Ciencia, Cine, Literatura

Tras el rayo verde

Gustavo Gil

Nunca mires directamente al sol sin la protección adecuada. No expongas tu piel demasiado tiempo a los rayos solares, aunque uses crema protectora, y ten más cuidado en las horas centrales del día, cuando la luz ultravioleta es más intensa. Protege tu cabeza con un sombrero y usa ropa adecuada, que permita a tu piel transpirar. Usa gafas de sol que detengan los rayos UVA y UVB, aun en los días nublados, y prevendrás una posible cataratas. Todos habremos escuchado cientos de veces advertencias como estas a lo largo de nuestra vida, sobre todo si has nacido y crecido entre los 40º de los paralelos Norte o Sur. No tanto en nuestra infancia, en la que nos pasábamos la tarde de algunos domingos con una congestión solar en la cara, los hombros y la espalda, con paños fríos y cremas refrescantes; pero sí en estos últimos años, en los que parece que el cambio climático nos ha hecho más conscientes del poder del astro rey. De lo que no nos advirtieron nunca es de que la contemplación de su luz al amanecer o al anochecer podría causarnos desórdenes emocionales. Si a usted tampoco, eso es que aún no ha oído hablar de El rayo verde.

Portada le Rayon Vert

Portada de Le Rayon Vert (Julio Verne, 1882)

La joven Elena Campbell regresaba de su paseo, algo acalorada pero contenta, saludó a sus tíos y se sentó a charlar con ellos sobre su futuro. La conversación, tal como habían planeado los hermanos Sib y Sam Melvill fue dirigida por éstos, sin mucho tacto, a la pregunta crucial: «¿Es que no quieres casarte?». Elena responde: «No, hasta que haya visto… el rayo verde».

Es el comienzo de la novela de Julio Verne, El rayo verde, publicada en 1882, y no sabemos qué se le pasaría por la cabeza al escritor francés a la hora de ponerse a concebirla, pues se trata de un relato que se aleja del esquema habitual de sus entregas, donde normalmente la ciencia y la tecnología futurista se dan la mano con los más osados aventureros, para centrarse en la anécdota romántica. Y tampoco sabemos, como se preguntaba el que fue astrónomo del Vaticano, Daniel O’Connell, «…qué fue lo que atrajo la atención de Julio Verne sobre este fenómeno, porque difícilmente podremos encontrar alguna mención anterior sobre el mismo». Se refiere al fenómeno del rayo verde, ya que hasta ese momento parecía que nadie había oído hablar de él.

J.P. Joule en 1869 y de D. Winstanley en 1873 habían informado de su existencia en sendos estudios publicados por una sociedad científica de Manchester, pero parece improbable que el escritor francés tuviese noticias de ellos porque, tal como nos cuenta Laurence Sudret, secretaria general de la Societé Jules Verne, los conocimientos que Verne tenía sobre la lengua inglesa se limitaban al uso de un diccionario bilingüe cuando trabajaba en alguna obra que lo requería. En otras ocasiones, hacía que le tradujeran, como en el famoso encuentro con la periodista y aventurera Nellie Bly, que lo visitó en Francia haciendo un alto en su vuelta al mundo, donde un periodista hizo de intérprete. Lo que sí es seguro es la fascinación que Verne sentía por el fenómeno y dejó constancia de ello en varias de sus obras. En una anterior, Las Indias negras, de 1870. Y en otras dos posteriores, Las magníficas aventuras del maestro Antifer, de 1894 y Los Náufragos de Jonathan, publicada en 1909, diez años después de su finalización, con importantes matizaciones por parte de su hijo, Michel Verne. Pero El rayo verde sería la primera novela que tomaba como elemento crucial de la trama este fenómeno. La primera obra de gran difusión popular y la que dio a conocer el rayo verde al gran público. Luego vendrían muchos otros libros, toda una oleada de trabajos científicos y también de ficción que harían referencia  al “descubrimiento” de Monsieur Verne.

Julio Verne (1892)

Julio Verne (1892)

El rayo verde se considera una de sus novelas escocesas, casi una guía turística de las tierras de su admirado Walter Scott, en cuyos poemas sobre la naturaleza y el mar bien podría haberse inspirado para recrearla. En ella el romanticismo, la naturaleza y el humanismo, representados por Elena Campbell y el artista Olivier Sinclair; parecen estar por encima de la ciencia, encarnada por el joven Aristobulus Ursiclos, al que Verne dota de un nombre ridículo y al que describe físicamente como «más parecido a un simio», e intelectualmente como «Demasiado sabio para ser tan joven», un presuntuoso erudito encargado de entorpecer una y otra vez los planes de la joven Elena.

El caso es que, como ya habrán deducido, la muchacha emprende un viaje por Escocia, acompañada por sus dos tíos, en busca de este rayo verde para poder decidir si se casa o no. ¿Por qué? Pues porque cuando la chica volvía a casa, acalorada pero contenta, llevaba en su mano un ejemplar del Morning Post, periódico ficticio de Glasgow, donde había leído sobre la “leyenda” escocesa que contaba que «aquel que viera el rayo verde no se equivocaría nunca en asuntos del corazón, porque su aparición destruye las ilusiones y las mentiras y el afortunado podrá ver claro en su corazón y en el de los demás». Y si alguien cree que no es motivo suficiente para emprender un viaje lleno de aventuras en su busca y relatarlo en una novela es que no conoce a Julio Verne.

Es verdad que en pleno siglo XIX aún no había llegado la avalancha de coachers y bloggers “hola, corazones” de la que disfrutamos hoy en día, pero entonces aún coleaba el Romanticismo y se veía de los más normal que alguien considerara interesante o simplemente bueno para su salud y equilibrio mental conseguir ese poder que le otorgaría la visión del rayo, uno de los mayores deseos de los seres humanos: conocer la naturaleza de los sentimientos propios y de los ajenos.

Al final de su viaje, tras varios intentos frustrados de contemplar el rayo y después de ser salvada  Elena por el apuesto Olivier Sinclair de morir ahogada, ambos protagonistas tienen la oportunidad de ver el rayo, por fin, al atardecer, en el horizonte despejado tras la tormenta. Pero Verne le da una última vuelta de tuerca a la historia y justo en el momento en el que se da el esperado fenómeno, Elena y Olivier están absortos contemplándose el uno al otro. «… Elena había visto el rayo negro que lanzaban los ojos del joven; y Olivier el rayo azul que se había escapado de los ojos de la muchacha». Un buen final para los amantes de las moralejas que no restó ni un ápice a la popularización de la supuesta leyenda escocesa que sirve de partida a la aventura de la muchacha. Supuesta porque, tal como explica el Doctor Andrew T. Young, del departamento de astronomía de la Universidad de San Diego, en su página de internet dedicada en exclusiva a los Green flash, tal leyenda no existe en la cultura escocesa. Y atribuye a la «prosa púrpura francesa» del siglo XIX , y más concretamente a la pluma e imaginación de Monsieur Verne, la creación de tal bulo.

The Green Ray by Leon Benett

Ilustración de Léon Benett para El rayo verde (Julio Verne, 1882)

Pero, ¿existe en realidad el rayo verde? Sí, existe. Se trata de un fenómeno que sucede normalmente en la puesta de sol, aunque también al amanecer, que consiste en la aparición de un rayo, que es en realidad un resplandor, verde con las primeras o las últimas luces de sol. Se debe a la refracción de la luz al caer el astro tras el horizonte, y se da en circunstancias atmosféricas muy concretas. Básicamente: un cielo despejado y una atmósfera cristalina.

Tras la novela de Verne se sucedieron las noticias de avistamientos de estos rayos verdes en revistas y libros de divulgación científica, y muchas obras de ficción harían referencia a él.  Astrónomos, meteorólogos, novelistas, poetas, cineastas y hasta los piratas han caído fascinados por su misterio. En la película de Gore Verbinski Piratas del Caribe: en el fin del mundo (2007), parte de la tripulación de La Perla Negra va en busca de Jack Sparrow al mundo de los muertos, cuando se desarrolla  este diálogo entre el capitán Barbosa, Gibss y Will Turner a propósito del rayo verde: «¿Ha visto alguna vez el rayo verde, Master Gibbs?». «Sí, alguna vez. Ocurre en raras ocasiones. En el último suspiro del atardecer, un rayo verde destella en el cielo. Algunos pasan su vida entera sin verlo siquiera. Y algunos dicen haberlo visto y nunca lo han hecho. Y algunos dicen…». «Algunos dicen que es la señal de que un alma ha vuelto a este mundo desde el reino de los muertos». Una nueva versión, una nueva leyenda.

Y en ese mundo de los muertos, intentando volver al de los vivos, es donde Jack Sparrow, observando el horizonte y su mapa, se da cuenta. Arriba es abajo, «… no es cuando salga el sol, sino cuando se ponga y caiga… hacia arriba». El capitán Sparrow y su tripulación balancean el barco con la intención de ponerlo boca abajo, arriba es abajo, y lo consiguen justo en el momento en el que un espectacular rayo verde les da la bienvenida al mundo de los vivos.

Y hasta el mismísimo Burroughs escribió sobre él en una de sus delirantes obras, de piratas y detectives; y que salta en el tiempo y en el espacio, Ciudades de la noche roja, 1981. Novela en la que una catástrofe radioactiva deja un mundo devastado donde el cielo se ha vuelto rojo y un virus causa mutaciones genéticas en las personas, haciendo que su piel cambie de color al rojo y al amarillo. El escenario ideal para que volviera a aparecer el rayo verde. «Un grito desde la cabina del grumete los llevó hasta la cubierta. Jerry, con una cuerda alrededor de su cuello, esbozaba una sonrisa de lobo. Entonces se colgó, como el cielo del oeste se ilumina con el rayo verde». Novela que por cierto, llega a alcanzar precios astronómicos en su edición española en el mercado de segunda mano, desde los 200€ hasta los 1.000€ por ejemplar. Una locura que dejaría atrás las tantas cometidas por el hombre que fue capaz de cortarse dos dedos como parte de «una ceremonia de iniciación de la tribu piel roja de los Crow» y que declaró: «He leído en People que Keith Richards tiene una mansión en el norte de Nueva York, un piso en París, elegantes casas en Londres y Jamaica y un castillo en Chichester. Y aquí estoy yo, comprando la ropa en el Ejército de Salvación». Aquí sí que hay moraleja.

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Cities of the red night (William S. Burroughs, 1981)

En 1987, 5 años después de que se publicara Ciudades de la noche roja y 104 años más tarde de que lo hiciera El rayo verde de Verne, se estrenó una película con el mismo nombre, Le Rayon Vert, en francés, dirigida por Éric Rohmer. Era la quinta entrega de su serie Comedias y proverbios, y tomaba como punto de partida unos versos de Arthur Rimbaud: « Ah ! que le temps vienne / Où les cœurs s’éprennent » y la ya famosa y supuesta leyenda escocesa del relato de Julio Verne.

La película arranca con una anécdota casi banal pero conocida por todos. Las vacaciones de verano se pueden convertir en una pesadilla cuando te fallan los planes y los amigos y no te queda otra que quedarte sola en la ciudad. Esto es lo que le sucede a la joven Delphine, romántica e idealista, interpretada por Marie Rivière, musa de Rohmer, que al igual que la Elena de Verne, emprende otra aventura, a modo de viaje iniciático, por la geografía francesa en busca de compañía con la que pasar los días que le quedan de asueto. Después de recorrer varios lugares sin llegar a encontrarse cómoda del todo con las personas que encuentra ni con ella misma, volver a París y volverse a marchar de vacaciones sola, Delphine se encontrará por casualidad con el relato de la “leyenda” del rayo verde en voz de unos simpáticos turistas que charlan sobre él y la novela de Verne en un pueblecito de la costa francesa. Rohmer, al igual que Verne, describe el efecto que según la leyenda produce su contemplación y también aporta una explicación científica del fenómeno. El encargado de darla es un profesor, interpretado por Friedrich Günther Christlein, un físico alemán que Rohmer habría encontrado por casualidad durante el rodaje de la película. Tras escuchar el relato, Delphine continúa su deambular por Biarritz, hace una nueva amiga, conoce algunos chicos, pero su “desorientación emocional” parece acentuarse hasta que, por casualidad, el día que decide marcharse de nuevo a París conoce a un joven con el que terminará contemplando la puesta de sol sobre el mar, y ambos observarán el rayo verde. La película termina aquí —perdón por el spoiler— con las lágrimas de alegría y el grito de Delphine diciendo: «Sí», al contemplar por fin el rayo. ¿Qué llegó a leer en su corazón y en el de su acompañante? No lo sabemos, lo meditamos sobre los títulos de crédito.

Delphine y su compañero, en busca del rayo verde.

Delphine y su compañero, en busca del rayo verde.

Un final ideal, perfecto, tanto del relato como del rodaje. Pero la realidad fue que la película se terminó en 1985 y se estrenó al año siguiente, precisamente porque Éric Rohmer se negó a publicarla sin haber filmado el rayo verde. No existía material de archivo y solo quedaba la posibilidad de filmarlo o trucarlo en el laboratorio, a lo que Rohmer se negaba rotundamente. Tras una ardua búsqueda por todo el mundo, consiguieron el documento fílmico que probaba la existencia del rayo verde, el plano para la última secuencia de la película, donde Delphine pregunta a su compañero: «¿Sabes qué es el rayo verde?». Y ante la negativa de él, explica: «Es el último rayo de sol del día. Julio Verne escribió un libro sobre él».