Sociedad

Alma Šuman

«Sarajevo siempre estuvo ahí para nosotros»

Carolyn Braun / Marcus Pfeil / Danijel Visevic / ZETRA-Project

A su hermano, mientras hacía el servicio militar, lo trasladaron a Eslovenia cuando estalló la guerra de los diez días. Alma Šuman y sus padres no volvieron a saber nada de él durante un mes. Cuando volvió a Sarajevo, en julio de 1991, Alma supo que tenía que movilizarse más enérgicamente por la paz. Desde entonces y hasta hoy, Alma lucha por la convivencia entre las minorías étnicas y por el futuro de los niños en Bosnia.

Mi hermano pequeño hacía el servicio militar, en 1991, en el ejército popular yugoslavo, nadie podía elegir dónde tenía que hacerlo y a él le tocó ir a Skopje. Mis padres y yo estábamos muy preocupados ese verano de 1991 porque llevábamos dos semanas sin tener noticias de él. Un militar nos llamó y nos dijo que había sido trasladado a Eslovenia, entonces había terminado la guerra de los diez días y el país se había declarado oficialmente independiente. Nuestra preocupación fue mayor porque habíamos escuchado que a muchos de los soldados del ejército popular yugoslavo los habían metido en la cárcel.

Contactamos con diversas autoridades, organizaciones humanitarias, con sus amigos, y pasaron semanas hasta que volvimos a saber de él. Todos los días íbamos a la estación de Sarajevo y esperábamos que se bajara de uno de los vagones, ya que cada día llegaban varios trenes con soldados del ejército. Un mes después de conocer que estaba en Eslovenia, volvió por fin a Sarajevo, fue a mitad de julio de 1991. Aquella experiencia me llevó a dedicar toda mi energía a la lucha contra la guerra y a posicionarme activamente por la paz.

Me emociono siempre que recuerdo el 28 de julio de 1991, había participado en las diversas protestas que se celebraron en la ciudad y luego me fui directamente con mis amigos al estadio olímpico ZETRA. Tenía 21 años y cuando miro ahora hacia atrás lo recuerdo como si hubiera vivido un cuento. Por todos lados había banderas yugoslavas y mucha gente joven, motivados y con energía positiva, ese día cantamos, reímos, bailamos y festejamos. Los discursos durante el concierto se sucedían: «Soy de Belgrado, yo de Ljubljana, de Zagreb, yo de Skopje…». No se puede poner palabras a la atmósfera que se respiraba, las palabras no harían justicia a lo que se sentía. Yo me considero una persona fuerte y elocuente, pero cuando pienso en esa época se me pone la carne de gallina y mi voz comienza a temblar.

Alma Šuman antes de la guerra

Alma Šuman antes de la guerra

Volví a casa al día siguiente, la ciudad estuvo despierta toda la noche, fue una fiesta continúa. Cuando regresé a casa pensé: «Una guerra no tiene la más mínima posibilidad entre nosotros. Es imposible pasar por encima de toda esa masa de gente que lucha por el bien». Y, aunque el día del concierto estuvo lloviendo intensamente, incluso los niños de ocho años recorrieron las calles de Sarajevo para reunir firmas por la paz.

«Nadie tenía que convencerme de que todo saldría bien, estaba convencida y solo me preguntaba cuándo podríamos ir al mar»

En el concierto y durante la noche conocí a mucha gente, intercambiamos números de teléfono, direcciones y decidimos reunirnos durante el verano en algún lugar de la costa. Antes había un tren que salía todos los días a medianoche de Sarajevo directo a Ploče, en la costa adriática. En verano, ese tren iba siempre lleno de gente joven, era una fiesta y yo creo que nunca vi a un revisor a bordo. ¿Cómo podría alguien que llevaba una vida tan despreocupada pensar en la posibilidad de la guerra? La idea de convivir todas las diferentes etnias juntas no era una utopía, ¡nosotros lo vivimos!

Reprimí la experiencia de mi hermano en Eslovenia hasta mi primer encuentro con la guerra en Bosnia, en la noche del uno al dos de marzo. Mi hermano y yo estábamos con unos amigos en una discoteca en Sarajevo. De repente, uno de ellos me dijo: «Creo que es mejor que nos vayamos, los llevaré a casa». Nos aclaró que había escuchado que unos idiotas estaban colocando barricadas en la ciudad y estaba preocupado por nosotros. Me da rabia tener que explicarlo, pero quiero decirlo para que quede claro: soy agnóstica, pero he crecido en una familia musulmana. El amigo que se preocupó por nosotros era serbio.

Nos subimos a su coche y nos marchamos. Y, efectivamente, unos soldados nos pararon y preguntaron dónde habíamos estado, con quién y por qué. Los militares tenían armas pesadas y llevaban unas gorras que yo, hasta hoy, solo he visto en las películas de guerrilleros. De repente, nos pidieron nuestros documentos de identidad y mi amigo dijo que ninguno lo teníamos: «¿Quién, en Sarajevo, lleva sus papeles encima?». Le dio su carné de conducir y, cuando vieron su nombre serbio, nos permitieron continuar. Tuvimos suerte, me sentí como si me hubieran arrancado de la realidad y me encontrara en una película.

«Uno está con sus amigos, feliz y despreocupado, en una discoteca y, acto seguido, unos soldados armados se plantan enfrente causándote temor»

En mayo de 1992 abandoné Sarajevo, no huí de la guerra, quería ir a Londres para trabajar como au pair y mejorar mi inglés. Me quedé allí hasta 1993 y luego me mudé a Viena. En Austria viví hasta 1997. Aunque llevaba a Viena en mi corazón y allí tenía una buena vida, yo quería volver a Sarajevo. Cuando estaba embarazada de ocho meses regresé a mi hogar, quería que mi hijo naciera allí.

ZETRA - Alma Šuman - 7 Islands Magazine

Alma Šuman con sus amigos en Viena

Quizás algunos piensan que esa decisión fue descabellada —porque tenía los papeles para quedarme en Viena— pero yo amaba y amo Sarajevo sobre todas las cosas y sabía que debía regresar. Tenía el sentimiento de que Sarajevo necesitaba a su gente, la ciudad siempre estuvo allí para nosotros, da igual a qué etnia te sintieras más afín, todos tenían una oportunidad en esta ciudad. Hoy Sarajevo es como una persona que sufre cáncer, y como está atrapada allí y no tiene la culpa de nada, sientes una responsabilidad hacia ella. Quieres ayudarla a recuperarse, a que sane. Ese es mi objetivo.

Hay, tanto en Bosnia como en otras zonas de la antigua Yugoslavia, muchos jóvenes que sólo quieren convivir en paz. Hace poco se manifestaron los estudiantes para que se acaben las escuelas que separan a los chicos por etnias. Con dieciséis años, mi hijo fue por primera vez a Belgrado y cuando regresó lo encontré muy triste. Le pregunté qué ocurría: «Quiero vivir en Belgrado», fue su respuesta. Me aclaró que allí la gente era estupenda, que unos desconocidos le habían enseñado la ciudad y posibilitado visitar en domingo, pese a estar cerrado, el estadio del Estrella Roja de Belgrado. Que allí gustaba su dialecto de Sarajevo y que las mujeres eran también muy atractivas.

Algo parecido dijo después sobre Zagreb, Ljubljana y de Skopje. Mi hijo no ve ninguna diferencia entre él y los demás, sus amigos están repartidos por los Balcanes y  también nos visitan con frecuencia en Sarajevo. Yo le cuento, a menudo, sobre nuestra vida de antes y una vez me preguntó: «¿por qué ustedes no nos devuelven simplemente ese “vivir juntos” de antes?».

ZETRA - Alma Šuman - 7 Islands Magazine

Alma Šuman con su padre

Mi “cuento” está destrozado y por eso quiero evitar que también se destroce el de las generaciones más jóvenes. Estamos en deuda con nuestros hijos y debemos ayudarlos a que puedan tener una vida sin pensamientos nacionalistas. Nuestros hijos son nuestro único futuro y, por otro lado, no creo que todas aquellas personas que tuvieron que abandonar su vida como civiles permitieran hoy la existencia de ese nacionalismo. Yo, por mi parte, puedo colocarme frente a mi hijo sin remordimientos y puedo decirle que he hecho todo por su futuro.

En 1984 terminé el bachillerato y desde hace años nos reunimos anualmente todos los alumnos de entonces que, evidentemente, pertenecen a diferentes comunidades. Viven en diferentes puntos del mundo y viajan cada año para ese encuentro desde Canadá, América o Alemania. Nos encontramos siempre en Sarajevo o en Belgrado. Todos tienen un gran apego a su lugar de nacimiento, no importa donde vivan hoy. La guerra no ha podido separarnos, pero a mí me sigue disgustando que sí ha logrado acabar con nuestra convivencia juntos.