Arte

Óscar Domínguez: un rey guanche surrealista

El surrealismo del rey guanche

Velo Rica

Se quitó la vida entre 1957 y 1958, la noche de Año Nuevo en París, donde pasó la mayor parte de su existencia. No acudió a la fiesta de fin de año, así que sus más allegados decidieron ir en su búsqueda. Lo encontraron con las venas abiertas y su sangre de drago derramada por el baño del estudio. Antes del suicidio había estado cuatro días en coma etílico. Sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse. Tenía 52 años.

Óscar Dominguez / Fotografía Emile Savitry el fotógrafo de Montparnasse

Óscar Dominguez / Fotografía Émile Savitry, el ‘fotógrafo de Montparnasse’

Fue el trágico, decadente y quizás previsible final de le dragonnier des Canaries, el drago de Canarias, pseudónimo atribuido por el fundador del movimiento surrealista, el escritor y poeta André Breton, al pintor canario Óscar Domínguez.

Con ese apodo figura en el Diccionario abreviado del Surrealismo (1938) de Breton, quizás porque el drago, símbolo de las Islas, es uno de los elementos recurrentes en la obra del pintor, quizás porque Óscar Domínguez fue un hombre corpulento, con carácter y surrealista como un drago que emana savia roja.

Las barras de bar parisinas tenían la forma de sus codos, tantas noches apoyados soportando tragos de melancolía. Su adicción al alcohol crecía al mismo tiempo que lo hacía su cabeza y sus manos aquejados de acromegalia. La enfermedad degenerativa que deformaba su cuerpo evolucionaba a gran velocidad. Eso fue en su última etapa, la más sombría del pintor perteneciente a la Generación del 27, fue la época en que sus venas guanches, ahora desangradas, se llenaban de alcohol y la locura se apoderaba de su mente.

De nada sirvieron sus ingresos en clínicas psiquiátricas. El también conocido entre sus allegados como el caimán de Montparnasse perdió la cabeza que no su elegancia y sus buenos modales. Risueño, cariñoso y adulador con las mujeres, popular y querido. Lo mismo charlaba con el barrendero de su barrio, quien no faltó a su entierro, que con Picasso, cuyo taller visitó con asiduidad durante la ocupación, además de participar en las tertulias que el genio protagonizaba en la playa malagueña de Golfe Juan los veranos de 1948 y 1949.

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Mujeres en el balcón, Óscar Domínguez, ca. 1947

Precisamente, por aquellos años entre 1947 y 1949, Óscar Domínguez pasó largos periodos en la antigua Checoslovaquia. Su desembarco checo surgió a raíz de la exposición colectiva El arte de la España republicana que contó con las obras de varios artistas españoles exiliados en París, en la Sala de Arte Mánes de Praga en febrero de ese mismo año. Para el país checo supuso el primer contacto con la vanguardia artística parisina tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Perteneciente a la segunda generación del Surrealismo, Óscar Domínguez supuso una bocanada de aire fresco para el movimiento. A él le debemos la invención de la Decalcomanía, precedente de la calcomanía actual, que Breton definió así: «Extended, mediante un pincel grueso, gouache negro más o menos diluido en distintos puntos de una hoja de papel satinado blanco, que recubriréis inmediatamente con otra igual, sobre la que ejerceréis una ligera presión. Levantadla deprisa».

Esta técnica supuso una renovación del Surrealismo convirtiendo a Óscar Domínguez en uno de los máximos representantes de la vanguardia del siglo XX, junto a Picasso, Dalí y Miró, entre otros.

Sus innovadoras decalcomanías fascinaron a los surrealistas checos del momento, quienes se dejaron influir por la técnica del canario. Sus obras se pasearon por varias exposiciones en Praga, Bratislava y Olomouc y su producción artística creció en calidad y cantidad hasta el punto que la mayor parte de ella fue adquirida por compradores privados.

Estos días, 42 obras de las más de 120 que creó entre 1946 y 1949 en la antigua Checoslovaquia se exhiben en la isla que lo vio nacer. El Tea acoge hasta abril de 2017 estas piezas pertenecientes a la época picassiana de Óscar Domínguez. Algunas de ellas se exponen por vez primera.

Las complejas metamorfosis de los fruteros comefrutas comparten espacio con piezas tauromaquias que destacan por su esquematismo en los trazos y colores vivos. Surrealismo y autobiografía se funden en las representaciones de toros y minotauros. El revólver es otro objeto recurrente en su obra, una referencia a la muerte que algunos interpretan como premonitoria de su fatal desenlace vital.  Fertilidad, Composición con gato y mesa y Cabeza de mujer figuran entre las piezas expuestas.

Aquí, en el mundo de los que aún respiramos encontramos sus huellas en la arena negra de Tacoronte, que había acariciado sus andares pueriles durante la infancia, aunque nació en La Laguna en 1906 en el seno de una familia pudiente de agricultores. Su padre poseía explotaciones de frutas, sobre todo de plátanos.

Apenas dos años después de nacer, su madre fallece de fiebres puerperales. En el lecho de muerte el padre de Óscar promete a su esposa que el pequeño jamás derramará una lágrima y así fue. El pintor lleva una vida acomodada.

En 1927 se instala en París para ocuparse de la exportación del negocio familiar. Pero a Óscar le gusta más la pintura y la noche parisina. Vive con total despreocupación hasta que el fallecimiento de su padre en 1931 le obliga a hacer de su afición un medio de vida.

Sus dibujos acompañan, complementan y se funden con poemas de Paul Éluard y comparte amistad con los surrealistas Man Ray, Yves Tanguy, Max Ernst, Georges Hugnet y Westerdahl. Fue un integrante activo del movimiento, incluso en la clandestinidad desde Marsella, con obras inspiradas en paisajes canarios que buceaban entre lo onírico, lo fantástico y el subconsciente.

Pero antes que picassiano, Óscar Domínguez vivió una etapa metafísica de paisajes misteriosos y extraños y creó junto al escritor Ernesto Sábato la teoría de la petrificación del tiempo. También pasó por una fase cósmica. Los años 30 y 40 son por tanto de una efervescencia creativa. Su última exposición colectiva con el grupo surrealista fue en Nueva York, en 1942.

En la década de los 50 llega la técnica del Triple Trazo con una línea blanca, una negra y nuevamente otra blanca y las obras simplificadas y sencillas. Óscar Domínguez volvió a la decalcomanía sobre óleo y tela en su etapa final, la del ocaso del rey guanche, la del drago que presumía de no pensar, la del hombre que vivió como pintó, de manera delirante, siempre en erupción.

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Eolo, Óscar Domínguez, 1950