Sociedad

Jadranka Pejaković Hlede

«Tuve que quemar los puentes tras de mí»

Carolyn Braun / Marcus Pfeil / Danijel Visevic / ZETRA-Project

Jadranka Pejaković tenía trece años y quería evitar la guerra, por eso reunió, junto a sus amigos, 11. 586 firmas y subió al escenario del estadio ZETRA durante el concierto. Desde allí, hizo un llamamiento a todos los niños para que se unieran a su lucha por la paz.

Mis 11.586 firmas fueron (perseguían) una utopía y cuando me acuerdo de ello me parece hasta gracioso, reunirlas fue una tarea de 24 horas, era una misión. Recuerdo como comenzó todo, en lo que pensé cuando lo decidí e, incluso, donde estaba sentada en ese momento. De repente, se convirtió en algo mucho más grande de lo que había esperado, esas 11.586 personas me enseñaron que puedo seguir creyendo en la humanidad.

Recuerdo cada detalle del 28 de Julio de 1991, fue un gran reto para una niña tan pequeña como yo y la primera vez que viajé a Sarajevo con mi padre y mi abuelo. El día fue increíble, visitamos la ciudad y comimos Kutteln (tripas) —no me gustó nada—. Para mí fue un día muy importante, no porque nos hubieran invitado a ese gran evento con más diez mil personas y numerosas personalidades, sino porque durante un tiempo fui conocida en los medios de comunicación. Se pueden imaginar qué extraño era todo para mí, como si estuviera en una película, como si alguien me hubiera escuchado de verdad y yo pudiera cambiar algo. Estaba tan orgullosa… Hasta hoy, guardo algunas grabaciones y un artículo de ese tiempo.

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Primer artículo sobre Jadranka y su recogida de firmas por la paz

Cuando huimos de Bosnia-Herzegovina no nos pudimos llevar nada, conseguí pasar mi diario de estraperlo por la frontera y, en los últimos 25 años, solo lo he mirado una vez. Era como si abriera la caja de Pandora, pese a que tengo poco miedo de las ruinas del pasado. No es ningún Diario de Anna Frank, mi padre me prohibió entonces escribir sobre la guerra, tenía miedo a los registros domiciliarios y que encontraran propaganda Anti-Chetnik (la milicia serbia), así que escribía en clave y en código morse. Todo ocurrió en un tiempo en el que yo estaba continuamente escribiendo y leyendo —un milagro que no haya sido periodista—. Pero entonces, escribir estaba prohibido y rodaban cabezas por las cosas más banales.

Fue una época en la que no se sentía culpabilidad ninguna si se mataba a alguien que no era serbio, al contrario. Y yo no lo era,  soy el resultado de un matrimonio mixto, mi madre es bosnia musulmana y mi padre croata, una desafortunada circunstancia en ese momento. Fue entonces cuando supe lo que la palabra nacionalidad significaba realmente, ya que en casa no la usábamos nunca. Recuerdo bien cuando una amiga —estamos muy unidas y aún la quiero— me preguntó: «Yo soy serbia, ¿y tú?». Yo no sabía qué era y respondí: «¡yo también!». Esta escena siempre me hace reír, hasta hoy día.

«Si alguien te pregunta, tú di que eres serbia»

Esa tarde le pregunté a mi padre qué significaba la palabra nacionalidad y me lo aclaró, también me pidió que en el futuro, a la pregunta sobre la nacionalidad, respondiera con un «yo soy serbia». Me confundió mucho, no lo de la nacionalidad, sino lo que quería que dijera. Para mí, él era el mayor defensor de la verdad y me estaba pidiendo que mintiera.  Mi forma de ver el mundo se tambaleó, recuerdo que discutimos y nos peleamos por eso. Él se arrodilló ante mí y, con una expresión que no había visto nunca antes en él, me suplicó: «si alguien te pregunta, tú di que eres serbia». Hoy, que soy madre de dos niños, entiendo su comportamiento y la expresión de su cara: una mezcla de desesperación, miedo e incertidumbre. Esa expresión la  vi muchas veces en mis padres y por eso me fui volviendo cada vez más callada y obediente.

De ahí en adelante teníamos que tener cuidado con lo que decíamos y qué palabras usábamos, razón por la que yo apenas hablaba fuera del círculo familiar. Antes decíamos mucho mašala, una palabra de origen turco que significa bonito o bueno, pero, al ser un vocablo que la mayoría de los bosnios musulmanes emplean y no ser un término serbio, no podíamos pronunciarla nunca más; porque nos dijeron que hacerlo podría costarnos la vida. Me sentí como si hubiera tenido un infarto, insegura, tartamudeaba y estaba continuamente en tensión. Cuando alguien no entendía a la primera lo que quería decir tenía miedo de repetirlo y, como si mi cabeza fuera un diccionario, repasaba lo que había dicho buscando algún error.

«La guerra transcurre como las imágenes que ves cuando pasa un tren de alta velocidad»

No estoy traumatizada por el odio que viví en mi infancia, a pesar de todas esas experiencias. No me he convertido en una nacionalista y tengo muchos amigos de diferentes orígenes. A mis hijos los voy a educar como mis padres lo hicieron conmigo: las personas son solo buenas o malas, nada más. No tengo prejuicios frente a otras naciones o pueblos y cuando conozco a gente nueva no coloco su procedencia en primer término. Durante la guerra lo pasé muy mal y probablemente tenga que continuar procesándolo todo, trabajando conmigo misma hasta que muera. La guerra transcurre como las imágenes que ves cuando pasa un tren de alta velocidad: ves las imágenes pero no sabes procesarlas. En esos momentos me invade el miedo, desde hace años tengo pesadillas, y en combinación con otros síntomas, podría tratarse de un tipo de trastorno por estrés post traumático, no estoy segura. Por lo menos, en cuanto a mis emociones, estoy ya más tranquila, incluso cuando haya ciertos temas, como por ejemplo, las películas de guerra y los refugiados, en los medios de comunicación, que me desequilibran. De ese modo, he aprendido a convivir con mis emociones sin importarme lo difícil que sea el tema.

Hasta que llegó la guerra, mi infancia fue feliz y sin preocupaciones. Mis amigos eran Sabina, Jelena, Vlatka, Sanja, Ivana, Almir, Mario, Zdravko, Ognjen, Rade, Anel… todos, niños buenos y alegres. Entre nosotros no había separaciones o divisiones. Lo importante era estar juntos.

Jadranka arriba derecha, en su décimo cumpleaños con su mejor amiga Jelena, 1988, tres croatas, tres serbios, tres bosnios, entonces a nadie le preocupaba

Jadranka arriba derecha, en el décimo cumpleaños de su mejor amiga, Jelena, 1988, tres croatas, tres serbios, tres bosnios, entonces a nadie le preocupaba.

Yo era radioaficionada, me encantaba el club radiofónico y su gente, sobre todo, me gustaba contactar con personas del mundo entero a través de la radio. Mi mejor amigo allí era Zlajo, tenía 19 años, era inteligente y muy amable conmigo. Era alumno de mi padre y le apreciaba mucho, quizás por eso le gustaba yo, pero siempre lo vi como un amigo. Yo, de quien estaba enamorada era de Emir, un año mayor que yo, pero cuando empezó la guerra en Croacia se tuvo que ir. Hace un par de meses contactamos gracias a Facebook.

A principio de los noventa muchos amigos míos empezaron a marcharse de un día para otro y sin despedirse. Una de mis mejores amigas, Sabina, huyó en 1991 a Zagreb. No me podía explicar por qué se iba, pero lloramos mucho, como si no nos fuéramos a ver nunca más.  Más tarde, a los que se habían ido hacía tiempo los llamábamos “los inteligentes”. Mis padres no fueron tan “inteligentes”, sino ingenuos, pensaron que estarían a salvo, incluso si irrumpía la guerra, simplemente, porque ellos siempre habían sido amables con todos. Mi padre no hizo el servicio militar por una tuberculosis, así que pensaba: «¿a quién le puedo parecer yo peligroso?». Los mayores tenían miedo cuando comenzó la guerra en Croacia, pero nosotros, niños, continuamos despreocupados durante un buen tiempo. Pese a que vimos muchas atrocidades en las noticias, nuestras mentes infantiles estaban infestadas de la propaganda que los medios difundían a gran escala. Mi amigo Rade no llamaba a mis pantalones anchos dimije (prenda tradicional de origen turco) y mi hermano podía llevar su camiseta negra sin que su amigo Ognjen lo llamara “Camisa Negra”. No fui muy consciente de lo rápido que cambió todo, pero en lo emocional , fue de repente y  de la forma más trágica.

Jadranka y Jalena, su mejor amiga con sus padres 1988

Jadranka y Jalena, su mejor amiga con sus padres 1988

Yo vi

La guerra empezó el 29 de Abril de 1992, ese día cambió todo. Mi infancia acabó y en adelante sería todo diferente. Hasta ahora solo había hablado de ese periodo con mi marido, porque él quería saber de dónde venían mis pesadillas. Aún hoy en día no me gusta hablar de los detalles, algunos no quiero ni pensarlos. El día anterior al comienzo de la guerra ocurrió lo que llamaron la “liberación” de Prijedor. Hoy lo denominamos derramamiento de sangre, asesinato masivo, crimen. Llevaron a miles de personas a un campo de concentración, allí los torturaron, los violaron y los asesinaron.

Yo vi. Vi como ellos abrieron el vientre a un hombre en la calle porque no les quería enseñar su documentación. Vi como clavaban en el mástil de una bandera la cabeza de un “rebelde” para que todos supiéramos lo que hacían con los “traidores”. Estuvo allí, en la entrada, durante varios días.

Yo vi. Vi como quemaban las casas durante días enteros y bombardeaban los alrededores de Kozarac hasta que arrasaron con todo. Y cómo metían a las personas en guaguas para llevárselas al campo de concentración de Omarska. Tenían que estar agachados y con las manos en la espalda. Mi madre me dijo que no debía mirar, no para que no lo viera, sino porque, al mirar, los criminales podían interpretarlo como un acto de desaprobación. Incluso eso podía ser castigado con la muerte.

Keraterm, Trnopolje y Omarska eran los nombres de los llamados centros de acogida de los refugiados, donde supuestamente se preocupaban por ellos, solo unos pocos consiguieron regresar de allí. Un día se llevaron a mi padre para interrogarlo y gracias a buenos contactos pudimos salvarlo de la muerte. Después escuchamos que su nombre estaba entre los primeros de la lista, de la lista negra, ya que, como croata, tenía una posición importante, era director en la mina de oro y, como topógrafo, debía tener mapas secretos del terreno, que ellos querían utilizar contra los “libertadores”. Encontraban una razón para matar a cualquiera.

A muchos de los secuestrados los han encontrado recientemente en fosas comunes, algunos siguen aún desaparecidos. Encontraron al mejor amigo de mi padre. A mi amigo Zlajo y a su hermano Adnan los hallaron, como a muchos otros, en la misma fosa. Me rompió el corazón, lo estuve buscando durante años. Una vez, en el club de radio, cuando un soldado me puso en el pecho su AK-47, se puso en medio y le dijo: «¡ella no es radioaficionada, sino yo!». A los primeros que mataron fue a los radioaficionados, porque se podían comunicar con el mundo, del que ellos nos habían aislado completamente. Las entradas y salidas de la ciudad estaban controladas, nadie podía ir a ningún sitio sin un permiso especial. Se instauró el toque de queda y todos los medios de comunicación quedaron bajo su control, también aquellos que antes eran afines a su propaganda.

Tenían todo bajo control, ni una mosca podía salir, y por eso nadie, más allá de nuestra ciudad, podía conocer los crímenes que se estaban cometiendo. Nosotros nos escondimos durante un tiempo para que se olvidaran de que tenían que matarnos. Y luego volvimos a exponernos públicamente, para que no se les ocurriera que teníamos algo en contra de ellos, un auténtico juego psicológico. Intentamos huir muchas veces, a través de contactos, pero no era posible. Ahí estaba el conocido Simo (Simo Drljača, jefe de la policía y acusado de crímenes de guerra), que tenía que firmar los papeles para la salida, pero se negaba. Por eso estuvimos esperando y un día lo vi claro, las únicas posibilidades reales eran:  o nos mataban o nos dejaban salir.

Cuando pienso en lo que mis padres tuvieron que sufrir para que mi hermano y yo estuviéramos a salvo y con vida, creo que yo no hubiera podido ser tan fuerte. Casi todos nuestros amigos nos abandonaron, era muy peligroso ser serbio  y simpatizar con los que no lo eran. Y sin embargo, fueron dos serbios los que tuvieron un papel muy importante en nuestras vidas, uno nos ayudó a sobrevivir y el otro hizo posible nuestra huída. Encuentro horrible escribir serbio y no serbio, ellos y nosotros, ¡no tiene que ver conmigo!, pero tiene que ver con nuestra historia y fue así, la nacionalidad tenía, DESGRACIADAMENTE, un papel muy importante.

«Mi padre se hizo con una bomba y la escondió en el balcón»

Vivíamos en el último piso de un edificio de nueve plantas. A un metro sobre nuestras cabezas había un puesto de un francotirador, desde allí podían ver siempre lo que pasaba en la ciudad y disparaban a la gente o al aire. Bebían mucho y tocaban a nuestra puerta para pedir cigarrillos o alcohol. No teníamos nada y solo pensábamos en lo que nos harían si, estando borrachos, venían a buscar algo. Mi padre, que nunca había tenido nada peligroso en las manos, salvo un cuchillo de cocina, se hizo con una bomba y la escondió en el balcón para matarnos a todos si venían a violarnos. Yo estaba tan aterrorizada con su idea como él, lo pude ver en su cara.

Las noches eran terribles, mi hermano tenía miedo de que los tipos entraran en la casa por el balcón y lo mataran mientras dormía. Yo, en cambio, tenía miedo cuando iba al baño con una vela, porque había escuchado a los francotiradores hablar de las “señales de luz” en las casas con banderas blancas: los no serbios tenían que colgar esas banderas o sábanas en sus casas, como lo hacían los judíos antes y durante la Segunda Guerra Mundial. En ese caso, debían disparar para matar a los traidores y por eso iba aterrada al baño, temía que alguien me pudiera ver con el teleobjetivo de su arma.

«Un día comenzaron a disparar desde todos lados»

Un día empezaron a disparar desde todos lados, enseguida comprendimos que pasaba algo terrible, pero no sabíamos qué. Escuchamos gritos que venían de la calle y frente a nuestra puerta, también dispararon desde “nuestro” puesto. Más tarde averiguamos que un grupo de casi cuarenta personas intentó tomar el poder de la ciudad, pero cada uno de ellos fue asesinado. Disparaban desde todas las direcciones y con todo lo que tenían, pero, aún esa situación, hubo espacio para  la tragicomedia, mi madre con un ataque de nervios corrió por toda la casa y gritó «¡nos van a matar a todos!, !vámonos!».

Mi padre intentó tranquilizarla pero también él tenía miedo de que pasara justamente eso, así que decidió que correríamos  tres kilómetros por la ciudad hasta llegar a casa de Brana y Mile, testigos de su boda. Ellos fueron los que nos salvaron la vida. Mile podría protegernos porque en la ciudad era conocido como un buen chetnik, absurdo, pero cierto. En esa situación, completamente anormal, corrimos hacia la calle, en la que los tiros venían de todas partes y mi madre, de repente, dijo que se había olvidado su vajilla. Mi padre, completamente asombrado, la zarandeó: «¿Qué vajilla? ¡Tenemos que salir de aquí!». Y ella respondió:  «¡Pero es que no la he terminado de pagar!».

No puedo describir lo descabellado de la situación, especialmente para mi madre, que normalmente no es nada apegada a las cosas materiales. En esa histeria, seguimos corriendo por la calle en medio de un fuego cruzado. De repente, escuchamos desde un arbusto: «¡Alto!, ¿a dónde quieren ir?». Nos quedamos paralizados mientras mi padre nos apartaba de él, nos empujaba. Pensábamos que nos iba a disparar, pero mi padre le dijo que éramos serbios y que queríamos seguir adelante y él se disculpó. Continuamos corriendo, pero mi hermano, sólo un año más grande que yo, se tiró sobre el asfalto y comenzó a llorar, fui hacia él y le dije con una voz fría: «Querido Damir, mantén la calma, por favor». Mi padre lo cogió en brazos y seguimos. Cuando ya habíamos recorrido dos tercios de nuestro camino, estábamos ya en el estadio, vimos caer algo, seguramente una granada. La detonación nos tiró al suelo, por suerte, el estadio estaba rodeado de muros de piedra y no nos alcanzó la explosión. Estaba en el suelo, vi como mi padre cogía a mi madre y a mi hermano, me gritaba algo, seguramente que me levantara y siguiera corriendo. Lo siguiente que escuché fue la risa de mi hermano y como me decía: «¿Qué?, ¿dónde está tu calma ahora?». Si no fuera porque me ocurrió a mí, no me lo creería. No me creería que llegamos con vida hasta Mile, completamente aturdidos, pero vivos.

«Si alguien me pregunta sobre mi niñez, pienso automáticamente en la guerra, sólo en la guerra»

Es curioso, si alguien, en un conversación corriente, me pregunta por mi niñez, pienso automáticamente en la guerra, sólo en la guerra. Como si antes, trece años antes, no hubiera tenido una vida feliz, jugando, con recuerdos bonitos y amigos; como si toda mi infancia se redujera a esos meses de miedo. Cuando me preguntan por la guerra no digo nada, pero sí pienso que la guerra se llevó para siempre mi infancia, mis amigos, mis fotos y todo lo que hasta esa fecha habían logrado mis padres. Pienso en cómo me obligó a vivir dos vidas completamente diferentes, que nunca he podido reconciliar, mi relación con todo lo que conocía hasta ese momento desapareció.

Cuando huimos y empezamos esa nueva vida, que tampoco fue un cuento, tuve que quemar los puentes tras de mí para poder sobrevivir. Tuve que dejar de hurgar en las heridas y no mirar las páginas de mi diario para poder dormir tranquila.

Tiré un casquillo de la bala que no me alcanzó por un centímetro y que quedó incrustada en el marco de la ventana. Durante un tiempo la llevaba como recordatorio de la suerte que tuve. La tiré detrás de mí en el camino desde el que vengo.

Fue simbólico y teatral, justo como lo había deseado.

«Soy la persona más feliz de la tierra porque tengo todo lo que necesito»

Y mientras estábamos en la frontera con Alemania, conscientes de que no teníamos nada y de que no volveríamos jamás; cuando mirábamos en dirección al “amado país”, Alemania, que no nos quería acoger porque no teníamos un certificado de garantía; mi padre nos abrazó y dijo: «Soy la persona más feliz de la tierra, porque tengo todo lo que necesito». Es algo de lo que me acuerdo constantemente y que se ha convertido en el lema de mi vida, mi motivación para vivir. Empezamos a intentar sobrevivir en una nueva guerra, silenciosa, en nuestro interior. Para mí era muy difícil compartir mi experiencia con alguien, en 25 años, quizás lo hice una o dos veces, y hoy lo hago otra vez.

Tengo dos hijos, un niño de tres años y una niña de ocho meses. Me preocupa el nuevo nacionalismo, sobre todo desde que soy madre. Me parece increíble lo que ocurre actualmente. Me pregunto si nos dividirá el terror, una nueva guerra mundial, una bomba atómica o cualquier otra cosa destructiva. Aunque no sufro una depresión, me resulta difícil quitarme la impresión de que hace tiempo que algo no va bien. Siento que la humanidad está en un profundo decaimiento y tengo la sensación de que el Mal, desapercibido e imparable, se hace cada vez más fuerte. Yo no sé lo que cada uno puede hacer para evitarlo. Quizás el proyecto ZETRA sea un paso hacia delante, o no, pero intentarlo merece la pena.

A veces no confío en lo que me queda de humanidad, ni siquiera en mis propios pensamientos. Pero, ¿quién es el loco aquí? Un ejemplo es la actual crisis de los refugiados. Veo a esas pobres personas y a sus hijos, que han metido en bolsas sus vidas, que han vencido mares, ríos, países, fronteras, alambradas, en busca de una vida mejor. Sí, seguro que entre ellos hay criminales y malas personas, las mismas que puedes encontrar en todos sitios. Ese sentimiento lo conozco bien, es una experiencia horrible, porque cada imagen del pasado se queda grabada en la cabeza. En las caras de los refugiados veo lo que yo he vivido, y lloro, abiertamente o dentro mí.

Estoy convencida de que mis amigos y conocidos más íntimos piensan lo mismo. Pero entonces escuchas comentarios contra los refugiados, contra la humanidad, el nacionalismo y el sadismo de, aparentemente, personas normales y amables con los que hasta ahora has hablado de todo. ¿Cómo se puede, sin haber vivido la guerra, sin haber tenido esa experiencia, estar tan seguro y, con total ignorancia, hablar del destino de esas personas?  Me horroriza tener alrededor a gente como esa, porque son muchas, porque no puedo explicárselo, porque sus hijos juegan con los míos e intercambiarán pensamientos. ¿Qué pasaría si cada vez son más y ellos los creen? Dondequiera que lleguen y en cualquiera de las noticias que lean, encuentran el mismo odio, el mismo sufrimiento y el mismo peligro. Es un motivo de preocupación incluso para nosotros, los optimistas.