Fotografía

Fotografía analógica

Por Gustavo Gil

“Tus primeras 10.000 fotografías serán tus peores fotografías”. Cuando Henri Cartier-Bresson acuñó está frase no podía sospechar lo sumamente fácil que sería llegar a esa cantidad de instantáneas para cualquier aficionado en la actualidad. La sentencia no garantiza que la 10.001 fuera la primera de una serie de buenas fotografías y posiblemente la mayor parte de ellas no tenga ningún valor artístico o periodístico, ni siquiera sentimental. La repetición del mismo objeto fotografiado agota la sorpresa, la emoción, la contemplación, la intriga. Al margen del trabajo  de los profesionales, a los que la tecnología digital resuelve grandes problemas técnicos y económicos; y también de esos cada vez mas preparados aficionados que miman la imagen independientemente del soporte, la mayor parte de nosotros sigue fotografiando con nuestros dispositivos móviles, cámaras digitales compactas, SLR semiprofesionales y profesionales, coleccionando miles de fotografías de eventos importantes y banales de nuestras vidas. Fotografías a las que les echaremos un vistazo somero y no volveremos a contemplar en mucho tiempo. Las archivaremos en un disco duro o las compartiremos en nuestras redes sociales, a veces sin ningún pudor, con la única intención de demostrar el hecho de que estuvimos allí, o con tal persona, mira qué feliz estoy, qué viaje hice, qué atrevido soy. Todos ellos, motivos sobradamente legítimos y respetables, y quizás también aburridos cuando tanta gente fotografía su felicidad y su atrevimiento y la difunde al instante.

Cuando se habla de la fotografía analógica, la vuelta de la fotografía analógica, se explica el placer del fotógrafo al ralentizar sus actos, en la preparación del equipo, el cálculo mental de la relación entre sensibilidad, velocidad de obturación y apertura de diafragma, en el encuadre, la toma de la fotografía, el revelado del negativo, el positivado final. Pero se olvida muchas veces que por un lado, nunca se fue del todo; y por otro, del placer del que sólo observa la fotografía, del que no es fotógrafo pero entiende el proceso por el cual esa imagen ha llegado ante sus ojos. Entre el amor y la fotografía analógica hay un puente que los une: la química.

Un puñado de aventureros que suele reunir la condición de emprendedores y artistas se ha propuesto recuperar la marchita existencia de la fotografía analógica. La mayor parte de ellos, compatibilizándolo con la tecnología digital.

Este es el caso de Lorena Morín y Ary van Giesen, que abrieron hace apenas dos años y medio La Shop en Las Palmas de Gran Canaria, una tienda de fotografía analógica que ha conseguido sobrevivir abasteciendo de cámaras y accesorios, película, papel y químicos, además de literatura especializada; a los aficionados de todas las Islas Canarias. Lorena y Ary han seguido la estela de otros contracorriente que decidieron, en plena recesión del analógico y auge de la tecnología digital, seguir adelante con sus proyectos e incluso emprender otros nuevos y arriesgados.

Y en ese contexto aparece Impossible Project, la aventura de otro grupo de visionarios que el mismo año que Polaroid decide dejar de fabricar película, comienzan a producirla por ellos mismos. Compran parte de la maquinaria necesaria a la marca y alquilan una de las plantas de producción que tenían en Enschede, Holanda. Desde 2008 hasta la actualidad han conseguido expandir el proyecto por todo el mundo con distribuidores de sus productos, entre ellos La Shop en Gran Canaria, que ofrecen película para las cámaras Polaroid, cámaras clásicas reformadas por sus expertos y adaptadores para utilizar la tecnología Polaroid con teléfonos móviles con cámara.

La Shop sirve al público material de otras prestigiosas marcas, como Ilford y Fuji, y además se ha convertido en un interesante punto de encuentro para aficionados y profesionales donde poder debatir y comentar sobre fotografía. Lorena y Ary organizan también talleres  con prestigiosos fotógrafos nacionales e internacionales, con los que pretenden crear un puente entre creadores residentes y foráneos que fomente la creatividad y la producción fotográfica en las Islas.  Para ello la Shop cede su espacio y se traslada a la calle Cano. El próximo encuentro será en marzo de este año, con el fotógrafo francés Antoine D´Agata.

Proyectos como La Shop nos acercan a la cuestión que suele plantearse cualquier fotógrafo hoy en día: la elección entre un soporte u otro, químico o digital, caro o barato, elitista o popular. Pero la realidad es tozuda y se empeña en hacer convivir ambas tecnologías. Igual que convive el libro digital y el impreso, la música en mp3 o en vinilo, o el cine en internet y en pantalla grande.

Quizás sea cuestión de elegir qué apetece en cada momento, tener la posibilidad de volver a ajustar el obturador, el diafragma, pensar que sólo quedan tres o cuatro fotos en el carrete, pensar la imagen, la composición, esperar, observar, pasear y decidir. Disparar para luego irse con la intriga, hasta que la imagen aparezca en el negativo y luego en el papel, poco a poco, bajo la tenue luz roja , moviendo la cubeta hasta que el revelador, lentamente, haga aparecer la imagen definitiva. De las cuatro fotos que quedaban por disparar una no está mal. Ese es el placer de la imagen analógica, diferente a la digital, ambas bellas y compatibles.