Historia

Manteando la cochinilla

Velo Rica

Grana cochinilla

Sangre del nopal

rubí de espinas sobre la carne de los insectos

Mano de Cristo sembrada,

llora la tinta

que visten las oaxaqueñas.

(Natalia Toledo. Poeta indígena de la nación Zapoteca, México)

Mujeres recolectando cochinilla en Arucas, Gran Canaria, 1928 / Fotografía de Teodoro Maisch. Fuente FEDAC

Mujeres recolectando cochinilla en Arucas, Gran Canaria (1928) / Fotografía de Teodoro Maisch. Fuente: FEDAC

Hay un parásito del tamaño de un chinche que campa a sus anchas en las tuneras de Canarias. El insecto en cuestión se llama Dactiloptus coccus, más conocido como cochinilla y es una bendita plaga de la que se obtiene un tinte natural que tiñe de rojo todo lo que toca, desde prendas textiles a productos cosméticos. Incluso la industria alimentaria concienciada con lo natural se ha rendido a sus pies.

Con ella no sólo se consigue un rojo encendido, sino también matices encarnados como el canalé, de tonalidad más oscura, o los colores púrpura y alhelí, los morados y el rojo escarlata, producidos a partir de la mezcla de la cochinilla y otros colorantes o ingredientes naturales. Es la reina de los rojos.

El cuerpo de la hembra de este insecto posee grandes concentraciones de ácido carmínico y de ahí procede la pasta que ya usaban en el México azteca, mucho antes de la conquista española. Sangre de tunas lo llamaban en aquel entonces por aquellos lares.

El primer envío de América a Europa fue en 1523 y su valor era equiparable al oro o la plata de la época colonial. Sevilla era el centro distribuidor para el suministro en Occidente, el cristiano, y en 1560 desembarcaron 115 toneladas de grana, cuya utilidad era básicamente textil, según la literatura de la época.

Los alquimistas tintoreros del siglo XVIII eran capaces de sacar infinidad de tonalidades y matices de color rojo de la hembra de la cochinilla, una vez secado y triturado su cuerpo hasta hacerlo polvo. Todo un arte textil, cuyos secretos y trucos —algunos— quedaron reflejados para su posteridad en tratados del momento.

En Canarias, antes que el tomate y el plátano ya estaba la cochinilla, adonde llegó en 1820 tanto el insecto como los nopales, nombre con el que se conocen a las tuneras en México. El clima de las islas era el más propicio del reino español y pronto comenzaron a proliferar a tal velocidad que a punto estuvieron de provocar una plaga. La tunera crecía de manera espontánea en cualquier terreno, por muy malo que fuera. Por fortuna, hubo gente que apostó por su recogida y en pocos años se convirtió en una industria floreciente que vivió su época dorada entre 1856 y 1860.

Más de un centenar de sacos de cochinilla embarcaban desde Canarias a Londres diariamente. El tinte se cotizaba al alza por ser un producto muy demandado para tintar fibras textiles, seda y cuero.

Así que las islas se volcaron en la producción de la sangre de tunas y fue la mujer campesina quien se encargó del trabajo más arduo. Mientras el hombre se ocupaba de los manejos del campo, madres e hijas recolectaban, manteaban y empaquetaban la grana en los talleres que se levantaron para tal fin. La cochinilla sacó de la miseria a muchas familias.

El taller de la cochinilla, 1928 / Fotografía de Teodoro Maisch. Fuente Fedac

El taller de la cochinilla (1928) / Fotografía de Teodoro Maisch. Fuente: FEDAC

Por aquel entonces existía el convencimiento de que los hallazgos de la ciencia química no podrían reemplazar al tinte natural y hermoso de la cochinilla, felizmente condenada a artículo de cultivo y exportación. Pero se equivocaron y en 1880 llegó el declive del negocio. El precio de los tintes artificiales puso en jaque el comercio de la grana, que acabó herida de muerte, tal como relataron las crónicas de la época que señalaban a los bajos precios de los colorantes sintéticos como la causante de la crisis de este cultivo tradicional.

A lo largo de este tiempo en el que el negocio de la cochinilla se apagó, hubo productores que intentaron mantenerla a flote con una exigua aunque selecta cartera de clientes entre los que figuraban firmas cosméticas de lujo y licores reconocidos mundialmente.

Francia y Alemania miraban a Canarias por ser el único reducto europeo que escondía el rojo perfecto, natural y de calidad insuperable con el que tintar esmaltes de uñas, pintalabios, tintes para el pelo y hasta yogures. Una calidad marcada por la alta concentración de ácido carmínico que posee la cochinilla de Canarias.

Ha tenido que pasar más de un siglo para que la cochinilla de Canarias sea oficialmente reconocida por su calidad en Europa, valor que nadie, en toda la historia de este insecto, ha sido capaz de discutir.

Desde febrero de 2016, la cochinilla figura en el registro comunitario como Denominación de Origen Protegida, sello que fue solicitado por la Asociación de Criadores y Exportadores de Cochinilla de las Islas Canarias.

Hoy en día, países europeos siguen más que nunca con el ojo echado a las islas. Los consumidores demandan cada vez más productos naturales, de modo que la inocua cochinilla canaria tiene un destinatario que la espera con los brazos abiertos, porque los tintes artificiales podrán competir en precio, pero solo en eso.

Ahora, el sector confía en que el reconocimiento comunitario suponga un revulsivo y devuelva al campo el rojo radiante de otra época y que sea además de la mano de la mujer, como siempre fue. Por eso apuestan por el desarrollo rural entorno a la cochinilla y que los jóvenes y las mujeres, dedicadas hoy en día al tintado artesano de prendas textiles, abanderen la producción de un producto que es tradición, costumbre e historia viva.

Embolsando la cochinilla, Arucas, Gran Canaria 1926 / Fotografía de Teodoro Maisch. Fuente FEDAC

Embolsando la cochinilla en Arucas, Gran Canaria (1926) / Fotografía de Teodoro Maisch. Fuente: FEDAC