Arte

Making of… tatuajes

Ignacio S.Q.

Apenas a 50 kilómetros de Bangkok, a más o menos una hora de dejarse el cuello encajado en un tráfico que se desborda de la megaciudad, se encuentra el templo budista de Bang Phra. No destaca por nada entre los miles de templos que llenan el país. Pasarías al lado y difícilmente algo haría que te detuvieras salvo un apretón meditativo. Pero como en muchos de los templos más conocidos del país, sus monjes han sabido diferenciarse del resto para no pasar inadvertidos. Cuestión de supervivencia. Así que Bang Phra tiene un día en el que es el gran templo de peregrinación. Llega arrancando marzo. Y el motivo de su celebridad son los tatuajes.

Miles de personas acuden hasta allí para que sus monjes tatúen o refuercen viejos tatuajes. Todo por una creencia. Los dibujos hechos por los monjes de Bang Phra son milagrosos. Tienen poderes. Evitan el mal y a los enemigos. Son protectores. Y con la extraordinaria ventaja de que no juzgan lo que protegen. Los monjes no preguntan. Solo tatúan. Una actitud inteligente cuando la tradición empezó a hacerse común entre un sector de la población de Tailandia que se dedica a “asuntos que no te interesan”. Estos asalariados de los bajos fondos creen que las líneas de tinta bajo su piel, tatuadas por estos monjes y en este lugar, pueden ahorrarles uno de esos accidentes de trabajo que saben que tarde o temprano van a sufrir.  Y todos esperan que, llegada la hora, les pase como a aquel compañero de profesión atrapado contra una pared en un húmedo y perdido callejón de Bangkok que fue capaz de detener con los dientes la bala que debía purgar sus deudas. Al menos eso creen boca abajo mientras la sucias manos de un monje tatúa rayas en su espalda.

Junto a los que consideran que los tatuajes de este monasterio les cubrirán las espaldas también acuden, cada vez más, extranjeros, turistas de fiestas de la luna llena y resaca en la playa, que buscan también un sentido a su tatuaje. Una marca especial. Algo que les aleje de un trazo que ya es moda y que apenas distingue a unos de otros.

Puede que algo similar, un sentido de la diferencia, llevara en el otro lado del mundo, a que 1.500 personas respondieran a la llamada de una agencia de publicidad que ideó un anuncio basado en el tatuaje. No sabían qué les dibujarían, ni en qué parte del cuerpo. Pero era algo diferente. Se prestaban a ser parte del que dicen es el primer montaje animado hecho con tatuajes. Una marca especial. Estos voluntarios pertenecen a ese grupo de edad que rápidamente identificaríamos como predispuestos a llevar tatuajes. Lucen además, la imagen necesaria. Y están dispuestos a ceder algunos centímetros cuadrados de su piel para hacer, entre todos, algo similar a esos dibujos en las esquinas de las hojas de algunos libros que se pasan a toda velocidad y hacen que un muñeco cobre vida. Aquí no pasarán páginas, sino antebrazos, muslos, espaldas, pechos, cualquier parte del cuerpo que sea necesaria para que, foto a foto, una tras otra, creen la ilusión de figuras que se mueven, nos cuenten una historia y nos vendan otra verdad.

Making of del proyecto Hunt Or Be Hunted.

Así, de las afueras de Bangkok a la mesa en la que los creativos de esta campaña idearon el anuncio, va también parte del camino que ha recorrido la historia del tatuaje. Y aunque aún sobreviven muchos de los motivos que empezaron a hacer que el hombre se marcara bajo la piel, el tatuaje también ha crecido como industria y, por tanto, como producto, cambiando profundamente su significado.

Investigar el porqué, la causas, ansias, complejos, vergüenzas, virtudes o historias que hay bajo la piel de los que se tatúan es entrar en un complejo entramado que han querido desbrozar investigadores de todo el mundo para concluir, entre otros, los efectos del tatuaje sobre la salud, las opciones laborales, las posibilidades de ser más atractivo, el consumo de alcohol o estupefacientes y hasta para interpretar la personalidad de los tatuados según la parte del cuerpo elegida para marcarse la piel.

Esos miles de estudios son secuelas del impacto que el arte de dibujar el cuerpo ha tenido en la sociedad occidental. Y acostumbrados a un consumo con caducidad, hasta la más primitiva idea del tatuaje, la permanencia, ha desaparecido.  Hubo que encontrar una solución para todos aquellos que creyeron que “para siempre” tenía un final.  Así que ya puede borrarse lo que iba a durar toda una vida. Como si eliminando ese dibujo, ese nombre, ese símbolo, la mente borrara la historia que va con él.

Quizás así, el tatuaje ha ganado también en libertad. No todo va a ser misticismo y señales de vidas que merezcan ser marcadas. Pero tampoco es tan solo una cuestión de modas y caprichos. Ames u odies los tatuajes, te sean indiferentes, los admires o los rechaces, no se puede negar su atractivo y la extraordinaria creatividad que han desarrollado. Tanta como la de un modesto tatuador mexicano cuya última voluntad fue que al morir le escribieran en sus párpados las palabras con las que marcar para siempre tan señalado día: Game Over.