Arte

Provocación bajo la piel (I)

Una breve historia del tatuaje

Eduardo Verdú

Tatuaje: Tattoo Santa Catalina y Dani Sanz

Vivimos en el tiempo del no tiempo. Nada dura, nada permanece, nuestra fidelidad al peinado, a la compañía telefónica o a un partido político es fugaz. Nos sentimos libres, sin ataduras, sin promesas. Se han acabado las alianzas “para toda la vida” que establecían nuestros padres con sus empleos, sus parejas o sus lavadoras. Hoy preferimos reinventarnos, ser nuevos y diferentes cada día, comprar muebles de Ikea y odiar a grupos que acabábamos de amar. Sin embargo, se produce una extraña paradoja. Cada día más gente adopta un antiguo e indeleble compromiso: el tatuaje.

El 23% de la población mundial tiene la piel tintada. Los veinteañeros son los abanderados de los dibujos cutáneos, pero ya no hay distinción entre chicos y chicas, de hecho, desde hace cuatro años ya son más mujeres que hombres los tatuadas en Estados Unidos. Crece la pasión en todo el planeta por plasmar figuras imborrables en la piel ¿Por qué? ¿Cuáles son hoy los motivos por los que la gente se tatúa? ¿Son los mismos que hace miles de años? ¿Por qué cada vez más personas buscan un trazo de eternidad en un mundo aquejado de presentismo?

Era primavera. Aquel hombre de cuarenta y cinco años caminaba por el Tirol dos horas después de haber comido. De repente una flecha le atravesó la espalda. Cayó al suelo y, victima del impacto o quizá de un postrero golpe propinado por el arquero, murió inconsciente y desangrado. Encontraron su cuerpo en un glaciar 5.300 años después de su final. Las avanzadas técnicas de escaneo y análisis de esta momia hallada en 1991 pudieron determinar numerosos datos sobre su fisonomía y sus últimas horas, además de desvelar el contenido de su estómago, su intolerancia a la lactosa y el padecimiento de varias caries. Pero quizá lo más sorprendente de este hombre apodado Ötzi, es que lucía sesenta y un tatuajes.

Es la referencia más antigua de la existencia de estas pinturas corporales. Ötzi presentaba dibujos de líneas paralelas y dos cruces tanto en el lumbar como en las espinillas. Se cree que esos tatuajes confeccionados con polvo de carbón sobre incisiones eran el resultado de una especie de acupuntura contra dolores articulatorios. Sin embargo no se puede descartar su relación con la religión o la magia. En múltiples culturas, los pigmentos corporales eran ofrendas a los dioses. Las mujeres del Antiguo Egipcio se tatuaban el vientre para invocar embarazos sanos y como demostración de valentía y madurez. Las divinidades también eran el último espectador de las marcas de las primitivas tribus de América.

Pero esos sellos de colores también imponían una consideración social muchas veces contradictoria. Las rutas comerciales llevaron la técnica del tatuaje hasta la India, China y Japón. Mil años antes del nacimiento de Cristo, en el país del sol naciente los tatuajes lucían tanto sobre las pieles de la alta sociedad a modo de ornamento como en la epidermis de los criminales, marcados así ante su pueblo. Este estigma poco a poco devengó en símbolo de identidad entre la mafia nipona, la Yakuza, del mismo modo que la mafia rusa también utiliza el tatuaje para filiar a sus miembros.

Marco Polo a finales del siglo XIII escribió sobre cómo en la Polinesia sus habitantes iban marcándose a lo largo de toda su vida, en un principio con un significado divino pero cobrando respeto en la comunidad a medida que crecía el dibujo. Algo parecido constató el Capitán Cook cinco siglos después entre los tahitianos. Y fueron precisamente los marineros de esas tripulaciones expedicionarias quienes comenzaron a tatuarse a bordo trayendo este “fenómeno” a occidente. Contramaestres embarcados, muchos de ellos, para evitar la cárcel. Ese es el motivo por el que antiguamente el tatuaje estaba asociado tanto a los marinos como a los delincuentes.  Incluso los cristianos perseguidos por el Imperio Romano fueron marcados como sacrílegos y criminales.

El tatuaje volvió a cobrar importancia en los años sesenta y setenta del siglo XX. Los hippies convirtieron esta práctica en un colorido juego decorativo y las siguientes corrientes musico-culturales como el punk, el rock o el rap lo introdujeron con fuerza en el segundo milenio. Los ídolos de la juventud de este último siglo son los cantantes y los futbolistas, atléticos lienzos tendentes a la pigmentación. En las recientes décadas hemos vivido una fulgurante moda del tatuaje reflejada incluso en programas de televisión como Miami Ink. Pero hoy el reto consiste en descifrar qué buscan los jóvenes en estos tintes subcutáneos.

Tatuaje - Wiliam Díaz, aparejador, 44 años. Fasnia, Tenerife Fotografía de Manu Navarro

Wiliam Díaz, aparejador, 44 años. Fasnia, Tenerife. Fotografía de Manu Navarro

Lo que parece obvio es que muchos veinteañeros de hoy encarados con un futuro incierto y vertiginoso se tatúan sin pensar, lo que propicia que ahora sea casi tan lucrativo el negocio de dibujar tatuajes como el de eliminarlos. La frivolidad de su adopción lleva a muchos hombres y, sobre todo, a muchas mujeres, a aplicarse un láser corrector. La lista de los dibujos más eliminados refleja claramente que son las chicas las más arrepentidas: nombres de ex parejas, delfines, palabras mal escritas, brazaletes de espino, estrellas, mariposas, caracteres o símbolos chinos y celtas, signos del zodiaco y hadas.

Hoy existen nuevos e insólitos motivos por lo que algunas personas se tatúan. Un alemán de 39 años se tatuó la palabra “Mini” en el pene para ganar en un concurso radiofónico un coche de esa marca. Y también en Alemania veinte hombres se inscribieron para siempre la palabra Pascha en el brazo al escuchar que el burdel más grande de Europa de ese mismo nombre les regalaría la entrada de por vida. Un tal Billy Gibby ingresó en el libro Ginness de los Récords como “la valla publicitaria humana tras estamparse en toda su fisonomía marcas y direcciones web de múltiples empresas. Incluso una mujer de 50 años se ha realizado varios tatuajes mezclando tinta con las cenizas de su hijo muerto.

Hoy el tatuaje también sirve como emblema de solidaridad con una causa. Anteriormente se ponían lazos en la solapa o pulseras en las muñecas pero ahora un tatuaje es la forma más sincera de mostrar un compromiso. Hace dos años y medio Amy Bleuel fundó el proyecto Punto y Coma para honrar la muerte por suicidio de su padre. Este símbolo ortográfico quiso encarnar la lucha contra la depresión, la adicción, las autolesiones y el propio suicidio. El punto y coma pretende represar la determinación de no acabar con la vida a pesar de los problemas, un recordatorio de que hay que seguir adelante con la frase de nuestra existencia. La iniciativa tuvo una expansión desenfrenada en las redes sociales y hoy cientos de miles de personas en todo el mundo presentan un punto y una coma en algún lugar de su anatomía.

Fotografía de Juan Salvarredy. Tatuaje de Nazareno Tubaro

Fotografía de Juan Salvarredy. Tatuaje de Nazareno Tubaro

Pero dentro de los nuevos usos del tatuaje también está el terapéutico. Mujeres sometidas a reconstrucciones mamarias o mastectomías, normalmente debidas a la extirpación de un tumor, vuelven a tener pechos con apariencia normal gracias a tatuarse el pezón perdido. De la misma forma que muchas mujeres utilizan el tatuaje para dibujarse de forma perenne las cejas ralas o totalmente despobladas, ahora recurren al dibujo para recuperar la apariencia de un busto natural.

Estas son aplicaciones novedosas del tatuaje, pero la mayoría de los clientes de los estudios de tattoo acuden simplemente porque buscan un adorno superficial. O quizá no tanto. Hay personas que se tatúan precisamente porque no les gusta su cuerpo. Contemplando su dibujo pueden esquivar la visión de su aspecto y centrase en una característica escogida, no impuesta por la  naturaleza. Porque el tatuaje establece un doble diálogo. Por un lado conversa con nosotros mismos. Muchas veces la tinta nos recuerda eventos o personas que no queremos olvidar. Grabamos en nuestros brazos o nuestro pecho elementos que nos repiten quienes somos, quienes fuimos, la fotografía de nuestras pasiones. El extremo de este diálogo interior lo representan los Tech Tats, tatuajes electrónicos elaborados con tinta electromagnética y un microcontrolador. Estos tattoos se conectan por bluetooth con nuestro móvil aportando información sobre nuestra temperatura corporal, nuestra sudoración y nuestro nivel de hidratación o estrés. Es un futurible sustituto para las pulseras de actividad. Un tatuaje temporal controlando nuestras constantes vitales a tiempo real.

El tatuaje nos hace únicos, no hay dos impresiones iguales. Sin embargo muchas veces sirve para integrarnos en una tribu, para marcarnos como parte de un colectivo. Es aquí donde entra la otra faceta del diálogo: el tatuaje nos pone en comunicación con el entorno. En otro tiempo un dibujo cutáneo al descubierto alteraba esa relación con los demás al proclamar impúdicamente el nombre de nuestra pareja o la devoción a un equipo de fútbol o a un santo. Pero en la época de las redes sociales, cuando todos andamos sobre expuestos, contándole al mundo sin cesar dónde estamos, con quién nos relacionamos, qué estamos pensando y qué comemos, la piel tintada pierde su antiguo valor exhibicionista y procaz para transformarse en una pantalla más desde la que hablarle al mundo. Sin embargo el grabado en la carne no ha perdido su factor rebelde, simplemente representa en otro tipo de provocación: la fidelidad. En este planeta en constante cambio, de mascaradas y artificios, de modas efímeras y alianzas con caducidad, el tatuaje se ha convertido en la más escandalosa muestra de amor.

Vídeo, cortesía de Santa Cruz Tattoo