, poniendo en el mismo tablero a personajes que quizás rara vez se tuteen en la vida real. Pero queríamos hablar con Alexis sobre la maldad, de su reflejo en la literatura, en la novela negra, en sus novelas, en sus personajes.

No sabemos si Monroy, protagonista casi siempre voluntario de muchas de sus entregas, estaría de acuerdo con la definición que hace de él el autor, pero en cualquier caso, y con permiso de su creador, suponemos que, por esta vez, se diría que realmente no es asunto suyo, que la curiosidad mató al gato, que él sabrá lo que escribe. Que él no es ni malo ni bueno, qué carajo. Que él vive y deja vivir, cocina, lee, toma café y fuma, y de vez en cuando se mete en algún lío que a Ravelo le toca resolver. En fin, lo que podríamos definir, con su permiso, como una buena persona, en el mejor sentido de la palabra.

Cuenta Philip Zimbardo en su ensayo sobre la maldad, El Efecto Lucifer —que puestos a hacer conjeturas, el exjefe de máquinas seguramente habrá leído en alguna de sus travesías—, que «mantener esa dicotomía entre el Bien y el Mal también exime de responsabilidad a la buena gente». Quizás, ese que cruza la frontera, que afronta la responsabilidad, sea el que nos interesa más. Ese, o esa, que se atreve a tomar partido, incluso más allá de la legalidad, con un argumentario que, como lectores, rechazamos en unas páginas y apoyamos unas cuantas páginas más adelante, es el personaje más atractivo. En las novelas de Ravelo, además, puede que se trate de alguno de nuestros vecinos o alguno de nuestros políticos y empresarios más queridos. Y, oye, te queda todo más clarito que leyendo la prensa. «Pobrecillos», que dirían las viejitas, «esos malos, seguro que también tienen su corazoncito». En las historias de Ravelo, a veces sí, a veces no. «Gente rica, gente del diablo», que diría otra viejita.

Unas islas rodeadas de dudas por todas partes, menos por una, que se llama mar. El calor los agobia, la calima los abruma y les agota los pulmones, y el mar, siempre presente; es prisión y escape. El mar es el último escenario para los muertos, la sin salida del asesino, la vía de escape de los fugitivos, el horizonte en el que reflexionar y dejar vagar la vista entre mercantes y veleros. La ciudad, principalmente, pero también la Isla, donde se desenvuelven los personajes de Ravelo, se presenta como prisión desde las primeras líneas. ¿A quién se le ocurre dedicarse a ciertos asuntos en una isla?, ¿a dónde ir si algo sale mal? Pero, curiosamente, también se dibuja como el pequeño reino de libertad, tan bien delimitado y seguro, donde los buscavidas se sienten confiados, imaginando que no hay más allá, y donde los poderosos pueden hacer y deshacer a su gusto, al margen del resto del mundo, es decir, de la ley.

«Las islas son mundos aparentes», decía Reina María Rodríguez, con toda la razón. Y Ravelo parece querer demostrarlo en sus novelas, donde el paisaje físico y humano trasmuta de una página a otra. Del barrio elegante, fundado en los años de la Conquista, al barrio inglés en el que viven políticos y empresarios, hasta las calles de Ciudad Alta, donde habita casi todo el mundo. La ciudad-isla es un personaje más, que acompaña a los protagonistas, marcándoles el terreno, casi dictando acciones, caracterizándolos con diferentes luces, temperaturas y olores. El aire fresco y la luz nítida de los barrios de más arriba del Guiniguada, residencia de los poderosos. Calor y calima en el Puerto, en el Parque, donde sucede de todo y casi nunca pasa nada. El hedor de las calles de las putas, aburridas de día y tan miserables de noche.

Otros escritores de estas tierras gritaron que querían salir de aquí y cuando alguno se fue le dio por gritar que necesitaba volver. Y no solo escritores, también escultores, pintores, por supuesto, también académicos, profesionales y algunos otros mortales que, habiendo leído o no a Arozarena, también vislumbraban que su isla tenía una muerte dulce y lenta, como si se hubiera cortado las venas.

Sí, las islas son mundos aparentes y contradictorios, como Monroy, como los pequeños buscavidas de barrio que te meten un toletazo igual que te dicen: «Coño, niño, te quiero un montón». Como los poderosos que destruyen el paisaje y los derechos de los trabajadores con el orgullo de crear empleo y progreso en su tierra. Como los políticos que se emocionan glosando a poetas que no han leído, recordando a héroes aborígenes o conquistadores, inaugurando una carretera que une por fin a los de aquí con los de allí, al mismo tiempo que se les saltan las lágrimas con el sobrecito que se acaban de meter en el bolsillo.

Y en eso, todos saltamos con un gol a pase de Valerón y bailamos con el Gran Combo en Carnaval, todos juntos, todos a una, por una vez. Todos somos Artemi. Todos, Iniesta. Todos tenemos algo de ingleses, que construyeron el Puerto y pusieron un cartel en las laderas de La Isleta en el que se leía Welcome To The Canary Islands. De nórdicos, de cuyos barcos desembarcaban mujeres blanquísimas y hermosísimas. También de portugueses, que nos dejaron el arte de margullar y el mojo. Y, ¿quién no quiere ser cubano de mayor? ¿Quién no se siente orgulloso de Bolívar, de haberle arrancado un brazo al mismísimo Nelson? ¿Quién no sospecha tener sangre sefardí o africana? ¿Quién distingue a un palestino de un canario tendidos en la misma arena?, haciendo chistes. Todos hemos atravesado los mares, al menos en un principio, cuando el verbo era solo lava y luego salieron flores. Y hemos recibido a gente que ha atravesado mares, indios, coreanos, africanos, árabes, europeos, qué más da. Las islas son mundos aparentes y contradictorios, ¿no? ¿Ustedes también? Pues pasen y quédense, aquí estarán bien. El Salvaje regresando a casa, Carmita dándole de comer a Carmelito, Déniz vigilando que todo siga igual, El Yunque y El Martillo haciendo sus negocios, Lola escapando. Todos son esta ciudad, esta isla, todas las islas. Creativos cada uno en lo que mejor saben hacer, gente aparente y contradictoria, que deambula en las novelas de Alexis Ravelo, dejándonos algunas pistas de cómo somos, de cómo es esta tierra.

Acabamos nuestro encuentro con Alexis Ravelo tal como lo comenzamos: fumando, con esa alegría contagiosa de cuando se encuentran hoy en día tres fumadores (en este caso), y por la que casi te sale: «coño, ¿tú también?»; y hablando de anécdotas del barrio, un poco de política y de periodismo, y sobre todo de libros, de películas, de música. Hablamos de Agustín Espinosa, de Bolaño y de los diálogos de 2666, de las peripecias del detective McNulty en The Wire, de la música en Treme. Nos despedimos con la sensación de conocerlo desde hace mucho, o como si hubiéramos leído sobre su vida, sobre sus andanzas.

Cualquier parecido de las conjeturas vertidas en este artículo con la realidad es pura coincidencia. Existen todos los lugares, los personajes y las noticias, incluso las novelas y el mismo Alexis Ravelo (sitio web), por supuesto, pero igual que las islas, los artículos, a veces, son mundos aparentes, rodeados de dudas por todas partes.

Queremos expresar nuestro agradecimiento a los trabajadores de la Biblioteca Pública Dolores Campos Herrero por cedernos amablemente sus instalaciones para la realización de este trabajo.

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