El caballo Hans, la Bestia Inteligente

El caballo Hans no era un caballo cualquiera. Seguro que le hubiera ido muy bien en la vida de hoy. Atento siempre al lenguaje corporal, asiente o niega según lo que el interlocutor espera de él, creo que hubiera tenido un buen comienzo en la vida política y, con algo de suerte y con el grupo de personas adecuadas alrededor, incluso podría haber llegado a presidente. Y bueno, no le voy a quitar méritos, sus proezas en aritmética y otras artes dejaron boquiabiertos a todo un ministro de cultura y a trece reputados científicos.

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“El caballo milagroso” 13 de Agosto, 1904. Archivo del Berliner Morgenpost

Qué estrés tenía el pobre cuadrúpedo, no solo porque ya no podía correr por los prados, debido a las múltiples demostraciones diarias que tenía que hacer de sus habilidades, sino porque también se las tenía que ver con la prensa. La revista berlinesa  Die Woche incluso llegó a reducir su talento a mera propaganda ecuestre, ya que a los de su especie, en la Berlín de 1904, les había salido un gran competidor: el coche —vamos, que sus días como animal de carga estaban contados—. Eso y el incipiente incremento de otra familia, la canina, que pese a estar aún en minoría en esa fecha (45.721 caballos frente a 37.208 perros) ya destacaba entre ellos la que destaparía su secreto, Nora, la perra del pintor Emilio Rendich.

Pero volvamos a la época gloriosa de Hans. Resulta que su dueño, Wilhelm von Osten, aparte de quererlo mucho, era un profesor de matemáticas jubilado, y por eso, por quererlo mucho —y ,probablemente, por tener mucho tiempo libre—, le dio un día por coger una tiza y una pizarra y convertir el patio trasero de su casa en el aula de Hans. Se propuso transmitir sus conocimientos a su amado caballo —veremos más adelante por qué decimos que Hans no podía sentirse de otra forma que amado— y, según él,  en poco tiempo, su pupilo conocía la aritmética básica, podía deletrear, leer e incluso distinguir colores, melodías y acordes. No podía hablar —como se imaginarán— pero se daba muy bien a entender dando golpes con su pata delantera derecha —Hans debía ser diestro, como Dios mandaba entonces—. El caso es que se hizo tan famoso que sus destrezas llegaron a oídos del ministro de cultura Konrad von Studt. De él hay que decir que tenía que haberse guiado por su intuición inicial, la de «esto me huele a chamusquina», para evitar haber pasado a la historia como el ministro de cultura que condecoró a un CABALLO por su saber. Lo digo por él, pobre. Me lo imagino en su lecho, antes de morir, pensando en Hans y no en los logros culturales que había conseguido para su país; y sin saber que gracias a la controversia generada, guió a la comunidad científica en el camino hacia el estudio de la comunicación no verbal.

Konrad von Studt se mostró escéptico en un principio ante el clamor berlinés por la sorprendente inteligencia del caballo, pero me imagino que le vino al pelo la popularidad del cuadrúpedo, porque en 1904 se celebraba en Berlín el sexto congreso de zoología internacional. ¿Qué mejor actividad paralela al congreso que visitar al animal más famoso de la ciudad? Así que el director del Instituto Universitario de Psicología y biólogo comparativo, Carl Stumpf, envío una comisión científica para evaluar al animal. Todos quedaron sorprendidos con sus dotes, dieron fe de sus habilidades, y aunque no encontraron ninguna explicación, condecoran a Hans con la distinción de Bestia Inteligente.

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El caballo Hans, la Bestia Inteligente

Pero entonces apareció Nora, la perra que destapó el truco. Su dueño, el pintor Emilio Rendich, conocía la historia de Hans y supongo que su incredulidad o simplemente porque le invadió el orgullo habitual en estos casos: «mi perra hace eso y más», se propuso escolarizar a Nora. A él le bastaron unas pocas semanas para lograr que su perra realizara con éxito actividades similares a la Bestia Inteligente. Pero con una diferencia, durante el proceso Rendich dio cuenta de que Nora daba uno u otro resultado atendiendo a su comportamiento gestual y su lenguaje mímico. Es decir, que la perra notaba por la cara de su dueño, la expresión de sus ojos y el movimiento corporal, cuando había alcanzado la respuesta correcta. ¡Eureka! No sólo comunicamos con la palabra, también con el alma y el cuerpo.

Tal descubrimiento no tardó en llegar a los rotativos. Emilio Rendich señaló en uno de ellos que Wilhelm von Osten usaba su barba y su sombrero para hacer señas a Hans chivándole así la solución.  Estas declaraciones llegaron también al ministerio de cultura, que no tardó en reaccionar —me imagino el temor a los titulares del ministro en cuestión, que además, eran vociferados en aquella época—, qué pena que se haya perdido esa costumbre:  «!EXTRA! ¡EXTRA! La Bestia, más Inteligente que el ministro de cultura». Así que el departamento decidió mandar de nuevo a los expertos al patio del profesor de matemáticas. Desgraciadamente para Hans, esta vez no se lo pusieron fácil. En esta ocasión, irá en persona el psicólogo Carl Stumpf con su comité de expertos (Comisión Hans), entre los que se encontraba el joven estudiante de psicología y filosofía Oskar Pfungst. Lo sometieron a varias pruebas, en las que ya no solo estaban pendientes de él, sino también de su maestro. Durante el tiempo que duró la investigación, no solo se dieron cuenta de que, efectivamente, el profesor movía levemente la cabeza cuando el caballo debía atinar; de que Hans estaba totalmente perdido si no veía a su querido maestro; sino también de que sus aciertos o errores dependían del conocimiento que  los espectadores tuvieran sobre aritmética. Si el público no sabía restar ni sumar y su profesor no estaba delante, Hans no acertaba ni una.

En 1907, tres años después de haber alcanzado el curioso título de Bestia Inteligente, la Comisión Hans concluyó que el caballo no sabía leer, ni sumar, ni restar, ni conocía acordes. La Bestia Inteligente perdió el adjetivo, teniendo en cuenta la definición de la época, pero abrió un intenso debate entre los psicólogos y filósofos sobre otro tipo de inteligencia, inexistente entonces, la inteligencia emocional, que, dicho sea de paso, no fue reconocida como término hasta 1995, pese a que Charles Darwin ya había escrito en 1872 The Emotions in Man and Animals, obra en la que sugiere que las expresiones como la risa son fundamentales para la supervivencia de la especie, humana y animal. Y no es hasta 1956 cuando se publica un libro en el que por primera vez se habla de la comunicación no verbal.

Hoy en día estamos hartos de escuchar hablar del tema: «si tienes una entrevista de trabajo, cuídate de cruzar los brazos, mirar a la izquierda o derecha según qué preguntas, levanta la cabeza, no levantes la cabeza demasiado porque parecerás arrogante, ríete pero no enseñes tus dientes…». Seguro que algunos de esos consejos serán de utilidad, pero ¿qué hay de ser honestos?, ¿qué hay de la comunicación de verdad?, ¿qué hay que aprender o desaprender en la educación, ante niños que se mueren de aburrimiento en las clases, que no aceptan que les griten, que no muestran ningún interés en la materia que les estamos enseñando?, ¿sabemos leer, ver, aprender que quizás nos estamos equivocando cuando queremos transmitir conocimientos y motivarlos?, ¿o quizás les estamos enseñando a reaccionar, como Hans ante el suspenso, la represalia, la competitividad, y no a preguntar, equivocarse o descubrir?

Hans no sabría leer ni escribir, pero sí tenía mucha sensibilidad, y de haber buscado su buen profesor otras artes más lucrativas,  hubiera convertido a su caballo en un buen jugador de póquer. Pero Wilhelm von Osten murió convencido de las habilidades de su caballo, se enfadó con los científicos y siguió mostrando a Hans como Bestia Inteligente. Tras su muerte, el joyero Karl Krall, heredó a Hans y continuó la labor del profesor de matemáticas con nuevos alumnos: otros caballos, ponis y hasta un elefante.  Se lo considera pionero de la psicología animal y en 1912, la editorial Engelmann publica su libro Denkende Tiere (Animales pensantes). Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, a Hans lo llamaron a filas y se le perdió la pista…

¿Que por qué se tenía que sentir amado Hans? Porque de una piedra no sale un limón.

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Hans con Karl Krall, pionero de la psicología animal, autor del libro Los animales pensantes, (1909).