Ciencia, Historia

El Museo Canario

Marina Cardenal/Gustavo Gil

Acudimos a El Museo Canario con los ojos muy abiertos, con la intención de acercarnos un poco más a esa parte de nuestro pasado que nunca ha sido bien contada, o mejor dicho, comprendida. Porque contarla sí que lo han hecho numerosos investigadores, historiadores, arqueólogos, naturalistas. Se trata de esa parte muchas veces mítica y mágica, la más enigmática del pasado de estas Islas, de la vida de los hombres y mujeres que aquí vivían antes de que llegaran los conquistadores. Esas mismas personas cuyos restos podemos contemplar en las vitrinas de El Museo, mientras los expertos nos explican qué hacen para desentrañar sus misterios: ¿quiénes eran?, ¿cómo vivieron y murieron?, ¿cuál era el sentido de sus tradiciones funerarias?, el cómo y el porqué de la momificación. Y los escuchamos como quien por primera vez, en el patio del colegio, cree haber escuchado que los Reyes Magos no vienen de Oriente, fascinados por lo que nos cuentan los especialistas encargados de ello, un puñado de científicos que, a pesar de todos los inconvenientes y avatares sufridos, se empeñan en continuar la labor que un día fue el sueño de un visionario.

Cuando Gregorio Chil y Naranjo, un chico de 17 años de la ciudad grancanaria de Telde, partió hacia Europa con la maleta en la mano y el deseo de comenzar sus estudios de medicina, no llegó a vislumbrar lo que allí le esperaba, la revolución personal y profesional que lo llevaría a convertirse en Doctor Chil y a llevarse en el barco de vuelta a casa, en aquella misma maleta, el proyecto de la creación de El Museo Canario.

No llegó a un destino cualquiera ni en un año cualquiera. En 1848 el ambiente en las calles de París ardía. En febrero, pocos meses antes de su llegada, acababa de proclamarse la Segunda República, el primero de los numerosos acontecimientos históricos que viviría en primera persona a lo largo de su trayectoria universitaria. Aquellas primeras impresiones quedarían grabadas en su retina para siempre. Muchas emociones para un adolescente con un alma sedienta de conocimientos, que venía de una ciudad con apenas quince mil habitantes y un alto índice de analfabetismo, y que llegaba a la ciudad que admiraría el resto de sus días. Ese espíritu de libertad que se respiraba en la ciudad de la luz caló pronto en el joven, que diría más adelante: “Al mes de estar en París progresé de tal manera que era uno de los más furibundos republicanos”.

Doctor Gregorio Chil y Naranjo

Doctor Gregorio Chil y Naranjo.

Nos lo podemos imaginar planeando futuros viajes en el recién estrenado ferrocarril, desde  la flamante estación de Saint-Lazare, de la que el pintor impresionista, Claude Monet, plasmaría en sus lienzos el humo de las primeras locomotoras y el ajetreo de los viajeros. Participando en las famosas partidas de ajedrez de la cafetería Regence. Charlando en una de sus mesas, lejos del tumulto, con su gran amigo y futuro bibliotecario de El Museo, Juan Padilla y Padilla, cerca de otras, en la que Flaubert pensaba en Bovary y Honoré Balzac agotaba los últimos minutos para partir hacia San Petersburgo, mientras Alejandro Dumas quizás los invitara a ir una fiesta y  Victor Hugo se peleaba con  las primeras líneas de Los Miserables.  Los dos amigos canarios, juntos en aquella aventura, quizás sentando ya la bases de su proyecto de futuro, charlando y bromeando por  lo inusual del encuentro tan lejos de su tierra natal, tan diferente, haciendo bromas con sus otros amigos de las Islas, el palmero Víctor Pérez, decisivo impulsor de la botánica en las Islas, y Germán Álvarez.

Durante los nueve años que reside en la capital francesa, el doctor Chil y Naranjo tiene la oportunidad de codearse con la élite científica del momento y descubrirá su pasión por la historia natural del hombre de la mano de  uno de sus profesores y padre de la Asociación Francesa de Antropología, Paul Brocca.  De ese encuentro nace la definitiva idea de dedicar gran parte de su tiempo y sus finanzas al estudio de la cultura de los aborígenes de las Islas Canarias.

Por fin, años después de su regreso a Gran Canaria, pone en marcha en 1879, junto con otros personajes ilustres de la isla como Agustín Millares Torres, Domingo J. Navarro Pastrana, Juan de León y Castillo y Felipe Massieu y Matos, la Sociedad Científica de El Museo Canario. Un año más tarde, en la primera planta de las Casas Consistoriales, en la Plaza de Santa Ana, se instala la institución. Una primicia para todos aquellos primeros visitantes locales, ya que hasta ese momento la posibilidad de acercarse a la historia de nuestros antepasados quedaba restringida a las colecciones particulares de la burguesía isleña. Y tras su fallecimiento, en 1901, El Museo Canario tendrá su sede definitiva en la que fuera su casa, en la calle del Doctor Verneau.

Visitantes en sala de "La antropología física", dedicada al doctor René Verneau.

Visitantes en sala de “La antropología física”, dedicada a René Verneau. (1930-1939)

“Yo admiro a París porque París admira a todo el mundo. París es un volcán verdadero que continuamente está en ebullición”, dijo una vez el Doctor Chil. Y esa admiración se volvería recíproca. Porque es también la colaboración francesa, desde el Centro Nacional de Investigación Científica, la que impulsa de nuevo los cimientos, junto a un puñado de investigadores locales, y abre nuevos caminos en el estudio de la prehistoria de Canarias.

Volvemos al siglo XXI y visitamos la institución para conocer la labor que desde 1880 se iniciara con el doctor Chil y Naranjo y descubrir que esa tarea no solo prosigue con el mismo entusiasmo sino que además tiene, a nuestro parecer, una misión aun más complicada.

Ahora que la técnica avanza a velocidades que  escapan a nuestras veinticuatro horas,  nos damos cuenta de que a veces preferiríamos obviarla. Sobre todo, como es el caso, si afecta a esa imagen que teníamos de la cultura aborigen. Nos gustaría continuar con nuestro sueño primitivo y quizás, para algunos de nosotros, necesario.

La doctora y conservadora de El Museo Canario, Teresa Delgado, nos propone a bocajarro un cambio de perspectiva radical. La ciencia y las nuevas herramientas de estudio de las que dispone no dejan lugar a la duda y, en esencia, supone un cambio en lo más profundo de nuestro ser. Ella sabe de lo que habla y nos da por pensar que también conoce los efectos que sus palabras producen. En ese momento, al escuchar sus explicaciones sobre las últimas investigaciones y sus conclusiones, sentimos ganas de volver a agarrarnos de la mano que nos llevó por primera vez a visitar las momias canarias; a sentir los brazos de los que nos auparon para verlas de cerca y despertaron nuestra pasión por indagar en ese misterio que es la historia prehispánica de Canarias. Un misterio aprendido en la edad escolar, en la que nos enseñaron, precisamente por no hacerlo, que debíamos de plantearnos nosotros las preguntas y tener suerte con las respuestas. Tal como hicieron otros, y que dieron pie a esas teorías que en otra época trajeron por estas latitudes a estudiosos de toda Europa, algunos de ellos en busca de aborígenes altos, rubios y de ojos azules, esa raza superior que habitaba la mitológica Atlántida.

Cuando pensamos en momificación, nuestra mente se escapa hacia Chile y sus momias negras, rojas y vendadas, China o Egipto, de nuevo en los titulares ante quizás el último y espectacular descubrimiento, la tumba de Nefertiti. Y no podemos evitar pensar en un enlace furtivo que hubiera cruzado los más de cuatro mil kilómetros que separan estas islas de el Nilo.  En la etapa prehispánica que nos ocupa son varias las teorías acerca de la llegada de los primeros aborígenes a las Islas Canarias. Una de ellas, la de Sebastián Jiménez Sánchez, habla de dos oleadas de población provenientes del norte de África. La primera, según el historiador, viviría en cuevas y enterraría a sus muertos en las mismas mediante la práctica de la momificació. La segunda no emplearía este método, sino que colocaría a los difuntos en túmulos o cistas. Esta hipótesis, que distingue entre momificados y no momificados, queda en entredicho  tras los recientes descubrimientos en la Necrópolis de Maspalomas, en Gran Canaria. En esta excavación, la mayoría de los cerca de ciento cincuenta individuos encontrados habían sido amortajados y, supuestamente, no momificados.

La colocación de los cadáveres y el proceso de amortajado revela la igualdad en el tratamiento post mórtem de los individuos, no momificados, encontrados en Maspalomas y las momias conservadas en El Museo. Lo que parece descartar  la teoría de que la momificación fuera una práctica exclusiva de la “nobleza” aborigen.

Por otro lado, las investigaciones llevadas a cabo con las dentaduras de los cadáveres de ambos grupos, confirman que no existen tampoco evidencias de una alimentación diferenciada entre unos y otros. Todo parece apuntar a que los científicos deben encontrar otra solución al misterio de la momificación.

La  renovación de las técnicas arqueológicas, que se aplican en el yacimiento de Maspalomas, nos devuelve a las salas de la calle Vernau para comenzar un viaje completamente nuevo.  Hemos de cambiar, según Delgado, la perspectiva y hacernos nuevas preguntas.  La primera que nos planteamos es la procedencia de las momias de El Museo Canario, lo que nos transporta de nuevo hasta el siglo XIX y principios de el siglo XX, ya que es durante esta etapa cuando se recupera la mayor parte de momias que existe hoy en El Museo Canario.  Durante ese período, los hallazgos de “antigüedades canarias” se consideraban algo exótico, es decir, que la burguesía de la isla, acorde con los descubrimientos de la época (Nearthental, Cromagnon) se lanzaban a la búsqueda de restos antropológicos, muchas veces, sin ser ellos mismos los protagonistas in situ de las exploraciones.  Esto se explica por la  corriente del historicismo cultural (el objeto encontrado, servía para explicar una sociedad), olvidando, por tanto, la importancia del contexto donde éstos eran hallados. Debido a ese desdén por el lugar arqueológico y, en gran medida, también por el riesgo que entrañaba llegar hasta los mismos, apareció la curiosa figura de los “enriscadores”, gente del lugar a la que se enviaba a recoger las piezas encontradas en los yacimientos, y la causa de por qué los investigadores de El Museo tienen serias dificultades a la hora de catalogar el patrimonio. Obviamente, ni enriscadores ni coleccionistas tenían los conocimientos necesarios para realizar esa tarea sin alterar la valiosísima información que ofrecían los yacimientos. Muchos de los objetos y cadáveres encontrados solo disponen, aún hoy en día, de una ubicación aproximada de su procedencia. Los especialistas se encuentran con la ingente tarea de reconstruir la historia con dos paradas. La primera, desde la actualidad al momento del hallazgo. La segunda, desde su descubrimiento hacia atrás.

Y ese fue precisamente el problema que encontraron los científicos al estudiar la famosa momia número 8, aquella que explicaban en las excursiones del colegio que correspondía a la figura de Artemi Semidán.

Según las primeras crónicas normandas de la conquista de Gran Canaria, Artemi aparece como un personaje muy destacado de la “nobleza” de la isla, e incluso se refieren a él como rey. En esos documentos se relata el encuentro que se produjo entre los soldados franco normandos y los guerreros comandados por Artemi, sin que se dé explicación alguna de la muerte de este en esa batalla. Sin embargo, en crónicas posteriores y sin que los historiadores sepan muy bien por qué, sí se relata su fallecimiento en dicho enfrentamiento.

La figura de Artemi se había hecho grande, según algunos historiadores, por la inteligente y valiente defensa que había hecho de la isla, en aquel entonces Canaria, frente a los invasores normandos capitaneados por Jean de Bethencourth. Hecho por el que pasaría a llamarse desde entonces Gran Canaria.

Contemplar su momia, la número 8, a través del cristal, expuesta en una pieza separada de la segunda planta del museo, como si de alguna forma siguiera dirigiendo en la lucha al resto de momias de la sala contigua, era una experiencia extraña, conmovedora. Aquella momia representaba el espíritu de lucha y rebeldía de una parte de nuestros antepasados que se enfrentaron a otra parte de nuestros antepasados, peleando por no perder su libertad.

Ahora, paseando de nuevo entre esas momias, escuchando cómo los científicos se empeñan en desentrañar sus secretos, que aún son muchos, un sentimiento de respeto y admiración nos invade y volvemos a recordar ese momento del primer descubrimiento.

El recuerdo es borroso, como lo es la prehistoria canaria en los libros, en los que la palabra “mito” nos asalta, se nos hace molesta incluso, por su afán persistente de subrayar, al final de lo leído, que lo contado es volátil como la arena fina, que también es muy nuestra. Y nos preguntamos si será todo un sueño envuelto en calima, porque además hay que enfrentarse a esos libros en  otros idiomas, para buscar entre las líneas de los cronistas de otro país la propia historia. Entonces y ahora nos tropezamos con el lenguaje, con las interpretaciones que los franceses en el siglo XV hicieran del idioma de los pobladores de las islas. Y nos da por pensar que si los franceses dedican su pluma a destacar la condición de  “Rey” de  Artemi, debe ser  por esa característica tan humana de realzar al enemigo para evitar el rubor de un ejército abatido por hombres armados con “varas tostadas”. Varios fueron también los intentos de las tropas castellanas de desembarcar en Canaria, a lo más, en estos primeros encuentros lograron hacer sus trueques con los canarios en la mar. A los aborígenes les interesaba el hierro de los marineros, anzuelos y puntas de lanzas, y a éstos la sangre del Drago, el legendario árbol de las islas. Pero los canarios nunca les dejaban pisar tierra. Tal y como ocurrió aquella vez, según Le Canarien, en la que Pedro el Canario, intérprete cautivo, va hacia donde los de Castilla acompañado de Artemi para decirles que les darán agua fresca y vituallas. Cuando el bote se acercó a la orilla los canarios les tendieron una trampa y, según esas crónicas, a pedradas salieron los de Bethencourt, que dejaron para otra ocasión la conquista de Canaria.

Y mientras, duerme en  El Museo Canario la momia número 8, tranquila, ajena al acento normando, genovés, mallorquín o castellano, y nos imaginamos a este varón paseando, lejos del mundo, conocedor o no, de que el Atlántico en el siglo V era su gran aliado, por estar sembrado de dragones que se tragaban barcos enteros y la curiosidad de los que miraban el horizonte con ansias de algún día vencer el miedo a tan tenebroso océano. Y la momia número 8 nos vuelve a hacer un guiño, nos vuelve a recordar que por aquí pasó él, que en tamazight no sabemos cuál es su nombre, pero que tampoco importa, que está allí, tras esa vitrina de El Museo Canario, para que no se nos olvide que ya entonces hubo gente que amortajaba a sus muertos, que momificados o no, continúan embriagando con sus interrogantes a investigadores, ahora en nuestro idioma, pero también y como siempre, en otros.

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La propiedad y pertenencia de las fotografías utilizadas en este artículo corresponden a El Museo Canario (web).