Historia, Música

Los niños cantores de Viena

Por Marina Cardenal e Ignacio S. Q.

A Maximiliano I de Habsburgo sus 59 años de vida le sirvieron, sobre todo, para convertir su apellido en una de las casas reales más importantes de Europa. Así que como buen político de la época, aprovechando que en el continente las fronteras bailaban con cada guerra y cada tratado, se casó tres veces, una por poderes y sin ver a la esposa; colocó a sus dos hijos donde mayor rendimiento les sacaba, lo que llevó a su primogénito, Felipe el Hermoso, a terminar con Juana I de Castilla, la que conocemos por Juana La Loca. Y, por fin, multiplicando su poder e influencia, Maximiliano I acabó convertido en emperador electo del Sacro Imperio Romano y Germánico.

Pero este día a día tan propio de los gobernantes de la época, no le impidió entender los cambios que el Renacimiento traía. Apenas unos años antes, en 1453, desaparecía el Imperio Bizantino y acababa la guerra de los 100 años, a la vez que un orfebre alemán de verdadero nombre Gensfleisch, y más conocido como Gutenberg, inventaba una máquina que aceleraría el fin de la Edad Media y el advenimiento de la Edad Moderna.

Así que en esos años convulsos, entre guerras, reformas y maquinaciones político geográficas, mientras en España se fundaba la Universidad Complutense y Colón comenzaba su tercer viaje a América haciendo escala en las Islas Canarias, donde apenas dos años antes se había terminado la conquista de las Islas; Maximiliano I tuvo tiempo para darle a la música uno de esos pequeños tesoros que el tiempo convierte en incalculables. La nueva época renacentista estaba modificando todo el modelo cultural de Occidente. Una época en la que las guerras se sucedían en el corazón de Europa, los países se creaban y se deshacían, y se anexionaban territorios con la misma facilidad con la que se acababa con pueblos enteros al otro lado del mundo; la mística de la guerra y de la liturgia cristiana parecían constituir un único cuerpo de dos caras, una para hablar con el diablo y la otra que pretendía hablar con Dios. Hablar de cultura en pleno siglo XV era hacerlo de religión, también de guerra.

Pero Maximiliano I parecía apostar por la paz y el entendimiento. Así que el 7 de julio de 1498 ordenaba la creación de un coro de apenas seis niños para acompañar las misas dominicales. 518 años después, ese pequeño grupo de cantantes infantiles componen posiblemente el coro más famoso de la historia de la música: los niños cantores de Viena.

Como parte de la Banda Musical de la Corte de Viena, el grupo de voces fue creciendo al mismo ritmo que lo hacía la capital austriaca. La ciudad del Danubio acunó a los más grandes compositores y estos encontraban en aquel coro un instrumento perfecto para su genio. Hasta Mozart compuso para ellos. Su nivel académico era tal que de su escuela surgían nuevos interpretes y compositores de los que Franz Schubert es, posiblemente, su alumno más reconocido.

Pero los Habsburgo perdieron influencia y poder. La Primera Guerra Mundial fue un reto demasiado ambicioso y puso fin a su dominio sobre más de 50 millones de europeos. Se acabó su imperio y el coro sufrió su misma suerte. En 1920, junto a la orquesta de músicos de la corte, despareció. Pero durante cuatro años resonaron la voces infantiles en la mente de Josef Schnitt, su último maestro. Así que en 1924, él mismo decidió refundar aquel coro, ahora sí, conocido para siempre como Los niños cantores de Viena.

El Coro ha experimentado numerosos cambios en sus 518 años de historia, pero nos imaginamos a aquellos bisoños de 1498 correteando por escaleras y pasillos parecidos a estos del Palacio Augarten, con la misma energía infantil, para el juego y para la música. Este palacio es el destino soñado de los que tienen buena voz y quieren llegar a formar parte de la escuela de canto más popular del mundo. Son cuatro años intensos, con una disciplina que han de encajar en el pentagrama de clases ordinarias, como en cualquier escuela, a las que se añaden las clases de canto, ensayos y conciertos.

Su jefa de prensa, Tina Breckwoldt, nos recibe en el majestuoso vestíbulo del Augarten, allí hay una vitrina que no está colocada al azar. Al abrirla se descorchan aventuras e historias paralelas a las de la música de unos niños viajeros en una época en la que el mundo era más grande, pero no el espacio de su maleta; una pequeña, con unos zapatitos, el traje y el cepillo de dientes recuerda a los niños que en otro siglo ese era el diminuto espacio del que disponían para sus pertenencias para ir de gira durante un año por todo el mundo. Y mientras Breckwoldt nos explica que este es un tema de relativa discusión en Augarten, por una de las puertas aparece un niño entonando una escala musical. Su trajecito de marinero al hombro, ensayando alegremente alguna de las canciones del repertorio para esa noche de Navidad en el MuTh. Al vernos, esboza una sonrisa tímida y desaparece por la otra puerta. Luego, otros dos niños y luego otros dos, todos con sus trajes, todos cantando, encabalgando sus cánticos por los pasillos.

En zapatillas de estar por casa acuden a sus lecciones de canto. Cuando entramos en el aula están discutiendo sobre la figura de Barrabás, de Jesús y de Poncio Pilatos, estudian cantando la Pasión de Cristo. Y Manolo Cagnin, su profesor, los interrumpe, levantándose del piano para preguntar si han entendido el pasaje, para pedirles entonces “pasión” y, un, dos, tres, comenzar de nuevo a cantar.

Y en zapatillas de deporte los vemos jugando al fútbol o al baloncesto, y nos cuentan que quieren ser futbolistas, discjockeys, o actores, lo mismo que cualquier otro niño. Y nos sentimos admirados por esa capacidad de entrega a la música de estos pequeños, de cómo cumplen con esa disciplina para adquirir tantos conocimientos de otras tantas, o de cómo afrontan esos grandes períodos de tiempo fuera de casa, de un concierto a otro por el globo. Unos niños que no dejan de serlo por tener el don de la voz, que también a veces bostezan distraídos en los ensayos, que echan de menos a sus familias y que se plantean qué serán de mayores. Los mismos niños que cuando el director marca el compás, dejan de serlo para convertirse en música, desde hace 518 años.